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De las cuevas de Mallorca, por M.S. Oliver

fabian | 18 Abril, 2013 16:14

Miguel de los Santos Oliver publica entre 1918 y 1920 su libro "Hojas del Sábado" en seis volúmenes en los que recoge de manera organizada los artículos publicados en La Vanguardia. Más de 1200 artículos fue publicando sábado tras sábado desde el 4 de agosto de 1906 hasta 1917. Oliver seleccionó artículos y los ordenó por temas y eligió para el primer volumen artículos relacionados con Mallorca "Sobre Mallorca", añadiendo a este volumen dos conferencias. Veinticinco elementos tiene el índice de ese volumen, pero hay elementos que recogen más de un artículo, como por ejemplo, "Anotaciones" incluye tres artículos, uno dedicado a Palma, otro a Sóller y el tercero a Miramar.

No he realizado una comparación entre los artículos de La Vanguardia, afortunadamente hoy accesible totalmente a través de Internet, y los artículos del libro. Hay añadidas algunas dificultades como algún cambio en los títulos de los artículos y la falta de concreción de las fechas de publicación.

Barranco de Sóller
Antonio Ribas Oliver (1845 - 1911): "Barranco de Sóller" (1876) Museo de Lluc
Alta mar: En el centenario del pintor Antoni Ribas i Oliver y Los pintores Ribas, exposición.

Ayer recogía el texto Un concierto en las grutas de Artá, publicado en La Vanguardia el sábado 24 de abril de 1909 y recogido en el libro "Hojas del sábado". He visto otro artículo relacionado con esas cuevas, titulado "La maravilla subterránea", publicado en La Vanguardia el sábado 12 de noviembre de 1909, que no está presente en el libro.

De mi tierra

La maravilla subterránea

Ni con el aspecto de Sóller, ni con el de Valldemosa, ni con la costa brava, quedan agotadas las fases del paisaje mallorquín. Tiene la isla un agrado peculiar que nace de su variedad inmensa de motivos. Su belleza no es monótona sino cambiante y accidentada como en pocos lados. Difícilmente se encontraría, compendiada en menos espacio, una tan continua sucesión de perspectivas y emociones que se extienden desde lo idílico hasta lo trágico, desde lo lindo hasta lo grandioso, desde el vergel hasta el acantilado abrupto ó el despeñadero horripilante.

Hay comarcas como la de Bañalbufar, antes «inéditas», que ahora empiezan á ser conocidas y exploradas estéticamente. No sé qué pasa con esto de los paisajes que cada generación consagra el suyo, descubre un carácter nuevo y adopta una preferencia que antes no se pudo sospechar siquiera. Diríase que existe una concordancia preestablecida entre cada época y un lugar determinado. Ahora predomina lo pintoresco, ahora lo sublime, ahora lo plácido y tranquilo. Me sería relativamente fácil fijar esa sucesión de gustos y ese cambio de la emoción, por lo que respecta á Mallorca, en un espacio de sesenta años.

Durante largo tiempo predominó la emoción romántico-revolucionaria de George Sand: y la emoción romántico- arqueológica de Piferrer. El paisajista Haës pintó arboledas y rocas y rebaños y algún claro de sementera, iniciando á Antonio Ribas, el pintor mallorquín de los pinares y de los olivos, de los caminos rústicos y de las pequeñas marinas episódicas. El sentido de la soledad y de las grandes superficies panorámicas, las transfiguracioses «líricas» y fervientes de la costa en el crepúsculo, la revelación y animación panteística de las calas semicirculares, las coloraciones inusitadas, todo eso, vino con Degouve de Nuncques que parecía transportar a la pintura los delirios poéticos de su cuñado Veraheren, el inflamado valón de Les campagnes hallucinées. Se internó Mir, casi al mismo tiempo, en lo más bravío de los peñascales y entre lo más fragoroso de las rompientes y Rusiñol reintegró al dominio del arte la suave belleza de los almendrales cubiertos de flor en los preludios de la primavera y el sentimiento, melódico casi, de los jardines nobiliarios abandonados en incuria y silencio, que parecen suspirar por el alma de un siglo galante, que no ha de volver más...

