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Gracias, Ray Bradbury

fabian | 20 Juny, 2012 10:41

Es verdad que a lo largo de la historia se han quemado en la hoguera libros y que se han destruído bibliotecas; sin embargo, no eran ataques contra el libro, sino contra algunos libros; pues quienes alimentaban la pira con el papel, escribían y publicaban libros.

En la segunda mitad del siglo XX adquirieron importancia los medios audiovisuales; primero la radio y después la televisión. Llegaban a casi la totalidad de la población y con ellos, parecía que podía conformarse la mentalidad de la gente mediante mensajes repetitivos y técnicas de simulación, segmentación y sectorización; es decir, de sólo mostrar una parte de la realidad siempre compleja.

La sociedad que Ray Bradbury (1920 - 2012) nos muestra en Fahrenheit 451 (1953) es la de las grandes pantallas, de los media, pero de televisión única, sin pluralidad informativa. En ella los libros están prohibidos ya que la lectura impide ser felices pues origina angustia y los bomberos son los encargados de destruirlos. Uno de estos bomberos, Montag, protagonista de la novela duda sobre si es feliz y empieza a esconder algún libro; su propia esposa lo acusa por lo que sus compañeros queman su casa y Montag se convierte en un fugitivo. Perseguido por la policía, huye al campo.

Es en esta huída cuando Montag halla en un bosque a un grupo de personas, los hombres-libro, de cuyo encuentro quisiera poner una cita. Pero antes también quiero señalar el tema que en la novela aparece como apunte y sobre el que se pasa por encima: la escritura y la lectura aparecen como medio ante la infelicidad humana. Se escribe (y se lee) porque no nos consideramos completos, porque no somos felices, porque necesitamos expresar (y comprender) nuestra angustia. Ahora bien, el grito expresado a través de la escritura es un grito muy elaborado, sofisticado a través de una trama o de una investigación.Pero, en su complejidad, es un grito de insatisfacción, de angustia.

—¡Montag, no te muevas! —gritó una voz desde el cielo.

La cámara cayó sobre la víctima, como había hecho el Sabueso. Ambos le alcanzaron simultáneamente. El hombre fue inmovilizado por el Sabueso y la cámara chilló. Chilló. ¡Chilló!
Oscuridad.
Silencio.
Negrura.
Montag gritó en el silencio y se volvió.
Silencio.

Y, luego, tras una pausa de los hombres sentados alrededor del fuego, con los rostros inexpresivos, en la pantalla oscura un anunciador dijo:
—La persecución ha terminado, Montag ha muerto, Ha sido vengado un crimen contra la sociedad. Ahora, nos trasladamos al Salón Estelar del «Hotel Lux», para un programa de media hora antes del amanecer, emisión que...

Granger apagó el televisor.

—No han enfocado el rostro del hombre. ¿Se ha fijado? Ni su mejor amigo podría decir si se trataba de usted. Lo han presentado lo bastante confuso para que la imaginación hiciera el resto. Diablos —murmuró—. Diablos...

Montag no habló, pero, luego, volviendo la cabeza, permaneció sentado con la mirada fija en la negra pantalla, tembloroso.

Granger tocó a Montag en un brazo.
—Bienvenido de entre los muertos. —Montag inclinó la cabeza. Granger y prosiguió—: Será mejor que nos conozca a todos. Este es Fred Clement, titular de la cátedra Thomas Hardigan, en Cambridge, antes de que se convirtiera en una «Escuela de Ingeniería Atómica». Este otro es el doctor Simmons, de la Universidad de California en Los Ángeles, un especialista en Ortega y Gasset; éste es el profesor West, que se especializó en Ética, disciplina olvidada actualmente, en la Universidad de Columbia. El reverendo Padover, aquí presente, pronunció unas conferencias hace treinta años y perdió su rebaño entre un domingo y el siguiente, debido a sus opiniones. Lleva ya algún tiempo con nosotros. En cuanto a mí, escribí un libro titulado Los dedos en el guante; la relación adecuada entre el individuo y la sociedad y... aquí estoy. ¡Bienvenido, Montag!

