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El puente del demonio

fabian | 27 Juny, 2005 18:29

En el siglo XIX, en tiempos del Romanticismo, se ponían títulos como el que he puesto. La verdad es que he estado tentado entre "del demonio" o el puente "de la confusión". La historia del puente del demonio ("A ponte de demo") me llega a través de una canción. Ella, Minla - hija de condes (de Andrade) - se enamora de un pastor, Ledán. Éste tiene que atravesar un río para ir a ver a su amada y, una noche de tormenta, muere. Pero Minla hace un trato con el diablo consistente en entregarle su alma a cambio de que construya un puente mediante el cual Ledán pueda salvarse. El puente tenía que estar construido antes de que cantara el gallo. Pero al demonio no le dio tiempo. Le faltó un arco, así que Minla pudo ver por última vez a Ledán, pero por ello tuvo que entregar su alma al diablo.

Río Eume
Río Eume en Pontedeume

¡Qué historias tan maravillosas! Historia de amor y de lucha por la supervivencia; por tanto (?), historia de una derrota. La muerte y la desgracia cautivan la imaginación. Dejan un regusto de algo que pudo ser pero que no fue. Y quizás en este poder ser pero no llegar nos vemos retratados todos. No sé bien si somos o más bien deseamos ser. Tal vez sea que la persona siempre es algo inacabado, nunca completo, siempre con un ansia de algo más.

Pero la navegación de hoy no ha partido desde estas palabras leídas en una entrevista al grupo Faltriqueira. Mi idea inicial era suponer que en una sociedad se producen fenómenos que van en contra de esa misma sociedad. Por ejemplo, en la Alemania nazi hubo personas que huyeron a otros países porque se daban cuenta de que iba a ocurrir una catástrofe. Y yo me he preguntado si entre las personas que quedaron no hubo también muchas que en algún momento se dieron cuenta y desestimaron la huida negándose a sí mismos la existencia de la amenaza. Son varias las amenazas que nos rodean: enfermedades, situaciones políticas, sociales, laborales... Unos, siendo conscientes de la amenaza, procuran soslayarla. Otros, esconden la cabeza negándose a sí mismos la realidad amenazante... Pero no he conseguido encontrar nada interesante sobre este tema.

A lo largo de la travesía he encontrado este soneto de Borges. Un jugador de ajedrez mueve sus fichas. Cree que domina el tablero.

Tenue rey, sesgo alfil, encarnizada
reina, torre directa y peón ladino
Sobre lo negro y blanco del camino
buscan y libran su batalla armada.

No saben que la mano señalada
del jugador gobierna su destino,
no saben que un rigor adamantino
sujeta su albedrío y su jornada.

También el jugador es prisionero
(La sentencia es de Omar) de otro tablero (1)
de negras noches y de blancos días.

Dios mueve al jugador y éste, la pieza.
¿Qué dios detrás de Dios la trama empieza
de polvo y tiempo y sueño y agonía?

(1) La vida es un tablero de ajedrez, donde el Hado nos mueve cual peones, dando mates con penas, en cuanto termina el juego, nos saca del tablero y nos arroja a todos al cajón de la Nada.
Omar Khayyam

Fuente: Jorge Luis Borges

Bueno: un puente, un demonio, una historia de amor (¿que acaba como toca?), una partida de ajedrez, un jugador que mueve las piezas y la posibilidad de que el jugador sea sólo una pieza de un juego mucho más amplio (y aún desconocido) son los encuentros hallados en una tarde en que me he perdido.

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