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Rafael Sánchez Ferlosio. Premio Cervantes 2004

fabian | 24 Abril, 2005 18:39

Sánchez Ferlosio

El sábado, fiesta del Día del Libro, seguí a través de TV2 la concesión del Premio Cervantes 2004 a Rafael Sánchez Ferlosio. Ya hace muchos años leí El Jarama e Industrias y andanzas de Alfanhuí. Buen recuerdo guardo de esta última obra de la que algún fragmento aparece en los libros de texto de Lengua Castellana. Pero no sabía nada de él ni de su obra posterior. Realizó un discurso académico del que me interesaron algunos fragmentos. Era un discurso escrito que en su trasposición a oral se hizo difícil de seguir y de entender, máxime que la transmisión sufrió algunos fallos en que la voz desaparecía.

En la figura de Sánchez Farlosio entreví un hombre de carácter poco propicio a las camarillas que durante tantos años han sido dominantes en las esferas literarias y en sus premios. En demasiadas ocasiones puedes calibrar a un premiado por las personalidades que lo abrazan y felicitan. Normalmente en tales casos, me parecía, eran escritores que habían escrito siguiendo pautas o modas (que también son pautas). Durante muchos años para ser premiados habían de ser escritores de izquierda, progresistas que transmitieran las consignas establecidas y que estuvieran relacionados con las camarillas barcelonesas. Pero yo hoy quería seleccionar algunos fragmentos de los escritos ferlosianos que encontrara en la Red.

Paciencia, para acostumbrarnos a la tranquilidad y al silencio; para alejarnos de la máquina de emociones que es la vida actual. No estamos nunca con nosotros mismos, siempre en la calle, con la cabeza llena de colores, de gritos, de impresiones, que nos quitan la serenidad para pensar y nos cubren la realidad de apariencias para que no podamos conocerla fríamente.

Tengamos el convencimiento de que lo que debemos de hacer nos lo dice siempre antes la razón que los afectos. Acostumbramos a imaginar, no a pensar; a sentir, no a querer. Imaginamos como Don Quijote. Estamos enfermos: necesitamos emociones. Por eso nos entusiasma el gesto retórico, apariencial; la postura, el estilo, en fin, lo que nos parece bello nos importa más que el fondo de las cosas. O creemos que aquello es el fondo de ellas, a veces, en realidad, duro y prosaico. Admiramos al personaje genial, al héroe huidizo de una ocasión histórica, y no comprendemos al ser anónimo de todos los tiempos, infinitamente pacientes, que labró la tierra. Y no imitamos a éste; queremos imitar a aquél, y no se le puede imitar porque es un ser ocasional y único, y así nos salen esos aspavientos ridículos, grotescos y desproporcionados con la cosa que queremos hacer. También queremos sentir; ser protagonistas de algo en una estúpida soberbia romántica. San Agustín en un capítulo de las Confesiones, dice cómo a él le satisfacía en el teatro lo que él llama el falso dolor; la satisfacción de esa necesidad de sentir, el más morboso de los placeres que tiene todo hombre de una época decadente. Nosotros también. Y desdeñamos el dolor verdadero, el dolor racional y fundado en una renuncia real.

Rafael Sánchez Ferlosio: De la paciencia

Así como son muy pocos los escritos de Sánchez Farlosio que encuentro, en las biografías hallo datos que me sorprenden. Por ejemplo, que se negó a que un instituto llevara su nombre. También leo que el día que le concedieron el premio no pudieron hablar con él porque no usa móvil para que no le estorben. "Lobo estepario de las letras", "Espíritu libre que escribe lo que le da la gana" son expresiones referidas a él.

