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Tarde ruidosa

fabian | 29 Juny, 2005 20:59

En plena tarde, alguna asociación (de vecinos, cultural ...) ha montado en la plaza a la que dan las ventanas de casa un partido de futbito con adolescentes. Malintencionadamente sospecho que quien lo haya organizado le interesa sacar los billetes a alguna institución pública pues, por un simple partidillo, ha montado un sistema de megafonía estruendosa y vociferante, por la que un joven locutor aullaba ingleses gritos ensordecedores de estos que nada dicen y que quieren expresar entusiasmo. "Uauuuu", gritaba la voz al tiempo que un acompañamiento rítmico monótono chocaba y rebotaba contra las paredes de los edificios, atravesaba las ventanas abiertas e imposibilitaba la estancia tranquila de los vecinos.

Hemos decidido huir. Efectivamente, sobre la plaza había más altavoces que personas. Así que Margarita y yo, matrimonio tradicional, nos hemos ido a pasear por la ciudad antigua eligiendo los sombreados y vacíos callejones en los que la vida sólo aparece en las entradas y salidas de sus pocos vecinos. Sin tiendas, sin bares, sin coches e incluso - posiblemente debido al calor - sin gatos. Largos paredones de colores indefinidos que vientos, solanas y lluvias de años y años han dejado con desconchones, con superficies picoteadas como papel de lija y con un silencio inmenso, impeturbable de millones de inacabables y aburridos minutos en los que nunca ocurre nada. Los relojes se pararon no se sabe cuando o, posiblemente, nunca existieron relojes capaces de medir esos inmensos tiempos sin acontecer alguno.

interiores

Aunque estas calles invitan a recorrerlas rápido y llegar pronto adonde el ruido del tráfico y de la vida comercial bulle, vale la pena entrar en alguna casa, cerrada y oscura, atravesar la primera estancia y asomar la mirada a unos patios interiores donde árboles y flores se zarandean al ritmo del aire. En estos patios la ciudad pierde su nombre y surgen jardincillos frondosos rodeados de ventanales abiertos. La vida que ha huido del mundanal ruido late apaciblemente. Mujeres sentadas a la sombra faenan con hilos y agujas al tiempo que conversan amablemente entre vecinas.

En algún recodo una placita bordeada de naranjos en la que se abre la puerta de una pequeña iglesia. No llega aquí el turismo. Algunas personas, jóvenes y ancianos, atraviesan la puerta donde imágenes religiosas, cirios encendidos y bancos amplios invitan al silencio y al recogimiento. Misa vespertina. En una de las lecturas, Pedro, cuya festividad es hoy, es liberado de la cárcel por un ángel. Éste se le aparece en la celda donde está apresado por varias guardas; le pide a Pedro que se vista y calce y le acompañe hasta el exterior de la cárcel. Pedro, aunque extrañado, marcha confiadamente. Tras la desaparición del ángel, nada enturbia su ánimo.

Margarita y yo regresamos a casa. En la plaza ha terminado el partido y el estruendo. Unos operarios cargan los altavoces sobre una camioneta. La tarde, que era ruidosa, no muchos metros lejos de casa, se ha convertido en apacible y tranquila. Pienso que hemos estado en otro mundo, en otro tiempo. Quizás nuestro redondo mundo sea algo parecido a las capas de una cebolla. Transitas desde el ruido al silencio, desde el bullicio a la calma, desde la riqueza ostentosa a la humilde vivienda, desde el tráfico al pequeño jardín, desde la luz rabiosa de junio a la oscuridad tenuamente iluminada de una iglesia. ¿Mundos dentro de mundos? Basta torcer por un desértico callejón para que, ¡helas!, la sorpresa te invada.

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