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Cierro los ojos para vivir. También para matar

fabian | 04 Setembre, 2009 15:09

"Cierro los ojos para vivir. También para matar. En esto soy el más fuerte, pues él [se refiere al emperador Augusto] sólo cierra los ojos para dormir y ni siquiera su sueño le reporta consuelo alguno. Sus tinieblas están pobladas de muertos, de crueldades que le obsesionan" ... Comienza así una de las novelas más bellas que he leído. Su prosa, más poética que cualquier poema, habla de tierras lejanas a las que es imposible volver y de tierras presentes, despreciadas, tenidas como un castigo difícil de soportar. Hay un narrador, Ovidio, poeta amoroso en Roma - el único lugar del mundo en el que se puede vivir -, exiliado a un confín salvaje de la tierra. Su voz, en este primer año de destierro, está llena de ira contra Augusto, el poder, quien lo ha desterrado acusándole de pervertidor de la sociedad. Pero Ovidio es la voz que escribe, que transmuta en escritura multitud de voces, también airadas de quienes sienten que la tierra en que están es también tierra de exilio, tierra distinta a la que ellos sueñan.

La tempestad de nieve sacude el tejado. La mar gime a lo lejos y sus olas se transforman de noche en largos fantasmas de hielo: Mañana podrán las gentes pasearse por encima de los peces y algún vecino más robusto que yo tendrá que abrir un camino hasta mi puerta, a través del espesor de la nieve, para que yo pueda salir. Nunca he oído un aullido semejante acompañado por el crepitar de la nieve helada en el exterior de los muros. Más allá de ese grito penetrante y prolongado que viene a romperse contra mí como una oleada, el gemido del mar parece la propia voz de la noche, como si el tiempo tuviera una voz y la hiciera oír en un solo punto de la tierra: aquí. Mi casa está casi adosada a las murallas de la ciudad y, cuando se calma el viento, oigo el aullar de los lobos más allá de las murallas. Tienen hambre. Han matado uno esta tarde en la calle. Enloquecido por el hambre, la fiera se había lanzado a la ciudad y, precipitándose sobre el primer ser viviente que encontró, una vieja que regresaba del mercado, la despedazó en un instante. También acudí yo a los gritos de la gente y llegué a tiempo de ver al lobo, atravesado por una lanza, yaciente sobre su propia víctima en medio de la nieve ensangrentada. He pensado en ella enseguida. No he podido evitar desearle una muerte parecida, lo cual es, por desgracia, imposible ya que los lobos nunca llegan hasta Roma. Pero bien podría escaparse una noche un león de los bestiarios, penetrar en el jardín del palacio imperial y hacer lo que hasta ahora ningún hombre ha tenido el valor de hacer ...

Cierro los ojos y mato. ¡Y cuánto más presentes, más vivas y más claras están esas escenas que, incluso, el reciente recuerdo de esta tarde! Cierro los ojos y vivo. Soy el poeta; él no es más que el emperador.

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velas y nubes

Tras la ventana abierta de la habitación - estudio donde leo y escribo - veo las rectangulares cúspides de algunos edificios de Palma. Tras ellas, las nubes amontonan sus algodones. No veo la mar, compañera de Ovidio en su exilio de momentos de rabia y de serenidad. Ésta llegará poco a poco en una urdimbre de relaciones con esa nueva tierra que ya no le parecerá tan salvaje y dura. A veces Ovidio da voz a otro exiliado, Pitágoras, y sus voces cuentan historias de tierras, mares, amores ... que van más allá de las tramas.

El autor de esta novela fue otro exiliado, un rumano expulsado de su país por no estar de acuerdo con el comunismo. Novela de tramas paralelas que no se cuentan, que no se plasman sobre el papel pero que alientan la voz del poeta Ovidio que, no lo olvidemos, es el único que la escribe pues los demás han decidido no hacerlo.

Entre los momentos de ira, de desasosiego y de tranquilidad de Ovidio en este su primer año de destierro, va tomando forma un encuentro del poeta consigo mismo y con otra realidad diferente. Pero todo ello irá apareciendo en la novela completa en la que se relatan los ocho años del exilio de Ovidio. A Roma, el único lugar donde se puede vivir, ya no volverá en vida; sólo regresará su cadáver.

La novela "Dios ha nacido en el exilio" ganó el Premio Goncourt de 1960. El jurado la eligió por unanimidad. Pero, como todos los tiempos, eran difíciles y sectarios, en todos los ámbitos de la vida y, quizás, en el mundillo de la cultura tan acentuados como en la política de la guerra fría que dominaba Europa y Norteamérica. Así su autor, expulsado de Rumanía por no estar de acuerdo con su acercamiento al mundo soviético comunista ruso, no fue bien visto por los popes de la cultura europea, Sartre y otros que callaban las matanzas comunistas, por lo que el Premio no le fue concedido. Murió también Vintila Horia sin haber regresado a su país en 1992 tras haber vivido en Francia, Argentina y España.

Debía ser el año 1961, con quince años de edad, cuando leí sus páginas en unos pocos días sentado junro al mar que tan frecuentemente aparece en la novela, fuera de la ciudad, pero cercano al puerto - siempre vía de comunicación -. Dejó en mí un agradable recuerdo. Ahora recorro sus páginas paladeando su hermosísima prosa y refugiándome, cual exiliado, en el poeta Ovidio, gran vividor en su juventud y que, ya superada su madurez, se redescubre a sí mismo entre olas marinas, playas y nieves. Su comienzo, en el primer año de su exilio es magnífico: "Cierro los ojos para vivir. También para matar. En esto soy el más fuerte ...".

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