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Encontrar los paraísos

fabian | 25 Juliol, 2005 19:06

He leído estos días el libro de Alfred Bosch: L'atles furtiu (Columna jove, nº 163). Me lo recomendaron en un comentario al artículo El mapamundi de Abraham y Jafuda Cresques (1375) y es que en este libro se tratan las vidas de Abraham y Jafuda Cresques. Más aún, el narrador es Jafuda. Con ellos se nos cuenta la historia de ese tiempo de la ciudad de Palma y las dificultades de convivencia entre las comunidades judías y cristianas. Abraham y Jafuda eran judíos y vivían en el llamado "call" o barrio judío de la ciudad; barrio que se cerraba por las noches y que, cuando la ciudad fue asaltada por hambrientos campesinos, sufrió con mayor virulencia las iras de los asaltantes.

Palma, plano de Garau
Plano de Palma, realizado por Garau en 1644

Fueron años malos: pestes y hambrunas se abatían sobre esta parte del Mediterráneo. Los judíos, comunicados entre ellos, preveían, según las cosechas realizadas en distintos lugares, si era año de hambre o de abundancia. Actuaban en consecuencia y cuando sus peticiones de provisiones en años de escasez se adelantaban a la época, los precios - debido a la demanda - se multiplicaban y el hambre para los menos favorecidos llegaba antes de tiempo. En fin, el malestar de los payeses se lanzaba contra los poderosos, pero estos estaban protegidos por el ejército, por lo que se trasladaba contra las juderías. Fueron hechos que ocurrieron en muchos lugares.

Según esta novela, Abraham y Jafuda Cresques realizaron dos mapamundis. Uno es el conocido. Fue un encargo del Rey Pedro de Aragón que fue regalado al rey de Francia. El segundo mapamundi añadía a las tierras e informaciones conocidas otras tierras desconocidas, pero que el hecho de haber sido informadas por varios navegantes, hacían sospechar que no eran fabulaciones sino realidades sólo alcanzadas por unos pocos. Este segundo mapamundi es el que da lugar a la trama novelesca en la que se engarzan los acontecimientos históricos.

Las Escrituras dicen que Dios expulsó al hombre y a la mujer del paraíso. Desde entonces, sabios e ignorantes hemos querido encontrar el jardín perdido. Mi padre, Abraham, y yo, Jafuda Cresques, hicimos dos mapas del mundo: en uno dibujamos las tierras conocidas, y en el otro, plasmamos aquellas mismas tierras y otras que habíamos aprendido de relatos y leyendas. El primer atlas es apto para los reyes porque puede alimentar sus sueños y les muestra el alcance de sus emporios y dominios. El segundo es un atlas prohibido, tan escondido como el Edén que los hombres habían perdido en la génesis de los tiempos.

El atlas furtivo no indica ningún camino hacia el paraíso terrenal. Contiene, por descontado, algunas voces enigmáticas que sitúan la felicidad en países lejanos, más allá de las aguas de los mares o de las arenas del desierto o de las llanuras de oriente. Mi padre quiso que estas menciones estuvieran, pero que también aparecieran suficientemente lejanas o remotas que desanimaran al más emprendedor de los viajeros. Ahora sé que a mi padre y a mí nos portaba un secreto convencimiento; la sospecha de que tan pronto como la espada y la cruz llegaran a aquellos lugares recónditos, todo parecido con el paraíso se desvanecería totalmente.

[...]

El paraíso puede estar en todo lugar si lo lleváramos en nuestro interior. Es en el mapa de nuestras personas donde hemos de buscarlo. [...] El verdadero paraíso del atlas furtivo está en su espíritu, en el testimonio de lo que habría podido ocurrir y que no hemos querido que pasara. Tenía razón mi padre cuando decía que una obra como aquella era, a fin de cuentas, un reflejo del amor. Cada pueblo, cada río o sierra montañosa, cada orilla próxima o lejana tiene el valor de lo que refleja y no de lo que es.

Traducción libre de las páginas 315 - 316 de: Alfred Bosch: L'atles furtiu.

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