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Doctor Zhivago: la naturaleza, la historia y el arte

fabian | 06 Febrer, 2005 18:48

Doctor Zivago

Este fin de semana he vuelto a ver Doctor Zhivago de David Lean. Film de 1969 que no ha perdido vigencia en la narración de la novela de mismo título de Boris Pasternak.

La narración, aunque se centre en la figura del doctor, radica más en los sucesos que ocurrieron en la Revolución Rusa, ya que el doctor y cuantos le rodean: su familia y Lara, son más "sufrientes" de esos acontecimientos que no participantes. No toman partido ni realizan acción alguna ni a su favor ni en su contra. Zhivago es más conocido como poeta que como doctor en Medicina y las ideas que subyacen en la poesía de Zhivago no gustan a los dirigentes bolcheviques puesto que tratan a la persona como individuo y no como elemento social en un tiempo en que "la vida privada" (la libertad individual) ha desaparecido.

Pero esta anotación no va dirigida a tratar la película, ni la revolución, ni esa terrible primera mitad del siglo XX en Europa, infectada de odio y de muerte en nombre de las naciones, la libertad, la revolución y cuanta palabra pierde su sentido en cuanto se usa partidístamente para enfrentar a unos contra otros.

Con la película hojeé la novela y, ya casi al final de la misma, encontré una reflexión sobre el transcurso de los acontecimientos que me llamó la atención y que quiero anotar en esta bitácora. Utiliza la palabra "historia", palabra difícil ya que con ella nos referimos principalmente a la Narración y exposición de los acontecimientos pasados y dignos de memoria, sean públicos o privados. No, la palabra "historia" en la cita no se refiere a esa narración o exposición, sino directamente a los acontecimientos reales y no a la narración e interpretación que los estudios puedan hacer de ellos.

Así, llorando por Lara, prescindió completamente de los esbozos anteriores, sobre más variados temas, sobre la naturaleza y la vida de cada día. Como también le había sucedido antes, mientras trabajaba, lo asaltaba un sinfín de pensamientos sobre la existencia individual y la sociedad.

Una vez más se dio cuenta de que no sabía concebir la historia, lo que se llamaba en general curso de la historia, y que ésta se presentaba a su pensamiento como el desarrollo de la vida en el reino vegetal. En invierno, bajo la nieve, las ramas desnudas de un bosque son flacas y misérrimas como los pelos de una verruga senil. En primavera, en pocos días se transforma el bosque, se eleva hasta el cielo, y en los recovecos de su follaje es fácil perderse, puede esconderse uno. En esta transformación el bosque se mueve con una rapidez que supera la de los animales, porque el animal no crece tan de prisa como una planta. Y, sin embargo, nadie logra descubrir este movimiento del crecimiento. El bosque no se para, no podemos sorprenderlo en trance de movimiento. Siempre lo encontramos inmóvil. Y en esta misma inmovilidad volvemos a encontrar la vida de la sociedad, la historia, que también se mueve eternamente, eternamente muda, aunque sus transformaciones no puedan advertirse de inmediato.

Tolstói nos ha pintado su pensamiento hasta el fondo, cuando negaba las condiciones de creadores a Napoleón, a los hombres de estado y a los guerreros. Pensaba esto precisamente, pero no lo expresó con claridad. Nadie hace la historia, la historia no se ve, como no se ve crecer la hierba. La guerra, la revolución, el rey, Robespierre, son sus estimulantes orgánicos, su levadura. La revolución la hacen los hombres activos, fanáticos, sectarios, genios de la autolimitación. En pocas horas o en pocos días trastornan el viejo orden. Estas alteraciones duran semanas, o algunos años. Luego, durante decenios, durante siglos, los hombres veneran como una reliquia el espíritu de limitación que ha conducido a este trastorno.

Llorando por Lara, lloraba también por el lejano verano en Meliuzéiev, cuando la revolución era un dios que había descendido a la tierra, el dios de aquel verano, y cada uno enloquecía a su modo, y la vida de cada uno se desarrollaba libremente, no como una ilustración didáctica con el apoyo de la política suprema.

Escribiendo así sobre toda clase de cosas, comprobó y anotó una vez más que el arte está siempre al servicio de la belleza y que la belleza es la felicidad de dominar la forma. La forma es el presupuesto orgánico de la existencia. Todo lo que está vivo debe, para existir, tener forma, y por esto el arte, incluso el arte trágico, es el relato de la felicidad, una felicidad tan trágica y llena de lágrimas que tenía la cabeza cansada y dolorida.

Fuente: Borís Pasternak: El doctor Zhivago
Capítulo 14: Otra vez en Varíkino, apartado 14.

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