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La Revolución Francesa y Mallorca

fabian | 27 Febrer, 2012 14:37

Recojo hoy un texto de Miguel de los Santos Oliver, las páginas finales de la primera parte de su libro "Mallorca durante la primera revolución : 1808 a 1814". Va tratando del siglo XVIII en Mallorca y, al llegar a la última década, se explaya en las ceremonias y agasajos que en 1792 se dieron al ser declarada Beata Catalina Tomás de Valldemossa. A esas celebraciones, "desbordantes de entusiasmo", acudieron también muchos religiosos franceses que se encontraban en Palma.

Para decir Misa, estos religiosos tenían que pedir permiso al Obispo, por lo que debiron quedar en los papeles que consultó el escritor, una cierta alerta ante la profusión de refugiados. Pocos años después, en 1798, Godoy, a quien interesaba llegar a algún acuerdo con la nación vecina, manda que los refugiados franceses salgan de la Península y les deja Mallorca. Fue una oleada que produjo dificultades de alojamiento y carestía en la ciudad, oleada previa a la que se viviría pocos años después con la Guerra de 1808.

No da cuenta el autor de los efectos que esta superpoblación originó, pero sí deja un puñado de apellidos que quedaron en la isla.

Simultáneamente con los desbordamientos de este entusiasmo, asaltaron á Mallorca los temblores de un espanto desconocido, De la dulce Francia llegaba un río de emigrados en cuyos lívidos rostros, en cuya falta de afeite, en cuyo vestido ajado y muchas veces roto, se leían crueles persecuciones, sobresaltos, fugas y penalidades inauditas,

Eran sacerdote, insermentés, canónigos, vicarios generales, obispos, gentilhombres, caballeros de San Luis, cordons bleues, oficiales, marinos, intendentes, procuradores del rey, astillas del antiguo régimen, en suma, esparcidas á los cuatro vientos por la explosión revolucionaria. Algunos eran complicados en la intentona de agosto de 1792, cuando el Rey, asustado de la temeridad de sus leales, pidió refugio á la misma Convención nacional, que abortó á los pocos días la República y á los pocos meses el regicidio. Allá en otoño, « por medio de un edito en latín, el Obispó convocó á los eclesiásticos franceses que se.hallan en esta capital á unos santos ejercicios en la Misión, para ellos solos: Empezaron el día 13 de noviembre y duraron diez días. Todas las tardes predicaba en francés uno de dichos sacerdotes y concluía el ejercicio con un míserere que cantaban con mucha propiedad. Dia 22 celebraron un oficio de requiem en sufragio de las almas de sus paisanos muertos en la guerra, y por la tarde concluyó todo con un Te Deum y la bendición del Obispo». Sólo en un día de octubre llegaron 96 clérigos franceses, de los que no habían querido jurar la Constitución; entre ellos figuraban los vicarios generales de Tolosa y de Chartres, varios canónigos, rectores y vicarios, tres cartujos, un benito, un francisco, que fueron repartidos entre los conventos de la capital, permitiéndoles el Obispo la celebración de misa. En la espectación que sus relatos produdan, mezclábase el asombro y la duda. Desconocíase en Palma, como en todas las poblaciones de su misma índole, la preparación intelectual de la revo!ución francesa, como ahora, por ejemplo, se .desconoce la preparación intelectual del catalanismo.

