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M.S. Oliver y las Memorias del Dr. Orfila

fabian | 22 Abril, 2013 16:53

Desde 1918 a 1920, año de la muerte de Miguel de los Santos Oliver (1864 - 1920), fueron publicándose de dos en dos los seis volúmenes de "Hojas del sábado" que recogían algunos artículos seleccionados y ordenados por temas de los artículos publicados en La Vanguardia. Sus subtítulos fueron: 1. De Mallorca; 2. Revisiones y centenarios; 3. La herencia de Rousseau; 4. Comentarios de política y patriotismo; 5. Historias de los tiempos terribles y 6. Algunos ensayos.

Actualmente en Internet podemos encontrar dos de estos seis volúmenes. En archive.org se hallan el volumen 6 y el volumen 2.

En el tomo sexto recoge Oliver una larga serie de artículos bajo el epígrafe "Escritores catalanes en castellano". En el tomo segundo se encuentra el artículo que recogí sobre Rubén Darío.

Es en el volumen quinto "Historias de los días difíciles" donde Oliver coloca un artículo sobre un doctor nacido en Menorca: "Orfila, pensionado en París". No he localizado en la Hemeroteca de La Vanguardia este artículo, pero he hallado otro que reúne en sus palabras al doctor Orfila y, también, al científico Arago que estuvo en estas islas realizando mediciones sobre el meridiano de París y estuvo preso en el castillo de Bellver pocos días después de que fuera liberado Jovellanos.

De una conferencia

Las Memorias de Orfila

De la conferencia qoe dio anoche en la Cámara de Comercio el señor Oliver y en sustitución de su acostumbrado artículo, publicamos como muestra los siguientes fragmentos, creyendo que los lectores han de verlos con gusto por las noticias que contienen y al interés patriótico que entrañan:

*****

En los comienzos de la pasada centuria dos jóvenes nacidos en antiguas tierras catalanas, contando la misma edad, destinados á vivir los mismos años, llegan tempranamente á París y, por diversos azares de su vida, engólfanse en el estudio y acaban por incorporarse, de una manera absoluta, á los dominios de la celebridad universal. Su nombre resplandece en la portentosa constelación del primer imperio, salta, á cada página en las historias de la investigación, decora las lápidas de suntuosas vías y corona el frontispicio de anfiteatros y aulas académicas. Uno de estos jóvenes se llama Francisco Aragó y el otro Mateo Orfila.

Nació el primero en Estágel, cerca de Perpiñán, en la porción viviente de Cataluña arrebatada por el tratado de los Pirineos, el 26 de febrero de 1786; y el otro vio la luz en Menorca, día 24 de abril del año siguiente. Los dos murieron en París el mismo año, 1853, después de haber prestado á la humanidad el concurso inapreciable de sus luces y de haber añadido á los dominios del Conocimiento, largas regiones misteriosas y antes de ellos jamás exploradas.

Pues bien: estas dos vidas realmente ejemplares y gemelas, que requerirían la habilidad de Plutarco, tienen para nosotros extraordinario interés, mezcla de satisfacción y de humillación, de afrenta y de orgullo que se resuelven en no sé qué agridulce resabio de cosa que, á la par, satisface y disgusta. Porque si vienen á probarnos, con dos ejemplos simultáneos y eminentes, la potencialidad individual de nuestra raza para los superiores empeños mentales de esta época, recuerdan también la incuria colectiva y la hostilidad del medio que no dejan florecer aquí la flor de la originalidad pura: aquel poder de creación científica y, por decirlo en una palabra, de descubrimiento que nuestros hermanos y compatriotas saben alcanzar trasplantados á más propicio surco y bajo las presiones de una atmósfera más favorable.

De semejante conflicto ó lucha con el medio, la vida del doctor Mateo Orfila, sobre todo, nos ofrece una señalada representación que se relaciona, por otra parte, con uno de los esfuerzos más admirables y sostenidos, con una de las tentativas más sólidas que en tierras de España se hayan hecho nunca en sentido de la restauración y total aprovechamiento de las energías nacionales. Y ya habréis entendido que hablo de la ilustre y antigua Junta de Comercio de Barcelona.