[...] Para lograrlo, le bastó valerse de dos arcaicos principios todavía vigentes en toda relación de armas. El primero es el de que la magnitud de la soberbia patriótico-guerrera no guarda proporción con la medida de las fuerzas respectivas: la soberbia del débil es tan fuerte como la del fuerte; tiene un suelo por debajo del cual le es imposible descender; bien lo ilustra Tucídides con el patético episodio de los diálogos entre los atenienses y los melios. Cien almas que el hombre tuviera, cien estaría dispuesto a vender, a jugarse y a perder por cualquier baratija pero arriesgará la vida, se expondrá a muerte cierta, por no perder o doblegar el Yo; con eso cuenta el fuerte para arrastrar al débil a la guerra.

El segundo consiste en la ecuación, congénita en el honor militar, de que cuanto mayor sea el número de hombres y el volumen de armas puestos en campo en orden de batalla más humillante e insoportable será para un ejército un cambio súbito en la situación diplomática y política que no deje otra opción que la de desistir y to go back home, y esto nos lo ilustraba el malicioso Tyler con su «pesadilla». No cabe insulto más grave a la naturaleza y la virtud del perro, que Platón puso por modelo de la condición del buen guerrero, que apartarlo de la presa cuando ya le ha sido puesta al alcance de las fauces. Con 400.000 soldados desplegados frente a Irak, Baker no tenía ya más elección que la de arrancar de la soberbia patriótica irakí la aceptación de una guerra ineluctable.

Rafael Sánchez Farlosio: Soberbia obliga

Tras "El Jarama", Premio Nadal en 1955 y Premio de la Crítica en 1956 estuvo varios años sin publicar. Ha publicado artículos en varios periódicos (El País, ABC). Desde 1974 ha publicado varios libros, narrativos, ensayísticos y de recopilación de artículos. Obtuvo los Premios Nacional de Ensayo y Ciudad de Barcelona en 1994 con "Vendrán más años malos y nos harán más ciegos" y ha seguido publicando en estos últimos años.

Esas grandiosas representaciones que son la Civilización, la Cultura de Occidente y en especial la inextinguible pitonisa hegeliana que es la Historia Universal son los fantasmas que, en diferente proporción, componen la alegoría escatológica pintada en cada bandera; así, el fantasma de la Civilización parece el predilecto en las banderas de la democracia, en tanto que el de la Historia Universal, en modo alguno ausente en la que acabo de mentar, predomina, no obstante, hasta tal punto en las insignias de los totalitarismos fascista o comunista que las figuras de la Cultura de Occidente y de la Civilización pueden llegar a verse reducidas a comparsas o incluso excluidas de la alegoría representada. En cuanto a la catarsis producida por la guerra, empieza en una explosión de euforia moral colectiva, en un repentino «cargarse de razón», que, paradójicamente, no suele derivarse de bienes prodigados, sino, en un grado incomparablemente superior, de daños padecidos, y que viene a equipararse cabalmente con la acumulación de un «capital moral», al modo de un HABER correlativo al DEBE del ofensor, y por lo tanto como un crédito o derecho sobre él o contra él. La catarsis expande el sentimiento de un «estado de gracia», cuyo carácter indivisiblemente colectivo es lo que hace de la guerra el trance de suprema plenitud de un pueblo en cuanto pueblo; pero este gregario e impersonal sentimiento de inocencia comporta, por eso mismo justamente, el grado máximo de simplificación de la conciencia, de depauperación moral; lo que es al fin lo que permite entender por qué en medio de toda la muerte y toda la destrucción imaginable la victoria, como una gran blasfemia, se enciende y se arrebata, enajenándose en el delirante arrobo de un nuevo amanecer.

Rafael Sánchez Ferlosio: Susan Sontag

En fin. Me parece un autor complejo e interesante que ha recibido duras críticas y que si puedo este verano intentaré leer alguno de sus libros.

Comentaris

Buena reseña.

corsaria | 27/04/2005, 10:52

Buena reseña. Yo sólo leí el libro de Las andanzas de Alfanhuí. Los demás se me figuran mas profundos. :) Buen blog, por cierto. :)
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