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Rusiñol: 'Desde una isla / Palma'

fabian | 26 Juny, 2013 12:45

Recojo de La Vanguardia el segundo artículo de la serie "Desde una Isla" en que Rusiñol cuenta sus impresiones de su primer viaje a Mallorca. Se publicó el jueves 23 de marzo de 1893.

Santiago Rusiñol

Desde una Isla: Palma

Como pudo ver el que leyó nuestra epístola anterior, tras un viaje inmoderado, llegamos á estas tierras de Mallorca, desembarcando en sus playas por medio de una palanca.

¡Estábamos ya en la isla! Nuestros pies andaban en tierra firme, y á no ser por ese estorbo de maletas que el hombre lleva sobre su propia conciencia cuando anda por el mundo, hubiéramos corrido por la arena en dirección circular, para poder convencernos de que realmente estábamos rodeados «de agua por todas partes» y de que la isla era auténtica y no una broma de las tercas compañías de vapores.

Porque á juzgar, señores, por lo que veíamos al alcance de nuestra mirada de lince, ó aquello no era isla, ó éstas son de la misma conformidad que cualquiera continente. Nada de moluscos fósiles colocados en medio de los caminos para uso esclusivo de los pobres robinsones, nada de cabañas de juncos para las siestas indígenas, ni un negrito á la vista, ni un mísero cocodrilo, ni tan siquiera una pequeña danza de la clase de guerreras para entretenimiento de los que íbamos llegando. Gasas con cuatro pisos y pico, palacios levantados con sabias reglas de arquitectura, calles empedradas tersamente y mil detalles de una civilización llevada al máximo grado, pero que no cuadraba con la idea que de una isla nos habíamos formado desde nuestra tierna infancia.

Ya apenas desembarcados, admiramos un precioso edificio que nos dijeron que era la Lonja... ¡Qué conjunto! ¡Qué de preciosos calados! ¡Oué holgura en el trazo general y qué cariño de artista en los más pequeños pliegues de aquella obra selecta! Los adornos en aquellos grandes muros, están tan sobriamente colocados, hay tanto derroche de esa difícil desigualdad artística de los monumentos góticos, las lineas corren con tal suavidad, deteniéndose aquí para formar un doselete, curvándose más allá para dar paso á un follaje, encontrándose siempre en un punto que podríamos llamar el punto de la armonía, que hace de tal edificio un ejemplar de lo más perfecto que pueda verse en el arte de la ojiva.

Poco rato nos detuvimos á contemplar el edificio, porque el hombre que viaja, como es cosa sabida que el viajar enseña mucho ha de aprovechar el tiempo y acumular la enseñanza á toda prisa, deteniéndose tan sólo los momentos más extrictos que reclama un entusiasmo prudente, y si bien merecía el edificio algunas horas de estudio, como íbamos itinerados, continuamos andando.

Pasamos por el pie de unas murallas, y dejando á nuestro paso los consumos, el brazo militar acuartelado, y otras dependencias del ramo de administración que para uso interno y defensa exterior necesita todo pueblo, llegamos á lo que aquí se llama el Borne.

No es éste, como el nuestro, centro de verduleras, horteras y otras frioleras de la misma calaña y catadura, ni manjar apetecido de concejal ambicioso, sino cultísima rambla colocada en medio de la ciudad, paseo y salón al aire libre al mismo tiempo, lugar con fisonomía propia, eje sobre el cual, en retórica figura, da vueltas toda la isla. Allí acuden los menestrales al caer de la tarde, á conversar de política ó de otra cosa agradable si no son aficionados á los negocios de Estado; allí acuden los militares y empleados á pasear, aprovechando los cortos instantes que sus ocupaciones les dejan en libertad; allí los señores graves á cambiar de clase de aburrimiento que les impone la grave seriedad de que se ven revestidos; los hijos del pueblo con sus anchos sombreros de castor, la pollería elegante y las chicas de Palma, hermosas la mayor parte, así las que visten imitando el último figurín que llega del continente, como las que siguiendo las añejas tradiciones enmarcan su rostro expresivo con el lijero volante, dejan caer su cabello trenzado sobre el mantón y muestran el brazo desnudo, destacando triunfante sobre una fila de botones de oro mate.

