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George Sand en Son Vent

fabian | 12 Maig, 2012 17:44

Que un fuerte viento puede causar estragos sobre las cosas, ya sobre la frutas de los árboles, ya sobre muros débiles, ya sobre tejas sueltas que sueñan en ser pájaros. Pero también sobre la salud física y psíquica de las personas. Si Menorca es llamada "la isla del viento" al no tener una cordillera que la proteja de los vendavales, Mallorca tiene una sierra al Noroeste que, en su abrazo, proteje la isla; aún así, los vientos zigzaguean entre las montañas y algunas ráfagas llegan a sortearlas. Quizá por ello, ese predio cercano a las montañas se llamara "Son Vent", cual si fuera la casa del viento, lugar donde George Sand y sus hijos se refugiaran durante algunos de entre los primeros días que estuvieron en Mallorca.

Aunque todos sepamos que era Frederic Chopin quien acompañaba a George Sand, la figura del músico apenas aparece en la novela. Su nombre no se indica; se le indica como "nuestro enfermo", una figura pasiva a la que hay que cuidar.

Era la quinta de un rico burgués que, por un precio muy moderado para nosotros, pero bastante elevado para los del país (cerca de cien francos por mes) nos la cedía con todo su mobiliario. Como todas las casas de recreo del país, tenia camas de tijera o de madero pintada de verde, algunas compuestas de dos banquillos sobre los cuales se colocan dos tablas y un colchón delgado; sillas de paja; mesas de madera tosca; paredes desnudas bien blanqueadas con cal; y, por exceso de lujo, las ventanas con cristales en casi todos los dormitorios; en fin, a manera de cuadros, en la pieza que se llamaba el salón, cuatro horribles delanteras de chimenea como las que se ven en nuestros más miserables mesones de aldea, y que el Sr. Gómez, nuestro propietario, había tenido la candidez de poner en marcos cuidadosamente, como si se tratara de estampas preciosas, para decorar los muros de su mansión. Por lo demás, la habitación era vasta, aireada (demasiado aireada), bien distribuida y situada en un lugar muy alegre, al pie de montañas de fértiles laderas, en el fondo de un rico valle que cierran las amarillentas murallas de Palma, la masa enorme de su Catedral y el mar reluciente al horizonte.

Los primeros días que pasamos en este retiro, los empleamos muy bien en paseos y dulces correrías, a las que nos convidaba un clima delicioso, una naturaleza encantadora enteramente nueva para nosotros.

Jamás me he encontrado muy lejos de mi país aunque haya pasado gran parte de mi vida viajando. Era, pues la primera vez que veía una vegetación y un terreno esencialmente diferentes de los que presentan nuestras latitudes templadas.

Cuando llegué a Italia, desembarqué en las playas de la Toscana, y la idea grandiosa que me había formado de estas comarcas me impidió saborear su belleza pastoril y su gracia placentera. En las orillas del Arno, me creía sobre la ribera del Indre, y marché hasta Venecia sin asombrarme ni conmoverme por nada. Pero en Mallorca no pude establecer comparación alguna con otros sitios conocidos. Los hombres, las casas, las plantas y hasta los más pequeños guijarros del camino, tenían un carácter típico.

Mis hijos estaban tan admirados que hacían colecciones de todo, y querían llenar nuestras maletas de aquellas hermosas piedras de cuarzo y de mármoles veteados de todos colores, de que están formados los muros de piedras secas que cierran todos los cercados. Así es que los campesinos, viéndonos recoger hasta las ramas muertas, nos tomaban por boticarios, o nos miraban como verdaderos idiotas.

[...]

A nuestra derecha, las colinas se elevaban progresivamente desde la pradera en suave pendiente hasta la montaña cubierta de pinos. Al pié de estas montañas corre, en invierno y durante los aguaceros del verano, un torrente que no presentaba todavía a nuestra llegada más que un lecho de guijarros, en desorden. Pero los hermosos musgos que cubrían las piedras, los puentecillos, verdosos por la humedad, agrietados por la violencia de las corrientes y medio ocultos por las ramas pendientes de los fresnos y de los álamos; el complicado enlace de estos hermosos árboles esbeltos y frondosos que se inclinaban para formar una bóveda de verdura de una a otra orilla, un delgado hilo de agua que corría sin ruido por entre los juncos y los mirtos, y con frecuencia algún grupo de niños, de mujeres y de cabras echados en los remansos misteriosos, hacían de este sitio un cuadro admirable para la pintura.

Íbamos todos los días a pasearnos por el lecho del torrente y llamábamos a este rincón del paisaje el Poussin, porque esta naturaleza libre, elegante y bravía nos recordaba, con su melancolía, los sitios predilectos de este gran maestro.

A algunos centenares de pasos de nuestra casa, el torrente se dividía en varias ramificaciones y su curso parecía perderse en la llanura. Los olivos y los algarrobos juntaban sus ramas sobre la tierra labrada y daban a esta región cultivada el aspecto de un bosque.

