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¿Fuman los inmortales?

fabian | 28 Gener, 2005 20:31

Ayer, cuando ya tenía escrito un artículo largo con este título, se fue la luz por un momento en la zona donde vivo y el articulo se quedó sin publicar.

Dos son las palabras importantes del título: fumar e inmortales. Fumar porque quien me habló de este tema estaba rodeado de hielo y ambos estábamos ateridos de frío en el lugar del instituto destinado a los fumadores. Lugar a la intemperie, sin ninguna protección ante la lluvia, los vientos, la nieve, el frío o el calor. Pero, a la vez, rincón donde la conversación nunca trata ni de la política, ni del fútbol, ni de los "puntos" (dietas) y, junto con el humo de los cigarrillos, toma altura y consistencia.

El segundo término se refiere al cuento de Jorge Luis Borges titulado El inmortal. Yo no lo había leído y, a resultas de esa conversación, lo busqué en Internet, donde se encuentra en varias webs.

La muerte (o su alusión) hace preciosos y patéticos a los hombres. Estos se conmueven por su condición de fantasmas; cada acto que ejecutan puede ser último; no hay rostro que no esté por desdibujarse como el rostro de un sueño. Todo, entre los mortales, tiene el valor de lo irrecuperable y de lo azaroso. Entre los lnmortales, en cambio, cada acto (y cada pensamiento) es el eco de otros que en el pasado lo antecedieron, sin principio visible, o el fiel presagio de otros que en el futuro lo repetirán hasta el vértigo. No hay cosa que no esté como perdida entre infatigables espejos. Nada puede ocurrir una sola vez, nada es preciosamente precario. Lo elegiaco, lo grave, lo ceremonial, no rigen para los Inmortales.

Embriagado por las palabras, lo leí y lo releí intentando hacerme con los misterios que presenta. El cuento es espléndido y, en estas primeras lecturas sólo soy capaz de acceder a lo más superficial, a la anécdota sin lograr hundir mi comprensión en su sustancia.

Jorge Luis Borges

Ser inmortal es baladí; menos el hombre, todas las criaturas lo son, pues ignoran la muerte; lo divino, lo terrible, lo incomprensible, es saberse inmortal. He notado que, pese a las religiones, esa convicción es rarísima. [...] Adoctrinada por un ejercicio de siglos, la república de hombres inmortales había logrado la perfección de la tolerancia y casi del desdén. Sabia que en un plazo infinito le ocurren a todo hombre todas las cosas. Por sus pasadas o futuras virtudes todo hombre es acreedor a toda bondad, pero también a toda traición, por sus infamias del pasado o del porvenir. Así como en los juegos de azar las cifras pares y las cifras impares tienden al equilibrio, así también se anulan y se corrigen el ingenio y la estolidez [...] Sé de quienes obraban el mal para que en los siglos futuros resultara el bien, o hubiera resultado en los ya pretéritos... Encarados así, todos nuestros actos son justos, pero también son indiferentes. No hay méritos morales o intelectuales. Homero compuso la Odisea; postulado un plazo infinito, con infinitas circunstancias y cambios, lo imposible es no componer, siquiera una vez, la Odisea. Nadie es alguien, un solo hombre inmortal es todos los hombres. Como Cornelio Agrippa, soy dios, soy héroe, soy filósofo, soy demonio y soy mundo, lo cual es una fatigosa manera de decir que no soy.

El concepto del mundo como sistema de precisas compensaciones influyó vastamente en los Inmortales. En primer término, los hizo invulnerables a la piedad. [...] Tampoco interesaba el propio destino. El cuerpo era un sumiso animal doméstico y le bastaba, cada mes, la limosna de unas horas de sueño, de un poco de agua y de una piltrafa de carne. Que nadie quiera rebajarnos a ascetas. No hay placer mas complejo que el pensamiento y a él nos entregábamos. A veces, un estímulo extraordinario nos restituía al mundo físico. Por ejemplo, aquella mañana, el viejo goce elemental de la lluvia.

Fuente: El inmortal (IV)

Borges, siempre erudito, originalísimo y profundo, nos introduce en estas sombras humanas que también son los inmortales. Éstos, nos cuenta, hacia el siglo X se dispersaron en búsqueda de la mortalidad: Existe un río cuyas aguas dan la inmortalidad; en alguna región habrá otro río cuyas aguas la borren. Quisieron hacerse mortales, como los hombres, puesto que sólo en los mortales - seres que tienen consciencia de la muerte - está lo azaroso y lo irrecuperable.

Entre el frío de la nieve fundida y las volutas de humo, hablamos ayer sobre los inmortales y Borges.

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