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El día de la música sostenible

fabian | 22 Juny, 2010 16:37

Diferenciábamos perfectamente el distinto significado de la palabra "escuchar" de la de "oír". Escuchar requiere voluntad y atención. A primera hora de las tardes veraniegas llegaba el momento del concierto. Una radio de lámparas situada en una esquina de la sala se encendía. ¿Se podía oír bien? Eran los años cincuenta, calor. Los niños jugábamos subiéndonos a un árbol de gruesas ramas cuando sonaba la voz: "Niños, ahora silencio que es la hora del concierto" El sonido, borroso, mazacote, salía del altavoz de la caja de madera de la radio. Indiscutiblemente no sonaba bien, pero no importaba. De allí partían sonidos que hablaban de Beethoven, Mozart y Chopin, principalmente. La sala, medio en penumbra, con los visillos ondulados por la brisa se llenaba de música ruido. Pero ya la sala perdía su condición y se convertía en templo de veneración musical; templo que se extendía al resto de la casa y al exterior, pues en esa hora no podía haber otro sonido más que la música, cuyas ondas eran recogidas por una antena a manera de alambre algo enrollado clavado en la pared y de un cable que las transmitía hasta un hermoso aparato de madera en cuyo frontis había una placa de cristal con una señal a manera de guía rojiza que se movía impulsada por un mando redondo, el sintonizador. Tenía magia pues una luz inferior alumbraba un panel amarillento y el palitroque rojizo, entre el panel y el cristal recorría el ancho del aparato señalando frecuencias. En alguna ocasión una lámpara no se encendía, lo que se remediaba dando un palmetazo en la esquina superior derecha del aparato.

"Niños, silencio, es la hora del concierto" y el silencio se producía. Pienso ahora que hay palabras fetiche: "concierto", que no "música". La música podía sonar a cualquier hora. Por las mañanas emitían música de banda, la cual acompañaba los sonidos variados del ajetreo de la cocina. Y algunas tardes cuando mis padres habían salido de casa, sonaban coplas. Pero para estas músicas no se necesitaba ni se exigía silencio como a la hora del concierto. Las músicas eran para oír y el concierto para escuchar.

Ayer se celebraba el "Día europeo de la música", así, con minúsculas, "de la música", que no del concierto.

Hoy tenemos música a porrillo, en toda hora y lugar; pero temo que ya nadie avisa: "Ahora, niños, silencio, que es la hora del concierto".

El archivo musical corresponde al Magnificat de Arvo Part en Lo que hay que oír de RNE

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