Sobre los numerosos oteros que bordean esta parte tan bien arbolada se levantan chozas de mucho carácter, aunque de dimensiones realmente liliputienses. No puede uno figurarse cuantas casitas, soportales, establos, patios y jardines acumula un pagés (campesino propietario), en una fanega de tierra, y qué gusto innato preside inconscientemente a esta disposición caprichosa. La casita está ordinariamente compuesta de dos pisos con un techo plano, cuyo reborde avanzado da sombra a una galería descubierta por ambos lados, como una hilera de almenas que terminase un techo florentino. Este coronamiento simétrico da una apariencia de esplendor y de fuerza a las construcciones más débiles y pobres, y los enormes racimos de mazorcas puestas a secar al aire, suspendidas entre cada abertura de la galería, forman un pesado festón alternando de rojo y amarillo de ámbar cuyo efecto es prodigiosamente rico y coquetón.

Al rededor de esta casita se eleva ordinariamente un cercado de nopales cuyas palas extraordinarias se entrelazan formando muro, y protegen contra los vientos fríos los débiles abrigos de algas y cañas que sirven para encerrar las ovejas. Como estos campesinos no se roban entre sí jamás, no tienen para cerrar sus propiedades más que una barrera de este género. Espesas plantaciones de almendros y naranjos rodean la huerta donde no se cultiva casi otra hortaliza que el pimiento y el tomate; pero todo esto es de un color magnifico; y, a menudo, para coronar el hermoso cuadro que forma esta habitación, una sola palmera despliega en medio su gracioso parasol o se inclina sobre un costado con gracia, como un hermoso penacho.

[...]

grabado
Son Vent

Hacía tres semanas que estábamos en Establiments cuando empezaron las lluvias. Hasta entonces habíamos tenido un tiempo inmejorable; los limoneros y los mirtos estaban todavía en flor y, en los primeros días de Diciembre, permanecí al aire libre, sobre una terraza, hasta las cinco de la mañana; entregado al bienestar de una temperatura deliciosa. En esto de frío puedo servir de modelo, porque no conozco persona en el mundo que sea más friolera que yo, y el entusiasmo por la naturaleza no es capaz de hacerme insensible al menor frío. Por otra parte, a pesar del encanto del paisaje iluminado por la luna y del perfume de las flores que subía hasta mí, mi velada no fué muy conmovedora. Estaba allí, no como un poeta buscando inspiración, sino como un ocioso que contempla y escucha. Me ocupaba, bien me acuerdo, en recoger los ruidos de la noche para darme cuenta de ellos. [...]

En Mallorca el silencio es más profundo que en parte alguna. Las burras y los mulos que pasan la noche pastando, lo interrumpen a veces, sacudiendo sus esquilas, cuyo sonido es menos grave y más melodioso que el que producen las vacas suizas. El bolero se oye allí en los sitios más desiertos y en las noches más sombrías. No hay un campesino que no tenga su guitarra y que no vaya siempre con ella. Desde mi terraza oía también el mar pero tan lejano y tan débil que acudía a mi memoria la poesía extrañamente fantástica y sorprendente de Djins.[...]

Pero, de repente, después de unas noches tan serenas, empezó a diluviar. Una mañana después que el viento nos hubo columpiado toda la noche, con sus largos gemidos, mientras las lluvias azotaban nuestros cristales, percibimos al despertarnos, el ruido del torrente que empezaba a abrirse camino por entre las piedras de su lecho. Al día siguiente, se oía con más fuerza. Dos días después, hacía rodar las rocas que se oponían a su curso. Todas las flores de los árboles habían caído, y la lluvia chorreaba en nuestros mal cerrados dormitorios.

No se comprende como los mallorquines toman tan pocas precauciones contra esas plagas del viento y de la lluvia. Su ilusión o su fanfarronería es tan grande, desde este punto de vista, que niegan absolutamente esas inclemencias accidentales, pero serios, de su clima. Hasta el fin de los dos meses de diluvio que tuvimos que aguantar nos sostuvieron que no llovía jamás en Mallorca. Si hubiésemos observado mejor la posición de los picos de las montañas y la dirección habitual de los vientos, nos hubiésemos convencido de antemano de los inevitables sufrimientos que nos esperaban.

Pero otra decepción nos estaba reservada, y es la que he indicado más arriba, puesto que he empezado a narrar mi viaje por el final. Uno de nosotros cayó enfermo. De una complexión muy delicada, sufriendo una gran irritación de la laringe, experimentó bien pronto los efectos de la humedad. La casa del Viento (Son Vent), este es el nombre de la quinta que el señor Gómez nos había alquilado, se hizo inhabitable. Las paredes eran tan delgadas, que la cal de que estaban embadurnados nuestros dormitorios se hinchaba como una esponja. Jamás he sufrido tanto frío, aunque en realidad no hiciera mucho; pero para nosotros, que estamos acostumbrados a calentarnos en invierno, aquella casa sin chimenea pesaba sobre nuestros hombros como un manto de hielo, y me sentía paralizado.

