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A. Noguera: El Adagio de las cuevas de Artá

fabian | 05 Octubre, 2012 15:21

1894, caminar varios kilómetros con el mar a la espalda para ascender hasta la boca de la cueva; adentrarse en la oscuridad iluminándose con antorchas que dejan más sombras que luminosidades y allá, un pequeño grupo de músicos, templan sus instrumentos atendiendo a los ecos. ¿Son las columnas de estalactitas las que vibran? Un músico, Antonio Noguera, cuenta ese concierto mágico en su libro "Ensayos de Crítica Musical" (1908)

portada

Un Adagio de Schumann en las cuevas de Artá

Por fin pararon los coches al llegar á la orilla del mar y en el punto donde desemboca el torrente de Cañamiel.

La extrañeza y asombro de los guías de las Cuevas llegaron al colmo al recibir la orden de cargar con las voluminosas cajas de los instrumentos músicos, el hacecillo de atriles portátiles, el cartapacio de las partituras y el paquete de bujías.

¿Dónde diablos íbamos á dar la serenata? Y, sobre todo, ¿con qué objeto y á quién la dedicábamos?

Desaparecieron aquellos hombres, con los instrumentos á cuestas, por la espesura de los pinares que pueblan las vertientes de los montes del Cap Vermey.

Al poco rato emprendimos nosotros el mismo camino, sin que ni las fatigas de la ascención ni lo peligroso de la vereda que sigue las sinuosidades de la costa, á grandes trechos cortada á pico, á muchísimo» metros sobre el mar, fueron motivos bastantes para alterar la regocijada alegría y el excelente humor de Albéniz y Rubio, de Santos Oliver, Estelrich y Enrique Alzamora para tener una idea de lo que son el chiste y la gracia, la discreción y el refinado humorismo.

Cuando un grupo de poetas, músicos y escritores oficia de pontifical, el burgués y el filisteo, en sus diferentes aspectos decorativos de banquero, abogado, rentista, político, título del reino, etc., dan un bajón formidable.

Al llegar á la cueva, todos y cada uno de nosotros, los que habíamos visitado ya aquel antro y los que iban a internarse en él por primera vez, pagamos ante la inmensa bóveda de ingreso, el tributo de admiración, del cual no se libra nadie... ¡ni el filisteo!

Entretanto, los guías iban preparando las antorchas y bengalas, é inconscientemente se transformaban en personajes muy señores nuestros y de nuestra mayor consideración y respeto. ¡Cualquiera penetra en aquellas profundidades sin antes dirigir una respetuosa mirada á los prácticos!

No bien hubimos descendido á la primera sala, en la que se vislumbra todavía un resto de luz solar, cuando el chiste empezó á decaer. Pocos minutos después se declaró vencido.

Tan difícil es describir las cuevas como traducir al lenguaje la impresión que recibe en su presencia el viajero. El poeta las ha ensalzado en todos los tonos.

La reaíidad lo supera todo.

Un mundo de fantasía é ilusiones, recuerdos, dudas y misterios, bullen en la imaginación del menos soñador al contemplar aquel portento de los siglos. La mente atraviesa una crisis rápida y aguda, en la cual sucumbiría si no acudiera á tiempo en su auxilio el corazón. Tan luego como éste nos señala á Dios, reclinamos suavemente nuestra cabeza en el regazo de la fe. Entonces no tarda en presentarse una franca reacción que nos vuelve á la vida, mejores y más purificados.

* * *

Cerca de tres horas hacía que recorríamos los encantados subterráneos cuando, al llegar al Salón de las Banderas, iluminado fantásticamente con bengalas que ardían en lo alto del Monte de las Cabras, casi unánimes exclamamos todos: «¡Aquí!»