Señores: una afortunada casualidad trajo no ha mucho á mis manos cierto manuscrito curioso, poco menos que desconocido y absolutamente inédito hasta hoy, que contiene las Memorias autobiográficas del doctor Orfila. El afán con que hube de leerlo, casi de un tirón, no importa decirlo á quienes conozcan mis aficiones por ese orden de literatura confidencial ó íntima y por el período histórico á que corresponden las Memorias expresadas. De las indicaciones que se me dieron antes, deduje la presunción de no hallar ahí más que notas incoherentes y casi ininteligibles, destinadas á ser extendidas más tarde por el propio autor, á quien la muerte habría arrebatado antes de llevarlo á término. Pero, desde las primeras páginas, comprendí que se trataba de una redacción definitiva, fluida, elegante y literaria, que es posible dar á las cajas sin más retoque; y aprecié también el interés vivísimo del manuscrito, á un lado y otro de los Pirineos.

Del lado de Francia, digo por la claridad que aporta á infinidad de cuestiones de su historia científica del siglo XIX; por la multitud de personajes famosos que cita; por la reforma de la Facultad de Medicina y creaciones de museos anatómicos, gabinetes y biblioteca que viene á reseñar; por la pintura de la vida de alta sociedad en loa primeros «salones» de la Restauración ó de la Monarquía de Julio, que Orfiía frecuentaba. Y de! lado de Cataiuña por las noticias que contiene acerca de su organización docente y el nivel de las enseñanzas técnicas, noticias que, en algún punto, toman el carácter de gloriosas revelaciones,

Mateo Orfila
Mateo Orfila y Rotger (1787 - 1853)

Á todo eso hay que añadir una riqueza episódica considerable y llena de amenidad, toda de cosas íntimas v vividas por el narrador: anécdotas de juventud, lindas viñetas y medallones de artistas, grandes damas y notabilidades parisienses, confidencias amorosas, incertidumbres de un porvenir obscuro. En suma: el diario de la conquista de París y de la reputación universal, por un mozo extranjero que salta de la diligencia, al llegar, «con una cavatina de ópera en los labios y cincuenta céntimos en el bolsillo», por todo recurso, previsión y patriotismo. Las Memorias de Orfila, cuando se publiquen, serán un documento precioso y nutridísimo para la ciencia y habrán de dejar muy atrás la Histoire de ma jeuneuse, de Francisco Aragó, incluida en sus obras completas, á la cual sobrepasan extraordinariamente en extensión y consistencia, ya que aquélla se contrae á un corto período y la que me ocupa abraza toda la existencia de Orfila y todos los acontecimientos universitarios y académicos de su época, hasta pasada la Revolución de 1848.

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Cerca de dos años pasó en Barcelona el futuro doctor Orfíla y hubiera estado aquí hasta terminar su carrera, si no le hubiese desviado de tal propósito el venturoso acontecimiento que se explicará. Aquí contrajo hondas amistades; aquí empezó á lucir sus condiciones mundanas de trato y buena figura que tanta parte tuvieron en sus éxitos de París; aquí consolidó su espíritu con la rigurosa disciplina del trabajo mental y lo adornó con las gracias y seducciones del arte, no cansándose de ponderar en distintos pasajes de sus Memorias el gusto de Barcelona por los buenos espectáculos ni de proclamarla una de las primeras ciudades musicales del mundo. Sus progresos en el dominio de la flauta fueron aplaudidos en saraos y tertulias y también aprendió aquí la guitarra, con la solidez y conciencia que ponía en todo, bajo la dirección de un maestro ciego, cuyo nombre no cita, pero de quien habla como de un músico prodigioso y eminente. Aquí comenzó, por último, la educación de su voz que, según el parecer unánime de sus contemporáneos, le convirtió en el primer barítono del mundo.