No podíamos habituarnos al olor asfixiante de los braseros, y nuestro enfermo empezó u sufrir y a toser.

Desde este momento causamos horror y espanto a la población. Nos declararon atacados y convictos de tisis pulmonar, lo cual equivale a la peste en las preocupaciones contagiosas de la medicina española. Un médico rico, que por la módica retribución de 15 francos se dignó venir a hacernos una visita, declaró sin embargo que no era nada, y nada recetó. Le habíamos puesto el apodo de Malvavisco, porque no nos prescribió otra cosa.

Otro médico vino galantemente a socorrernos, pero la farmacia de Palma estaba tan mal provista que no pudimos adquirir mas que drogas detestables.

Por otra parte la enfermedad debió agravarse por causas que ninguna ciencia ni ningún cuidado podían combatir eficazmente.

Una mañana en que estábamos muy intranquilos por la larga duración de las lluvias y de nuestros sufrimientos, recibimos una carta del terrible Gómez en la que nos decía, en estilo español, que teníamos una persona, la cual tenia una enfermedad que llevaba el contagio a sus hogares y amenazaba prematuramente los días de su familia, en virtud de lo cual nos rogaba que desocupáramos su palacio lo más pronto posible.

Esta determinación no nos causó gran disgusto, pues no podíamos estar más tiempo allí sin peligro de quedar anegados en nuestros dormitorios; pero nuestro enfermo no se hallaba en estado de ser transportado sin peligro, sobre todo con los medios de transporte usados en Mallorca y con el tiempo que hacia. Además había la dificultad de saber a donde iríamos, pues como la noticia de nuestra tisis se había esparcido instantáneamente, no era de esperar que encontrásemos fácilmente un asilo en parte alguna aunque fuese a peso de oro, aunque fuese por una sola noche.

Bien sabíamos que las personas obsequiosas que nos harían ese ofrecimiento no estaban tampoco al abrigo de la preocupación y que, por otra parte, las envolveríamos en la reprobación que pesaba sobre nosotros. Sin la hospitalidad del cónsul de Francia, que hizo milagros para recogernos a todos bajo su techo, nos hubiéramos visto obligados a acampar en alguna caverna como verdaderos bohemios.

Ocurrió otro milagro y encontramos un asilo para el invierno. Había en la Cartuja. de Valldemosa un español refugiado, que se había escondido allí por no sé qué motivo político. Yendo a visitar la Cartuja, habíamos quedado sorprendidos de la distinción de sus maneras, de la hermosura melancólica de su mujer y del mueblaje rústico, y sin embargo confortable de su celda. La poesía de esta Cartuja me había trastornado la cabeza. Aconteció que la misteriosa pareja quiso abandonar precipitadamente el país y con tanto gusto nos cedió su celda amueblada como tuvimos nosotros en aceptarla. Por la módica cantidad de mil francos, tuvimos, pues, un menaje completo, pero tal como yo hubiésemos podido adquirir en Francia por cien escudos; tan raros, costosos y difíciles de reunir en Mallorca son los objetos de primera necesidad. Como pasamos cuatro días en Palma, aunque me separé poco esta vez de la chimenea que el cónsul tenía la dicha de poseer (el diluvio continuaba aún), haré aquí una interrupción a mi relato para describir un poco la capital de Mallorca.

Escribe muy bien George Sand; su discurso, ya descriptivo, ya argumentativo o narrativo es ameno y poético. Pasa, en diversos parajes de la novela por el tema económico — el Sr. Gómez les hizo pagar los muebles e incluso la ropa de la casa alegando que tenía que quemarlo todo por si estuviera infectado — sin convertirlo en tragedia, pese a que será una constante. La relación con los médicos, narrado en tono menor con breves pinceladas, también será una pesadilla. Y la presencia del "enfermo", sólo presente en los cuidados que requiere, en el "eco social" que suscita, en el aislamiento que produce, es un telón de fondo, siempre presente aunque sin darle protagonismo alguno. No contará George Sand ninguna acción suya; es sólo una sombra que necesita atenciones, origina preocupaciones, Su presencia será por los medicamentos que requiere, por los diagnósticos médicos, por un cuidado sobre su alimentación. Son las acciones de quienes le acompañan y le cuidan, las que indicarán su existencia como elemento pasivo, sin nombre incluso, pero siempre presente.

El silencio de la campiña, el frío que, por la humedad, cala hasta los huesos y se siente en el tuétano; las rendijas, debidas a los malos acabados en la construcción, por donde se cuela y silba el viento son historias de ayer y de hoy que, por durar pocos días, los olvidamos, salvo las personas con mala salud. Máxime en esas casas antiguas de techos altos, casas solitarias desprotegidas del abrigo que puedan darle otras vecinas.

"Son Vent", la casa del viento, dejó en George Sand unas páginas que, en mi parecer, merecen una entrada en esta bitácora.

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