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Un oasis entre el ruido

fabian | 14 Novembre, 2005 17:39

Días de polémica política en la radio y supongo que en otros medios. Hay fragor (ruido atronador) que no análisis, debate, búsqueda de claridad. Creo que es excesivamente frecuente en la lucha política.. Por una parte siento cierto interés, pero a la vez me cansa, me atosiga y me aburre. Aunque apoyo más a unos que a otros, intento oír a ambos, pero de sus monólogos no llego a ninguna conclusión seria. Para mí son ruidos ensordecedores. Elijo como fórmula de acercamiento tomar en consideración a quienes menos insultan. Tampoco creo que por ello tengan más razón, pero al menos tienen más limpieza. Así que intento escuchar a ambos, pero mis simpatías se van decantando hacia unos; no porque me convenzan más sino porque me resultan menos molestos. De todas formas al poco tiempo intento encerrarme en un oasis lejano a la discusión política: la música y la poesía.

ficus
Ficus de la Misericordia

Llueve y truena sobre la ciudad. La música es relajante tras las voces crispadas. Busco en la memoria algún verso que sea apropiado a la situación. Llegan a mi consciencia dos poemas: "¡Qué descansada vida la que huye del mundanal ruido! ..." ¡Ah, fray Luis de León! " ... seguir la escondida senda por donde han ido los pocos sabios que en el mundo han sido". "A la vida retirada", creo que se titula el poema. Pero no, no me quiero retirar. Quisiera que el fragor se convirtiera en diálogo, debate ...

"A distinguir me paro las voces de los ecos". Machado, siempre Machado presenta una voz apropiada. En sus poemas los sonidos tienen presencia: el canto de la cigarra, por ejemplo: Dentro de un olmo sonaba la sempiterna tijera / de la cigarra cantora, el monorritmo jovial, / entre metal y madera, que es la canción estival. El sonido del agua y la noria: En una huerta sombría / giraban los cangilones de la noria soñolienta. / Bajo las ramas oscuras el son del agua se oía.

Incluso el sol y la tarde los convierte Machado en instrumentos musicales armoniosos: Hacia un ocaso radiante / caminaba el sol de estío, / y era, entre nubes de fuego, una trompeta gigante / tras los álamos verdes y las márgenes del río. El sol convertido en trompeta, ¿y la tarde?: Y pensaba: «¡Hermosa tarde, nota de la lira inmensa / toda desdén y armonía; / hermosa tarde, tú curas la pobre melancolía / de este rincón vanidoso, oscuro rincón que piensa!. La tarde es una lira, desdeñosa y a la vez armónica. En ese magnífico concierto del sol convertido en trompeta, de la terde transformada en lira, de la cigarra, del agua que corre y del cangilón de la noria, hay un "rincón oscuro y vanidoso": el pensamiento.
¡Qué hermosas palabras e ideas: la hermosa tarde cura el vanidoso y oscuro pensamiento!

¿Y del habla?, ¿qué dice Machado del habla? El poeta nos señala un hablar extraño que no es el de la conversación con otra persona sino con uno mismo:

Converso con el hombre que siempre va conmigo
- quien habla solo espera hablar a Dios un día -;

Quien habla solo espera hablar a Dios un día, conversación con el hombre que "siempre va conmigo"

Aunque a Machado la naturaleza no sólo le habla sino también le canta: El agua en sombra pasaba tan melancólicamente, / bajo los arcos del puente, / como si al pasar dijera: / «Apenas desmarrada / la pobre barca, viajero, del árbol de la ribera, / se canta: no somos nada. / Donde acaba el pobre río la inmensa mar nos espera». Y también le grita, como la gota de agua: Y me detuve un momento, / en la tarde, a meditar ... / ¿Qué es esa gota en el viento / que grita al mar: soy el mar?.

Aquí mi lectura se paraliza. ¿Acaso no soy yo tan petulante como esa pequeña gota que, en el viento, grita al mar: "Soy el mar"? Machado, en la hermosa tarde, regresa a la ciudad - como la gota que cae -. Los sonidos le envuelven: la vibración del aire, los élitros cantores que hacen al campo sonoro (cual si estuviera sembrado de campanitas de oro) ...

[...] Y me detuve un momento,
en la tarde, a meditar ...
¿Qué es esa gota en el viento
que grita al mar: soy el mar?
Vibraba el aire asordado
por los élitros cantores que hacen el campo sonoro,
cual si estuviera sembrado
de campanitas de oro.
En el azul fulguraba
un lucero diamantino.
Cálido viento soplaba,
alborotando el camino.
Yo, en la tarde polvorienta.
hacia la ciudad volvía.
Sonaban los cangilones de la noria soñolienta.
Bajo las ramas oscuras caer el agua se oía.

Fuente

Machado y mucha poesía, como también la música, son unos oasis de pensamiento y paz entre el ruido político que nos envuelve.

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