Y ahora no puedo resistir al deseo de referir uno de tantos episodios de amenidad como esmaltan esos recuerdos, haciéndolos singularmente atractivos. Explica la inolvidable impresión que le produjo el Teatro de la Santa Cruz. la primera vez que asistió á una de sus funciones. Hacían La Molinera astuta, obra del divino Paisiello; y la voz angélica de la «bufa» ó primera tiple, sus prodigiosas escalas y gorgoritos ó, como dice, petites roulades, dejáronlo hechizado y medio loco. Toda la noche la pasó en vela, tratando de hacerlas por sí mismo, vocalizando á media voz para no despertar á sus vecinos y compañeros de hospedaje. Así que clareó el día á las cinco de la madrugada, dirigióse á Montjuich, dejó por una vez la visita del Hospital y en la soledad de la montaña se entregó desenfrenadamente á sus complicados ejercicios. A las diez regresaba á Barcelona dominando correctísimamente aquellas florituras. ¿Quién sería aquella cantante que de tal manera logró conmoverle?... ¿Se trataría de Camila Guidi, de Marietta Giuliani, de Luigia Fuieschi, que figuraron en las temporadas de 1806 y 1807?

Decía antes que, sin un venturoso acontecimiento con el cual no contaba, se habría graduado de doctor en Barcelona, se habría vuelto á su isla, habría ejercido en ella y hubiera muerto después, asistido de una pequeña representación local. ¿Qué fue, pues, lo que le llevó á Francia y por qué extraño derrotero ó astucia de la suerte fue atraído allí? Esto es lo que las Memorias vienen á puntualizar y revelar en definitiva; y merced á ellas puede proclamarse hoy que el insigne toxicólogo no se dirigió á París por propio designio ni siguiendo una ambición: fue un presente, — involuntario sin duda, puesto que contaba restituírselo —, pero un presente valioso, que la benemérita Junta de Comercio de Barcelona hizo á la ciencia francesa y á la civilización.

Los elementos ilustrados que personificaban entonces el movimiento restaurador de Cataluña no tardaron en conocer las aptitudes del brillante menorquín. Al propio tiempo, la Junta trataba de ampliar el cuadro de sus enseñanzas y subvenciones enviando á Madrid de momento, y después á París, un joven á propósito para profundizar la Química con aplicación á las artes é industrias. Dos de los hombres más influyentes en la Junta, Gassó, su infatigable secretario, y el ilustre profesor de química, Carbonell, propusieron á Orfila sin vacilar, considerándolo la esperanza más sólida que presentaba la juventud. La designación quedó hecha inmediatamente y la pensión establecida en esta forma: 1.500 francos anuales durante cuatro años, dos de ellos en Madrid donde M. Proust, contratado por el gobierno español, hacía unos cursos muy notables, y otros dos en París siguiendo los del famoso Fourcroy.

Pero el contrato tenía una segunda parte, .más importante aún: espirada la pensión, seguidos los cursos y restituido Orfila á Barcelona entraría á regentar una nueva cátedra de Química, que se creaba expresamente para él al lado de la de Carbonell y Bravo y con especial aplicación á la industria, dotándola con el sueldo inicial de 3.000 pesetas anuales, Á la mitad de la pensión estalló la guerra de la Independencia y todo se vino abajo; riqueza, prosperidad, Junta de Comercio, subvenciones, cátedras, regeneración científica... Orfila quedó incomunicado en París y tuvo que abrirse camino para seguir viviendo. Y esta es la verdadera historia de su elevación y el origen de una pérdida tan sensible á nuestra cultura como provechosa á los vecinos. Ella constituye un título de honor para la incansable Junta y un nuevo motivo de execración contra la guerra inicua que convirtió á España y sobre todo á Cataluña, así en el orden material como en el moral, en un yermo cubierto de escombros, cenizas y esqueletos.

Miguel de los Santos Oliver: Una conferencia: Memorias de Orfila (La Vanguardia, Sábado 30 de Noviembre de 1912)

Yo intentaba hablar un poco sobre los volúmenes de "Hojas del Sábado" de Miguel de los Santos Oliver. El primero de ellos, "De Mallorca" es el que, con tiempo, intentaré recoger, pero en los otros cinco tomos también aparecen algunas cosillas relacionadas con estas islas y, posiblemente, en La Vanguardia (o en el ABC) se puedan encontrar artículos no presentes en el libro que puedan interesar.

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