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Desde el Hornabeque, por M.S. Oliver

fabian | 01 Maig, 2013 11:15

La zona donde vivo está situada algo más allá de donde estuvo el hornabeque. Posiblemente, antes de que fueran derribadas las murallas, fuera poblada por casitas con sus corrales de forma que, como cuenta Gabriel Maura en su cuento "La Caseta", sita en el Molinar, fuera esta opuesta zona lugar donde los ciudadanos intentaban huir de esas murallas cuando los contagios asolaban la ciudad; refugiarse algo en la naturaleza con pequeños cultivos en los corrales y, al tiempo, estar a un paso de las amuralladas puertas. Desde la ventana veo, algo alejado, el caserón de las Hermanitas de los Pobres y, más cercano, la zona del Tirador. Por la parte opuesta, la de poniente, asoma la torre del Castillo de Bellver. Por una amplia calle, llamada Avenida de la Argentina, ascienden en leve cuesta los vientos sureños, vientos marinos que, sin barreras, sin edificios que les impidan el paso, arrastran el salitre hasta la populosa plazoleta donde los niños juegan alegres en estas tardes primaverales. Esta plazoleta nace por ser una bifurcación de caminos. Su forma triangular delata la ruta hacia Son Roca, por un lado del triángulo y la ruta que se desviaba hacia Son Moix. Esa bifurcación estaba formada por un parterre rodeado de pinos. El tercer lado era un sendero que conducía hacia el puente que atraviesa la Riera por el antiguo camino de ronda y, también, aunque en tiempos más recientes, hacia el Campo de Fútbol Luis Sitjar o, también hacia el velódromo del Tirador, y, quizás, hacia el antiguo manicomio, el franciscano convento de Jesús o, tal vez, hacia el cementerio. Caminos transversales que no partían desde las puertas ciudadanas, sino que rodeaban concéntricamente la ciudad amurallada.

Por buscar alguna fecha, los institutos cercanos fueron construídos hacia 1914; cercanos están al antiguo hornabeque, desde él, antes de que fuera derribado y construída esta zona de la ciudad, Miguel de los Santos Oliver describe su panorama:

Él año pasado, durante una breve estancia en Mallorca después de prolongada ausencia, fui algunas tardes como solía de antiguo hasta uno de aquellos pretiles de la parte exterior de la Muralla, junto al Hornabeque, tan representativos, tan impregnados de poesía provincial y que, á estas horas, han desaparecido ya por consecuencia del derribo. Hay que venir de Barcelona después de una semana de julio [Semana trágica de julio de 1909], ó de París después de la «batalla de los siete días», para saborear toda la delicia del contraste, todo el placer de la inmersión en aquel silencio pitagórico de los alrededores de Palma.

En el sitio de que hablo se confunden la respiración amortiguada de la ciudad con el hechizo virgiliano del campo que comienza. Cinco ó seis generaciones de contemplativos, de paseantes solitarios, consagraron aquellas piedras, que corrían en forma de banco por el remate de un montículo, última prolongación de los glasis de la muralla. A lo lejos se distingue el cauce seco y pedregoso de la Riera y se extienden los sembradíos hasta la sierra azul y distante. Conducía á él un sendero, culebreando por la contraescarpa y siguiendo el propio perfil de los bastiones y lenguas de sierpe. Un hálito de melancolía se desprende de aquella vasta arquitectura militar, una sombra de Vauban y de viejo cesarismo.

El lugar parecía hecho á propósito para servir de sitial á alguno de aquellos autodidactos inéditos y de traza antigua que á las veces se encuentran en el fondo de esas poblaciones silenciosas y dejan en nosotros un recuerdo más persistente que los libros de la celebridad. Diríase que el viejo espíritu socrático ha emigrado de las grandes urbes modernas. Busca el refugio de los rincones tranquilos, la sombra de las alamedas interminables, el grato rumor de las fuentes ocultas. Aquel dulce comercio de las almas, aquel diálogo vivo de la inteligencia aplicada al enigma del existir, aquella cosa noble y llena de serenidad que se llamaba un tiempo Filosofía, ha sido expulsada y suplantada por una hermana suya, bastarda y como advenediza, á la cual llamamos Sociología.

[...]

El lugar estaba, pues, saturado de esta tradición grata á la confidencia. Era el punto preferido por los meditabundos, por los románticos de la generación de don Tomás Aguiló en el tiempo que produjo A la sombra del ciprés, por los personajes que la proscripción ó la discordia civil, desde los días de Jovellanos, enviaban á la isla. Allí solían descansar de su cotidiano paseo, mientras el sol corría á la puesta y una yunta trazaba, á lo lejos, su hondo surco interminable en la llanura. Allí reflexionaban sobre las mudanzas de la vida, la ingratitud de los hombres ó la turbación del tiempo.

Aquellas piedras habían oído ya la voz de los refugiados de 1808, alterada por el espanto de la invasión francesa. Allí platicaron con sus familiares, con sus compatriotas, fugitivos también, aquellos prelados un poco jansenistas, un poco latitudinarios y palaciegos, que llevaban nombres gloriosos, de tierras de infieles y se llamaron Obispo de Tebas, Patriarca de Andrinópolis . Aquellas mismas piedras habían soportado mil soliloquios de amor ó de esperanza, de dudas ó de infortunio, suspiros de orfandad, crisis de la creación, lecturas balsámicas de Lacordaire lejos del estruendo babilónico en que fueron engendradas...

Pues allí, bajo la sugestión de estas reflexiones y recuerdos; bajo la sugestión de la soledad ambiente, del toque de Ángelus, de las columnas de humo ascendiendo de los hogares diseminados, del chirrido de una polea denunciando un pozo invisible, del vibrar de las cornetas en no sé qué baluarte casamata, sentí el secreto de la provincia, de toda la vida provincial como nunca la había sentido, y auguré ese elogio desbordante, esa reacción que se opera ya en las almas sedientas y fatigadas. Acabaremos por comprender algún dia, que el verdadero ideal de la existencia no es el incendio, la combustión, el constante frenesí que nos devora. La felicidad tiene su fórmula en la sencillez de gustos y necesidades, no en la complicación industriosa de la vida; y esa sencillez es compatible, cuando no inseparable de la verdadera riqueza de espíritu.

Miguel de los Santos Oliver: La vida provincial (La Vanguardia, 3/12/1910)

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