Recuerdo la sorpresa que causó entre algunos de nuestros acompañantes la impresión manifestada por cierto joven y ya ilustre escritor ante una perspectiva monótona, todo aridez y sequedad, fragmento de estepa sin roturación ni frescura, al atravesarla el coche que nos conducía á las cuevas del Drach, cerca de Manacor. El entusiasmo del forastero contrastaba con la relativa indiferencia que le habíamos observado en anteriores excursiones, ante otros espectáculos de efecto seguro, de esos que suelen constituir un clou del turismo habitual. Nuestra inocente vanidad de cicerones y patriotas, hijos gloriosos de un país pintoresco, había quedado ligeramente lastimada. La brusca é inmensa aparición del mar, en una revuelta del camino de Sóller á Deyá, por ejemplo, nos tenía acostumbrados a la sorpresa, á un éxito aparatoso y teatral, que no fallaba nunca. En este caso falló; y no hay que decir cómo salió defraudada nuestra presuntuosa seguridad de profesionales del excursionismo.

En cambio, no dejaron de extrañarnos las ponderaciones que hizo el distinguido viajero de aquella llanura inculta y en la cual el joven adepto de las nuevas estéticas encontró la sugestión antigua del «campo de los asfodelos», por el sin fin de aubons que.allí florecían como mar movedizo, bajo un cielo pesado, de plomo, que parecía gravitar sobre la tierra y sobre el alma con el agotamiento de un tedio formidable. Sin duda la influencia de color, la vegetación exuberante y magnífica, los misterios de la selva obscura y la complicación de elementos inusuales estaban fuera de la novísima sensibilidad y formaban en la naturaleza algo de retrasado ó cursi para los modernos artistas educados en la fría reserva del dandy y en el aire contenido y «distante» de los sucesores de Merimée.

La «maravilla subterránea» bastaría por sí sola á dar renombre á un país. Y sin embargo, no es en mi tierra sino algo por añadidura al esplendor del paisaje y á recuerdos históricos y artísticos. Dos de las joyas principales de ese mundo enterrado y oculto: la cueva del Drach, en el término de Manacor, y la de Artá. Más que los famosos olivos añejos de los cuales George Sand ofreció una descripción tipo, que han ido parafraseando y amplificando después viajeros y poetas, — puede deparar á los estilistas ese Dédalo interior de grutas, oquedades, bóvedas, columnas, galerías, pasadizos, artesonados, cortinas y filigranas. Para la pluma de un Teófilo Gautier hubiera sido ocasión de prodigios, de asombros; el colorista y esmaltador del lenguaje hubiera encontrado al fin un tema que, por lo dificultoso, estuviera á la altura de su agilidad expresiva.

En las cuevas de Arta, como ya indiqué en otra ocasión, predomina lo grandioso: columnas gigantescas, bóvedas de catedral, desfiladeros infernales, muros babilónicos, monstruos, reminiscencias de especies extinguidas, de una flora y una fauna antediluviana, medio recordadas y latentes en las ciegas entrañas de la tierra madre..., se ofrecen á la interpretación individual, para que, según los recursos estéticos de que disponga, vaya buscándoles correspondencia gráfica en el lenguaje. En las cuevas del Drach, en cambio, lo minúsculo, lo lindo, lo virginal se lleva la palma. La presencia de los lagos interiores impone el recuerdo de las Hadas. Son un palacio de cristal, de hielo, de diamante; una Alhambra oculta, llena de alicatados primorosos y de artesones y madréporas sutiles que destellan, al fulgor del magnesio, cuajados de pedrería. Aquí las plumas encariñadas con el arabesco y el orientalismo podrían hacer maravillas; en la época de Arólas aquello se hubiera llenado de huríes.

Sin embargo, la completa exploración de esta gruta singularísima data de menos tiempo y debió su notoriedad á haberse extraviado en ella, allá por los años de 1878, dos viajeros catalanes que estuvieron á punto de perecer y que hubieran acabado en el horror de la noche eterna si el dueño de la fonda de Manacor, alarmado por su tardanza, no hubiese corrido en su busca acompañado de diversos vecinos, conocedores del lugar. El peligro de estos viajeros fué el mejor reclamo para las grutas; entonces empezaron á ser visitadas asiduamente y fueron montados ios servicios de viaje y guías. Un conocido espeleólogo francés, M. Martel, llevó á cabo, años después, nuevas exploraciones, y á ellas se debe el haberse ensanchado la parte ya visitada con el magnífico lago Victoria.