Ya se comprende que con tales elementos, con tanto sol, con tales ojos brillando debajo de tan negros cabellos, sean muchos los que á fuerza de ir solteros al Borne, acaben por salir de allí tomando el rumbo del matrimonio y se encuentren casados por obra y gracia de la fuerza seductora de un paseo. Los árboles que le dan sombra, las terrazas que lo miran, algún ciprés que asoma por detrás de la alta tapia, y sobre todo la línea de bancos de piedra y los jarrones colocados á lo largo del paseo, imprimen á éste un aire entre melancólico y romántico, como uno de esos grabados de principios de este siglo.

Allí el hombre, por mucho que lo sea, se siente languidecer, siente deseos de pasar la vida de un modo contemplativo, vivir sentado y soñoliento, oir el ruido del mundo á través de las azules fronteras de una isla, no trabajar ni aun para vivir, y quedarse aletargado en aquellos bancos de piedra, ni oyendo pasar las horas ni sintiendo correr el tiempo.

Esto hubiéramos hecho nosotros, á no llevar escrito en la conciencia aquel maldito itinerario que no nos daba ni un punto de reposo. El, con su concisión inglesa, nos marcaba la hora de la comida, y tuvimos que seguirle, y comer á toque de itinerario; él nos dijo, que después de la comida el hombre civilizado debe tomar su café, y al café nos fuimos y lo tomamos y hasta cigarro y aun copa para dar gusto al condenado plan, que nos lanzó por fin á la calle á ver lo que deseábamos ver, pero no con aquella puntualidad que no daba tregua al cuerpo ni reposo á nuestro espíritu.

Seguimos por estrechas calles y tortuosos rincones. Los aleros de las casas, artísticamente laborados, adelantaban á ambos lados saludándose con su respetable testa; de vez en cuando descubriáse un primor; una pequeña ventana, íntima como un secreto, adornada de pulcrísimas manos de mujer, esculpidas, de estilo gótico ó plateresco; otras veces estos ojos de las casas dividíalos fuste esbeltísimo, coronábalos ligerísimo capitel y abrigábanlos guirnaldas de plantas cuidadas con delicado cariño; y más allá eran altas, cuajadas de escultura, con cabezas destacando de adornos renacimiento, cerradas sus ventanas al parecer para siempre, é imprimiendo al edificio una soledad de muerte. Aquí se dibujaba un escudo, pasábamos bajo un arco más allá, y á todos lados veíamos grandes portadas dando paso á patios descomunales.

Eran éstos, severos la mayor parte, pero de una severidad que daba frió al cuerpo. En el centro columnas robustas, de mármol, anchas de base y coronadas de sencillo capitel, piedras en el suelo con hierba creciendo en las junturas, un pozo en un ángulo, una verja en el fondo dejando entrever la única nota risueña para servir de contraste, y á un lado la escalera, anchísima y desolada, subiendo majestuosa entre desnudas paredes hacia las habitaciones que presentíanse detrás de aquellos espesos muros como algo deshabitado, oliendo á soledad y á muebles viejos, á palacio desierto y á tapiz apolillado... el alma las rechaza en demanda de un rincón de intimidad, de una tibia buhardilla donde vivir en familia y no morir en la desolada anchura de una grandeza perdida.

Dejando las de la vida y siguiendo nuestro impuesto derrotero, pasamos por otras calles y llegamos frente la Catedral, que es donde llega siempre «el cansado viajero». Lo primero que de ella vimos fue, naturalmente, su fachada, y ¡ojalá que no existiera! No parece sino que desde principio de siglo, hubo un saldo de fachadas y que compradas á bajo precio hayan ido pegándolas á nuestros más hermosos monumentos. No diré que esta sea peor que la de nuestra basílica, pues entre las dos siempre parece peor la que se tiene delante, pero la de aquí tiene al menos el atractivo de lo grande, y si no tiene más belleza al menos entraron en ella más jornales y más piedra. ¡Que contraste con las pequeñas portadas laterales! ¡Qué revolcón para el flamante arquitecto! De aquellas plantas modelo de buen gusto, bordadas en las estrías de la piedra, no supo aprovechar ni una hoja! No supo ver ni una línea de aquellas que allí tenía dictándole la más perfecta armonía! No llegó á ver ni el conjunto, ni uno sólo de los hermosos primores que allí existen, para su propio remordimiento!! Lástima, pensamos, que muchas de las obras malas, sean de tan duradera piedra como las pocas buenas que el hombre acierta, y esto pensando, entramos en el interior, por orden siempre de nuestro severo y concienzudo itinerario.

