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Anochecer

fabian | 26 Juny, 2005 19:26

En estos momentos anochece. La luz se ha tornado blanca y lentamente va borrando los excesivos contrastes de luz y sombra. Los colores se matizan y adquieren un tono opaco. Es mi momento festivo. El aire se refresca del ahogo solar y remueve con alegría las hojas de los plátanos de sombra. En largas pausas observo el lento disminuir de la luz. El cielo ha recogido el sudor de la tierra, vapores ascendentes que enturbiaban la vista, y se ha teñido de un gris azulado que se va oscureciendo por momentos al tiempo que las luces de ventanas y balcones se encienden.


Fotografía de pipaaa

¿Momento para congraciarse con la humanidad y con la naturaleza? Rebusco en mi memoria algún poema, algunas palabras que celebren este instante. Recuerdo ... Busco entre los libros y tengo la suerte de encontrarlo. Sí, cuenta la aventura de un piloto de los primeros años de la aviación. Volaba desde La Patagonia hacia Buenos Aires. Transportaba correo y se tuvo que jugar la vida pues esa noche (¡qué negra es la noche!) había fuertes tormentas.

No obstante, la noche ascendía, cual humo oscuro, colmando los valles. Estos no se distinguían ya de las llanuras. Sin embargo ya se iluminaban los pueblos y sus constelaciones se contestaban. Y también él hacía parpadear con el dedo sus luces de posición, contestaba a los pueblos. La tierra estaba llena de llamadas luminosas, cada casa encendía su estrella, frente a la inmensa noche, del mismo modo que se vuelve un faro hacia el mar. Todo lo que cubría una vida humana centelleaba. Fabien se admiraba de que la entrada en la noche fuese esta vez como una entrada en una rada, lenta y bella.

[...] Más tarde, cuando sus dedos lo conocieron bien, se permitió encender una lámpara, adornar su carlinga con instrumentos precisos, y vigiló, sólo en los cuadrantes, su entrada en la noche, como una zambullida. Luego, como nada vacilaba ni vibraba ni temblaba, se desperezó un poco, apoyó su nuca en el cuero del respaldo, e inició esa profunda meditación del vuelo, en la que se saboreaba una esperanza inexplicable.

Y ahora, como un centinela en el corazón de la noche, él descubre que la noche revela al hombre esas llamadas, esas luces, esa inquietud. Esa simple estrella en la oscuridad: el aislamiento de una casa. Hay una casa que se apaga: es una casa que se cierra sobre su amor.

O sobre su tedio. Es una casa que cesa de hacer su señal al resto del mundo. Esos campesinos sentados alrededor de la mesa ante la lámpara no saben lo que espera; no saben que su deseo, en la enorme noche que los rodea, vaya tan lejos. Pero Fabien lo descubre, cuando llega desde mil kilómetros de distancia y siente inmensas olas de fondo elevar y hacer descender el avión, que respira, cuando ha atravesado diez tormentas como países en guerra, y tras éstas algunos claros de luna, y cuando alcanza esas luces, una después de otra, con la sensación de conquistarlas. Aquellos hombres creen que su lámpara brilla para su humilde mesa, pero alguien, a ochenta kilómetros, percibe el brillo de esa luz, como si, desesperados, la balanceasen ante el mar desde una isla desierta.

Antoine de Saint Exupery: Vuelo Nocturno
Colección: Tus Libros, Editorial Anaya, 1982, págs. 21 a 23

Transcribiendo el escrito he tenido que encender una pequeña lamparilla sobre la mesa. La luz es señal de vida, aunque no nos indique nada sobre la calidez de ella. El cielo sobre la ciudad muestra una capa luminosa. La Luna, aún baja sobre el horizonte, es muy menguada, casi Luna Nueva. Desde mi isla, no desierta pese a que todos estamos solos aunque estemos en compañía, balanceo mi pequeña lámpara... ¿Para qué, si no sé ni lo que busco?

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