—Yo no soy de su clase —dijo Montag, por último, con voz lenta—. Siempre he sido un estúpido.
—Estamos acostumbrados a eso. Todos cometimos algún error, si no, no estaríamos aquí. Cuando éramos individuos aislados, lo único que sentíamos era cólera. Yo golpeé a un bombero cuando, hace años, vino a quemar mi biblioteca. Desde entonces, ando huyendo. ¿Quiere unirse a nosotros, Montag?
—Sí.

—¿Qué puede ofrecemos?
—Nada. Creía tener parte del Eclesiastés, y tal vez un poco del de la Revelación, pero, ahora, ni siquiera me queda eso.
—El Eclesiastés sería magnífico. ¿Dónde lo tenía?
—Aquí.
Montag se tocó la cabeza.

—¡Ah! —exclamó Granger, sonriendo y asintiendo con la cabeza.
—¿Qué tiene de malo? ¿No está bien? —preguntó Montag.
—Mejor que bien; ¡perfecto! —Granger se volvió hacia el reverendo—. ¿Tenemos un Eclesiastés?
—Uno. Un hombre llamado Harris, de Youngtown.
—Montag —Granger apretó con fuerza un hombro de Montag—. Tenga cuidado. Cuide su salud. Si algo le ocurriera a Harris, usted sería el Eclesiastés. ¡Vea lo importante que se ha vuelto de repente!
—¡Pero si lo he olvidado!

—No, nada queda perdido para siempre. Tenemos sistemas de refrescar la memoria.
—¡Pero si ya he tratado de recordar!
—No lo intente. Vendrá cuando lo necesitemos. Todos nosotros tenemos memorias fotográficas, pero pasamos la vida entera aprendiendo a olvidar cosas que en realidad están dentro. Simmons, aquí presente, ha trabajado en ello durante veinte años, y ahora hemos perfeccionado el método de modo que podemos recordar cualquier cosa que hayamos leído una vez. ¿Le gustaría algún día, Montag, leer La República de Platón?
—¡Claro!

—Yo soy La República de Platón. ¿Desea leer Marco Aurelio? Mr. Simmons es Marco.
—¿Cómo está usted? —dijo Mr. Simmons.
—Hola —contestó Montag.
—Quiero presentarle a Jonathan Swift, el autor de ese malicioso libro político, Los viajes de Gulliver. Este otro sujeto es Charles Darwin, y aquél es Schopenhauer, y aquél, Einstein, y el que está junto a mí es Mr. Albert Schweitzer, un filósofo muy agradable, desde luego. Aquí estamos todos, Montag: Aristófanes, Mahatma Gandhi, Gautama Buda, Confucio, Thomas Love Peacock, Thomas Jefferson y Mr. Lincoln. Y también somos Mateo, Marco, Lucas y Juan.
—No es posible —dijo Montag.

—Sí lo es —replicó Granger, sonriendo—. También nosotros quemamos libros. Los leemos y los quemamos, por miedo a que los encuentren. Registrarlos en microfilm no hubiese resultado. Siempre estamos viajando, y no queremos enterrar la película y regresar después por ella. Siempre existe el riesgo de ser descubiertos. Mejor es guardarlo todo en la cabeza, donde nadie pueda verlo ni sospechar su existencia. Todos somos fragmentos de Historia, de Literatura y de Ley Internacional, Byron, Tom Paine, Maquiavelo o Cristo, todo está aquí. Y ya va siendo tarde. Y la guerra ha empezado. Y estamos aquí, y la ciudad está allí, envuelta en su abrigo de un millar de colores. ¿En qué piensa, Montag?