Se extinguieron las bengalas y encendiéronse, en sustitución, unas pocas bujías, cuya luz directa procuramos ocultar á nuestros ojos. En el centro del salón se colocaron los atriles, y junto á ellos Arbós, Rubio, Gálvez y Agudo, quienes afinaron los instrumentos, mientras los que formábamos el reducido auditorio de tan extraño concierto nos dividíamos en grupos y elegíamos, según nuestra libérrima opinión, el punto desde el cual creíamos oir mejor y gozar más intensamente. Albéniz, Uetam y otros subieron al Monte de las Cabras ó Purgatorio; Estelrich, Oliver y yo salimos al inmenso Salón contiguo; los guías permanecieron al lado de los músicos.

Un momento después, á las seis en punto de la tarde en el siglo, un misterioso y grave sonido trazó una curva aérea, apenas sostenida por otras débiles voces, que, elevándose en demanda de un tema, resolvió en soberbia melodía.

¡Admirable! ¡No hay teatro en el mundo, no existe sala de conciertos ni tabla armónica de condiciones artísticas más perfectas y portentosas!

Los breves compases de introducción á la obra ideal del gran romántico se destacaron claros, limpios, sonoros, en el fondo del silencio absoluto, del silencio eterno del vacío, de la nada, del caos.

El adagio que escuchábamos no es la creación limitada, humana, defectuosa, del artista, sino la obra de arte de los siglos admirablemente conservada en una página inmortal, trazada sin artificios ni dobleces; mejor descubierta que inventada por el genio de Roberto Schumann.

Imposible expresar la intensidad con que escuchábamos todos el espléndido tejido de bellezas, la sublime trabazón de temas, de ritmos, de armonías, de diseños melódicos en constante movimiento, revoloteo y agitación alrededor de la melodía principal, que, hada voluptuosa, se complace en los deliquios angelicales de los genios que la festejan y les alienta é incita con sus nobles acentos. La inspiración no puede sostenerse largo tiempo á tan ideales alturas.

El misterioso y grave sonido que inició la pieza aparece inesperadamente é interrumpe la fiesta de los genios en el momento de su delirante apogeo; traza de nuevo la suavísima aérea curva; débiles voces la sostienen; flota cortos instantes en el espacio, hasta que por fin resuelve, no ya en demanda del tema, como antes, sino en demanda del reposo, que encuentra descendiendo á las regiones de la gama, de donde salió y en donde se extingue!...

Jamás pieza alguna ha sido tan magistralmente interpretada, y, sin embargo, no sonó un aplauso. Todos permanecimos estáticos sin proferir palabra.

Al levantar los ojos y esparcir la vista por las inmensas concavidades, aparecieron en el fondo de los abismos, en los lejanos extremos de las salas, en lo más alto de las inaccesibles bóvedas, imágenes y formas, ángeles y espectros, fantasmas, héroes y engendros satánicos, siluetas domésticas y divinidades mitológicas, que fueron poblando el vasto recinto. ¡Todos vimos lo mismo: que las formas se movían y cambiaban de sitio, elevándose hasta el negro techo, arrastrándose por el suelo, apareciendo y desapareciendo sucesivamente, para volver á aparecer de nuevo y continuar la solemne danza!...

Uno de los guías juró al fin que jamás reyes ni príncipes habían gozado lo que é! en aquella tarde.

Nos condujo silenciosamente, por el camino más corto, á la salida de la cueva. Por el ancho boquete penetraba la misteriosa claridad del astro de la noche.

* * *

Desde entonces, cuando los viajeros llegan al Salón de las Banderas, el guía exclama: «¡Cueva de la música!»

Y cuando nosotros nombramos el adagio del cuarteto en la menor de Schumann decimos: «El adagio de las Cuevas.»

1894.

Contaba don Felio Calafat, quien andaba los sábados la ruta Valldemossa - Miramar para escuchar los conciertos que allí se hacían, que un concierto tras una caminata era siempre un concierto memorable. Y yo creo que tenía razón.

Comentaris

Re: A. Noguera: El Adagio de las cuevas de Artá

Fabián | 05/10/2012, 15:43

Don Felio Calafat fue durante muchos años el director de la Alianza Francesa de Palma.

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