La impresión que el templo produce es de grandeza. Altísimas columnas desparramándose en bóveda, allá, en altura extraordinaria, rosetones fornidos, altares toscos, ventanales inmensos, tabicados la mayor parte, que imprimen al interior un sello de fortaleza, un algo de falta de detalles que da belleza majestuosa á su conjunto, armónico pero.desnudo, selecto de líneas pero indicadas sobriamente, un aire, en fin, de arquitectura masculina si me está permitida esta imagen, que imagen es de la nuestra.

No faltan otros detalles innumerables y bien valdría la pena de hablar de ellos, pues ni faltan joyas que ver en toda catedral de esta importancia, ni gente de importancia falta, que se muere en época oportuna para dar que hacer con lucimiento á los arquitectos; respectivos, labrando tumbas para su eterno descanso, más ó menos góticas, platerescas menos ó más churriguerescas ó barrocas.

Saliendo al exterior, por otra puerta, otra vez nos encontramos frente á frente de aquel mar de nuestras pasadas tormentas. A pesar de su belleza, reconocida por todos los pueblos civilizados y algunos que no lo son, á pesar de sonreírse aquel día con su más azul sonrisa, mantuve firmes mis rencores, ofendido de su mal comportamiento, y si no le negué el saludo fue porque empezaba á temer que otra: vez tendría que correr sobre sus «embravecidas olas» si, en efecto, era isla el terreno que pisábamos.

Por él fuimos siguiendo las murallas. Son éstas altas y sucias, como todas las murallas de todas las plazas fuertes. Aunque poco inteligente en la materia, no he de callarme que, á pesar de su volumen, las considero de poca resistencia para la defensa. En la guerra de Calaf, última campaña á que he asistido en persona y donde se guerreó á la moderna, usábamos el sistema de trincheras, y á fe que fueron precisos un sin fin de cuerpos de ejército para dar un asalto, que resultó concienzudo. Para lo que no tienen precio las murallas es para servir de estorbo. Obligadas las casas á vivir al amparo de los muros y no pudiendo crecer por lo ancho, crecen por lo alto hasta perderse de vista, vuélvense angostas, y si bien ganan en ello desde el punto de vista pictórico, pierden bajo otros puntos de vista que no dejan de ser importantes.

Un sin fin de ellas vimos en los barrios pobres, típicas la mayor parte, albergando maestros y oficiales de esos pequeños oficios que tienen más poesía que dinero, cobijando tiendas extrañas en las cuales no se sabe lo que venden á fuerza de vender tantas cosas á la vez, sirviendo de palomar á todo un mundo de obreros que se estrujan hasta en las mismísimas grietas, ganando el terreno palmo á palmo, aquel terreno que sobra en los anchos caserones de que hablábamos antes.

Por delante de ellos volvimos de nuevo á pasar, y por delante de otros barrios, y más iglesias y más murallas y calles, hasta que, rendidos y burlándonos del feroz itinerario, nos sentamos. Lo hicimos en un banco de piedra de las Casas Consistoriales; un banco resguardado, bajo un balcón, por alero labradísimo. No he visto nada más propio que aquel asiento, cobijándose bajo la casa del pueblo, abrigado por sus muros y teniendo por dosel la propiedad de todos los palmesanos.

Poníase el sol, y bajo su influjo y el influjo del cansancio, sentimos un asomo de tristeza. No hay duda, pensamos, esto debe de ser una isla «rodeada de mar por todas partes». Quizás no haya medio de volver á la península sin pasar por el furor de los líquidos; pero ¿qué importa? bella es la isla, buenos han sido sus hijos con nosotros; en vez de indios, como en las islas que cantan las geografías, no encontramos más que amigos ilustrados: pues bien, si el mar no cede, nos quedaremos aquí á vivir en santa paz por los siglos de los siglos.

Santiago Rusiñol.

Palma de Mallorca, Marzo del 93.

Santiago Rusiñol: "Desde una Isla /Palma" (La Vanguardia, 23/03/1893)

La Lonja, el Borne, la Catedral... ya Rusiñol se refiere a la fachada actual, la de Peyronnet, pues el terremoto que lastimó la fachada antigua fue en 1851. El Ayuntamiento con su banco "si no fós"; las murallas que serían derrocadas a partir de 1902, y el mar que tanto le preocupa.

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