—Pienso que estaba ciego tratando de hacer las cosas mi manera, dejando libros en las casas de los bomberos y enviando denuncias.
—Ha hecho lo que debía. Llevado a escala nacional hubiese podido dar espléndidos resultados. Pero nuestro sistema es más sencillo y creemos que mejor. Lo que deseamos es conservar los conocimientos que, creemos, habremos de necesitar, intactos y a salvo. No nos proponemos hostigar ni molestar a nadie. Aún no, porque si se destruyen, los conocimientos habrán muerto, quizá para siempre. Somos ciudadanos modélicos, a nuestra manera especial. Seguimos las viejas vías, dormimos en las colinas, por la noche, y la gente de las ciudades nos dejan tranquilos. De cuando en cuando, nos detienen y nos registran, pero en nuestras personas no hay nada que pueda comprometernos. La organización es flexible, muy ágil y fragmentada. Algunos de nosotros hemos sido sometidos a cirugía plástica en el rostro y en los dedos. En este momento, nos espera una misión horrible. Esperamos a que empiece la guerra y, con idéntica rapidez, a que termine. No es agradable, pero es que nadie nos controla. Constituimos una extravagante minoría que clama en el desierto. Cuando la guerra haya terminado, quizá podamos ser de alguna utilidad al mundo.

—¿De veras cree que entonces escucharán?
—Si no lo hacen, no tendremos más que esperar. Transmitiremos los libros a nuestros hijos, oralmente, y dejaremos que nuestros hijos esperen, a su vez. De este modo, se perderá mucho, desde luego, pero no se puede obligar a la gente a que escuche. A su debido tiempo, deberá acudir, preguntándose qué ha ocurrido y por qué el mundo ha estallado bajo ellos. Esto no puede durar.

—¿Cuántos son ustedes?
—Miles, que van por los caminos, las vías férreas abandonadas, vagabundos por el exterior, bibliotecas por el interior. Al principio, no se trató de un plan. Cada hombre tenía un libro que quería recordar, y así lo hizo. Luego, durante un período de unos veinte años, fuimos entrando en contacto, viajando, estableciendo esta organización y forzando un plan. Lo más importante que debíamos meternos en la cabeza es que no somos importantes, que no debemos de ser pedantes. No debemos sentirnos superiores a nadie en el mundo. Sólo somos sobrecubiertas para libros, sin valor intrínseco. Algunos de nosotros viven en pequeñas ciudades. El Capítulo 1 del Walden, de Thoreau, habita en Green River, el Capítulo II, en Millow Farm, Maine. Pero si hay un poblado en Maryland, con sólo veintisiete habitantes, ninguna bomba caerá nunca sobre esa localidad, que alberga los ensayos completos de un hombre llamado Bertrand Russell. Coge ese poblado y casi divida las páginas, tantas por persona. Y cuando la guerra haya terminado, algún día, los libros podrán ser escritos de nuevo. La gente será convocada una por una, para que recite lo que sabe, y lo imprimiremos hasta que llegue otra Era de Oscuridad, en la que, quizá, debamos repetir toda la operación. Pero esto es lo maravilloso del hombre: nunca se desalienta o disgusta lo suficiente para abandonar algo que debe hacer, porque sabe que es importante y que merece la pena serlo.

—¿Qué hacemos esta noche? —preguntó Montag.
—Esperar —repuso Granger—. Y desplazarnos un poco río abajo, por si acaso.
Empezó a arrojar polvo y tierra a la hoguera. [...]

En estos últimos días han muerto varios escritores. Emili Teixidor ayer, Carlos Fuentes, Ray Bradbury el pasado día 5. La prensa pone titulares: Ray Bradbury: De la ciencia ficción a la condición humana; Ray Bradbury, la poesía de la ciencia-ficción; Los últimos fuegos artificiales de Ray Bradbury.

He tenido la suerte de poder leer algunas de sus obras. "Crónicas marcianas" fue un canto lleno de poesía e imaginación; luego "El hombre ilustrado" y "Fahrenheit 451". Gracias, Ray Bradbury.

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