Conocida de más antiguo la cueva de Artá, la imaginación popular, sin resabios ni ingerencias seudo cultas, se amparó de ella. No es siempre el instinto poético lo que guía el gusto de las muchedumbres, digan lo que quieran los folk-loristas exaltados. Por cada rasgo de fina idealidad, por cada primor ó delicadeza de sentimiento que podamos hallar en aquella corriente, hay que habérselas con toda suerte de bufonadas y prosaísmos escatológicos ó simplemente grotescos. Así sorprende hallar en la nomenclatura con que el vulgo ha ido distinguiendo cada una de las salas y pormenores de la gruta de Arta, un gran número de comparaciones de índole culinaria ó alimenticia: «sala de los perniles», «sala de las longanizas», «la despensa», «los huevos estrellados.» Rabelais era profundamento popular en cuanto supo dar formas épicas y colosales á la glotonería y encarnarla en personajes tan simpáticos y comprensibles como Gargantúa y su hijo. La imaginación popular no se desprende nunca del sentido pantagruélico de la vida, y ante las más sublimes apariciones y momentos de la naturaleza piensa en la nativa voracidad del hombre y en loa medios de satisfacerla y aplacarla.

No así en la cueva del Drach, en la cual, exceptuando el nombre, todo huele á poetización moderna y cursi, á orientalismo de provincia. Yo prefiero cien veces aquellas denominaciones gastronómicas y sanchopancescas de la gruta artanense, á estas otras, almibaradas y redichas, de la de Manacor, que saben á delectaciones de harem imaginadas por un hortera: «camarín de la Sílfide» «baño de la Sultana»... Porque la emoción de las cuevas es algo que difícilmente se expresa por palabras, por procedimiento literario. No se pasa mucho más allá de la tentativa. Un prócer enciclopedista del siglo XVIII, el marqués de Campofranco, abrió la antología de las cuevas, con su poema latino, Parnassidos sive Philemonis somnii; Costa y Llobera la ha continuado no ha mucho en su Deixa del geni grech y son innumerables los conatos intermedios de interpretación lírica de tan extraño asunto.

Y digo extraño, porque es sumamente compleja la impresión que deja en el alma del espectador aquella grandiosidad inerte, fría, apagada, petrificada. Acaba por producir un efecto deprimente, un efecto parecido al de los glaciares. ¿Es la ausencia de circulación y de vida? ¿Es la suspensión brusca del ritmo biológico ó vital, que no deja de acompañarnos al aire libre, en medio de las arboledas y á través de los campos, sobre la costra animada del planeta? Algo de esto hay, sin duda. Algo hay de la belleza pasmada en estatua de cristal, de falta de calor, de inmovilidad, de insipidez: belleza de tercer grado, puramente mineral, en la que no colabora apenas el elemento dinámico y agitador de la vida; belleza abstracta, en suma, destinada á producir más asombro que emoción. Acaso esa emoción corresponda plenamente al dominio vagoroso ó impreciso de la música, y haya que buscar su sentido en Mendelsshon y la Gruta de Fingal, mucho más que en la muchedumbre de odas y fantasías moriscas de esas que comienzan: «¡Salve, palacio de los Gnomos, salve!» Por esto también nos produciría fascinación tan grande el concierto con que nos regalaron hace años, en la sala de las banderas, Fernández Arbós y sus compañeros de cuarteto, como ya conté otro día.

Entonces la belleza peculiar de las grutas, belleza de índole «musical», se nos hizo clara y transparente; y al subir otra vez, poco á poco, en procesión de fantasmas hacia la salida, y al abrirse antes nuestros ojos, asombrados por tres ó cuatro horas de obscuridad, la inmensa boca de la cueva, prorrumpimos en un hurra de victoria á la naturaleza sin par que, después de regalarnos con tesoros de hermosura en la superficie, guarda en sus entrañas la maravilla laberíntica de esos palacios, palacios de ensueño, de vaguedad y de música, que caen más allá de los dominios y del lenguaje humano.

Miguel de los Santos Oliver: La maravilla subterránea (La Vanguardia, 13 de noviembre de 1909)

Rosiñol
Santiago Rusiñol: "Torrent de Pareis (Mallorca)" en Santiago Rusiñol: L'illa de la calma

¡Qué bien escribía Oliver! Sus descripciones de paisajes son líricas, poéticas. Bueno, ¿qué hacer ante estos artículos sino recogerlos, transcribirlos ... Una bitácora es un instrumento hábil para estos menesteres. Yo no sé si hay más artículos sobre Mallorca no recogidos en su volumen de "Hojas del Sábado", habría de comprobarlo.

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