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De la extraña visita que Jorge Luis Borges realizó a Leopoldo Lugones

fabian | 01 Setembre, 2005 16:11

Lugones Rosa marchita que el amante guarda
entre viejos y pálidos papeles
que a ese recuerdo vagamente fieles
siente pasar bajo su mano tarda.

Quizá recuerda un algo de la vida
de aquel amor, tras tantos desengaños,
y por eso parece que, a los años,
no está muerta la flor, sino dormida.

Leopoldo Lugones (1874 - 1938), poeta argentino, como Jorge Luis Borges quien nació 25 años después que lo hiciera Leopoldo, se suicida en Buenos Aires en 1938. Triste, pero no extraño.

Lo extraño es que en 1960, Jorge Luis Borges, también poeta argentino, a sus 61 años de edad, visita a Leopoldo Lugones quien se había suicidado 21 años antes.

Jorge Luis Borges¿En qué reino, en qué siglo, bajo qué silenciosa
conjunción de los astros, en qué secreto día
que el mármol no ha salvado, surgió la valerosa
y singular idea de inventar la alegría?

Con otoños de oro la inventaron. El vino
fluye rojo a lo largo de las generaciones
como el río del tiempo y en el arduo camino
nos prodiga su música, su fuego y sus leones.

En la noche del júbilo o en la jornada adversa
exalta la alegría o mitiga el espanto
y el ditirambo nuevo que este día le canto

otrora lo cantaron el árabe y el persa.
Vino, enséñame el arte de ver mi propia historia
como si ésta ya fuera ceniza en la memoria.

Presentados los personajes sólo me queda copiar las palabras de Borges que hablan sobre esta extraña visita:

A Leopoldo Lugones

Los rumores de la plaza quedan atrás y entro en la Biblioteca. De una manera casi física siento la gravitación de los libros, el ámbito sereno de un orden, el tiempo disecado y conservado mágicamente. A izquierda y a derecha, absortos en su lúcido sueño, se perfilan los rostros momentáneos de los lectores, a la luz de las lámparas estudiosas, como en la hipálage de Milton. Recuerdo haber recordado ya esa figura, en este lugar, y después aquel otro epíteto que también define por el contorno, el árido camello del Lunario, y después aquel hexámetro de la Eneida, que maneja y supera el mismo artificio:

Ibant obscuri sola sub nocte per umbram.

Estas reflexiones me dejan en la puerta de su despacho. Entro; ambiamos unas cuantas convencionales y cordiales palabras y le doy este libro. Si no me engaño, usted no me malquería, Lugones, y le hubiera gustado que le gustara algún trabajo mío. Ello no ocurrió nunca, pero esta vez usted vuelve las páginas y lee con aprobación algún verso, acaso porque en él ha reconocido su propia voz, acaso porque la práctica deficiente le importa menos que la sana teoría.

En este punto se deshace mi sueño, como el agua en el agua. La vasta biblioteca que me rodea está en la calle México, no en la calle Rodríguez Peña, y usted, Lugones, se mató a principios del treinta y ocho. Mi vanidad y mi nostalgia han armado una escena imposible. Así será (me digo) pero mañana yo también habré muerto y se confundirán nuestros tiempos y la cronología se perderá en un orbe de símbolos y de algún modo será justo afirmar que yo le he traído este libro y que usted lo ha aceptado.

J.L.B. Buenos Aires, 9 de agosto de 1960.

De: El hacedor (1960)

Fuente: Palabra virtual

Hoy, diciembre del 2004, confundidos los tiempos y la cronología, yo también he visitado a Jorge Luis Borges y a Leopoldo Lugones.

Comentaris

"El Hacedor" de J.L.Borges

Jorge Alcalá | 18/08/2007, 16:36

Para exaltar el admirable genio de Borges, baste recordar la primera estrofa de su Poema de los Dones:
"Nadie rebaje a lágrima o reproche-
esta declaración de la maestría-
de Dios, que con magnífica ironía-
me dio a la vez los libros y la noche."

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