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George Sand y los Preludios de Chopin

fabian | 29 Gener, 2010 17:08

George Sand organiza para el invierno de 1838 - 39 un viaje a Mallorca con sus dos hijos. Su intención es doble: por una parte que la salud de su hijo varón, Maurice, de quince años, mejore y, a la vez, poder aislarse de la vida social que lleva en París y poder dedicarse a la escritura de su nueva novela "Spiridion", que será editada en 1839. Al viaje se une Chopin.

Llegan a Palma en el vapor "Mallorquín" el día 8 de noviembre de 1838 y tras estar unos pocos días en Palma, van a una localidad muy cercana, Establiments, y se alojan en una finca denominada Son Vent, que han alquilado a su propietario. Chopin no tiene ningún piano, por lo que no puede componer, y se dedican a hacer excursiones, una de ellas a Valldemossa donde se enteraran que en la Cartuja, recientemente desamortizada y con los cartujos expulsados, hay celdas que se alquilan a las que podrían acudir ya que un matrimonio refugiado va a desalojar sus aposentos. A los pocos días de estar en Son Vent consiguen un piano para Chopin: es un piano de alquiler de construcción mallorquina que el músico acepta y con el que comienza la redacción definitiva de los Preludios, obra que ha apalabrado con Pleyel y por la que ha recibido un adelanto de 500 francos. Pero a las tres semanas de estar en Son Vent comenzaron las lluvias y Chopin cae enfermo. Acuden a tres médicos los cuales hacen diagnósticos muy diferentes. Muy pronto corre la voz de que Chopin está enfermo de tuberculosis, enfermedad que en España - no así en Francia - se considera muy contagiosa. La legislación apoya que el propietario de Son Vent expulse inmediatamente al enfermo y a su familia y a que estos paguen todas las medidas que supongan la desinfección de la casa y los enseres, por lo que en los primeros días de diciembre George Sand y quienes la acompañan se van a Valldemossa donde ocupan una celda de la Cartuja.

George Sand
George Sand

George Sand escribirá "Un hivern a Majorque", publicada en 1842, sobre esos tres meses que pasaron en la isla. Pero también en su autobiografía "Histoire de ma vie" (1855) se referirá a su estancia en Valldemossa:

El pobre genio [se refiere a Chopin] era detestable como enfermo. Lo que yo había temido, aunque no demasiado, desdichadamente sucedió. Se desmoralizó del todo. Aunque era capaz de soportar el sufrimiento con bastante valor, no podía vencer los terrores de su imaginación, para él el claustro estaba poblado de fantasmas, hasta cuando se sentía bien. No decía nada, pero yo me daba cuenta. Cuando regresaba con mis hijos de mis exploraciones nocturnas por las ruinas, lo encontraba a las diez de la noche delante de su piano, pálido, con los ojos extraviados y los cabellos revueltos. Necesitaba unos minutos para reconocernos.

Enseguida hacía un esfuerzo para sonreír, y nos hacía escuchar las cosas sublimes que había compuesto, o, mejor dicho, las ideas terribles o desgarrantes que se habían apoderado de él, a pesar suyo, en esa hora de soledad, de tristeza y de terror.

Allí compuso las más hermosas de esas piezas breves que él humildemente llamaba preludios. Son obras maestras. Algunos representaban la visión de monjes difuntos y la audición de cantos fúnebres que lo perseguían; otros son melancólicos y suaves; le brotaban en las horas de sol y de salud, por el rumor de las risas de los niños en la ventana, por el lejano rasgueo de las guitarras, por el canto de los pájaros bajo el follaje, o a la vista de las pequeñas rosas desvanecidas en la nieve.

Algunos otros, además, son de una tristeza lúgubre, y al tiempo que complacen al oído, destrozan el corazón. Hay uno que compuso en una velada de lluvia melancólica, y que echa sobre el alma un pesar temeroso. Sin embargo ese día Maurice y yo lo habíamos dejado muy bien, y nos fuimos a Palma a comprar algunas cosas que hacían falta en nuestro campamento. Vino la lluvia, los torrentes se desbordaron; hicimos tres leguas en seis horas para volver en medio de la inundación y llegamos en plena noche, descalzos, habiendo corrido peligros inenarrables. Nos dimos prisa, pensando en la intranquilidad de nuestro enfermo. Estaba en pie, pero se había limitado a una especie de desesperación apagada, y cuando llegamos tocaba su maravilloso preludio llorando. Cuando nos vio entrar se levantó con un gran grito, y después nos dijo con aspecto conturbado y en un tono extraño:

-¡Ah! ¡Yo sabía que habían muerto!

Cuando se recobró y vio en qué estado estábamos, se sintió enfermo por la visión retrospectiva de nuestros peligros; enseguida me confesó que mientras no estábamos había visto todo como en sueños, y que sin distinguir ya el sueño de la realidad, se había calmado y como adormecido tocando el piano, convencido de que él también estaba muerto. Se veía flotando en un lago; unas gotas de agua pesadas y frías caían lentamente sobre su pecho, y cuando yo le hice oír el ruido de las gotas que, en efecto caían lentamente sobre el tejado, negó haberlas oído. Se enojó por lo que yo llamaba armonía de imitación, protestó con vehemencia, y tenía razón, contra la inutilidad de esas imitaciones para el oído. Su genio se nutría de misteriosas armonías de la naturaleza, volcadas en sublimes equivalente a por su pensamiento musical, y no por una copia servil de los sonidos exteriores. Su composición de esa noche estaba humedecida por las gotas de lluvia que resonaban sobre las tejas sonoras de la cartuja, pero que en su imaginación se habían convertido en lágrimas que caían del cielo sobre su corazón.

Algunas veces había tenido Ideas graciosas y más vitales, en su país. Compuso polonesas y romances inéditos de una gracia encantadora y una dulzura Increíble. Algunas de sus composiciones posteriores son como lagos de cristal en los que se mira un rayo de sol. ¡Pero qué raros y breves son esos tranquilos éxtasis de su meditación! El canto de la alondra en el cielo y el grácil deslizamiento del cisne sobre las aguas inmóviles son para él como chispazos de la belleza en la serenidad. El grito del águila impotente y hambrienta sobre las rocas de Mallorca, el silbido áspero del cierzo y la sombría desolación de los árboles cubiertos de nieve lo entristecían por mucho más tiempo y más agudamente de lo que lo alegraban el perfume de los naranjos, la gracia de los racimos y la cantilena morisca de los campesinos.

George Sand: Historia de mi vida (págs. 422 - 425)

Parece, aunque no por unanimidad, que el Preludio de la lluvia sobre las tejas de la Cartuja es el 15, en Re bemol mayor. El uso del ostinato no es infrecuente en las obras de Chopin y a este Preludio se le ha superpuesto el sobrenombre de "La gota de lluvia (raindrop)", probablemente debido a la repetición obstinada de un sonido que no forma parte de la melodía.

En cuanto a la imagen de unos cartujos fantasmales desfilando por los encalados pasillos de Valldemossa, yo diría que está en el Preludio número 2, pero nadie ha hecho mención a ello.

En enero de 1839, a los pocos días de haber recibido el piano que compró en Francia, Chopin enviará a París la partitura de los Preludios para ser editada.

Comentaris

Re: George Sand y los Preludios de Chopin

erna ehlert | 01/02/2010, 18:17

vaya entrada!
es preciosa!

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