Los hechos aparecían aislados y caprichosos, sin enlace, sin raíces ni trascendencia, como asonadas pasajeras que la fuerza podría cohibir. Mas cuando se supo la prisión del Rey en la Torre del Temple, cuando se conoció su proceso, cuando llego — á últimos de enero de 1793 — la noticia de haber sido guillotinado el pobre Capeto, un estupor sin precedentes se apoderó de las conciencias. El Terror que funcionaba en París se propagó á todo el mundo. En países como el nuestro, timoratos é ignorantes de la gran fermentación filosófica y política del siglo XVIII, parecieron llegados los días del Ante-Cristo, y no faltó quien tratase de buscar correspondencia literal entre aquellas escenas y las revelaciones del Apocalipsis. Devorábanse las relaciones, las protestas, los papeles todos de los realistas de Francia; en las tertulias lloraban la señoras al leer los pormenores de la muerte de Luis XVI; los nombres de Robespierre y Saint·Just causaban escalofríos. Conocíanse al dedillo los detalles; se sabían casi de memoria los apellidos de los 361 regicidas de la Convención, las defensas generosas y sublimes de Malesherbes, Tronchet y de Sèze, las frases del abate Edgeworth auxiliando al regio sentenciado. Abundaron las exequias, los sufragios, todo género de ofrenda piadosa, en público y en secreto. La sociedad sentíase abrumada por una espantosa pesadilla, y á darle mayor pábulo llegaban cada día nuevos emigrados y nuevas noticias: el suplicio de María Antonieta; la entrega del Delfín al zapatero Simón; la Diosa Razón, en el altar de Nuestra Señora de París, representada al desnudo por una bailarina de la Ópera; la ferocidad caníbal de los Carrier, de los Couthon, de los Collot d'Herbois; en la cárcel ó en el patíbulo cuanto suponía elevación, talento, belleza, gracia de espíritu, generosidad. Diríase que la Jeune Captivé del insigne Chénier, aunque inspirada en el caso de su joven compañera de prisión, es una elegía simbólica de la Francia amable que desaparece:

Ces vers, de ma prison témoins harmonieux,
feront à chaque amant des loisirs studieux
chercher quelle fut cette belle;
la grace décorait son front et ses discours
et, comme elle, craindront de voir flnir leurs jours
ceax qui les passeront près d'elle .

En 1794 fueron muchos también los emigrados franceses que tomaron refugio en esta isla; entre ellos figuraba el vizconde de Gras; procedían de los desastres de Tolón, habían peleado con los vandeanos y chuanes á las órdenes de La Rochejaquelein, que fué el ídolo de los realistas y acaso el inspirador de nuestros guerrilleros. A los oficiales se les socorría con 6 reales diarios, á los cadetes y guardias marinas con 2, á los soldados con 12 cuartos; muchos pasaron después al servicio español, mientras la caridad privada reunió para los más desvalidos una limosna de cuantía. Más adelante, en 1798, por estorbar con sus predicaciones y manejos los propósitos de alianza con Francia acariciados por Godoy, ordenó el privado que los franceses refugiados saliesen de España, concediéndoles, no obstante, autorización para vivir en la isla de Mallorca y manteniendo sus sueldos á los militares que los gozaban. Luego de recibirse esta noticia se reunió en sesión extraordinaria el Ayuntamiento, y acordó recurrir enérgicamente contra una medida que sería la destrucción de la isla, dice Desbrull. Despachose un expreso á Valencia, apoyó el Acuerdo las razones del Ayuntamiento, lo mismo que el Comandante general, el Intendente, el Obispo y el mismo Cónsul de Francia. El día lº de mayo llegó un laud bou, de Valencia, con resolución favorable, en términos de que sólo pasarían á Mallorca los emigrados que pudiese mantener el país, yendo á Canarias los restantes. Fué llamado el Obispo, que estaba verificando su visita en Sineu; volvió á reunirse el Ayuntamiento y se acordó decir á S. M. que podrían admitirse hasta 2.500 franceses, á saber: 1500 hábiles para las faenas del campo, 500 artesanos y 500 sacerdotes. « En los meses de mayo y junio llegaron una porción de estos emigrantes, muchos capellanes, algunos frailes, el Arzobispo de Tolosa, su hermano el vizconde de Fontange y una hermana ex-abadesa; el marqués de San Simón, teniente general del ejército, con su hija única, y muchos oficiales y caballeros distinguidos.» De esa cohorte formaban parte los Saint-Simon, los Chauveron, los Espagnac (España), los Fournas, los Malet y tantos otros apellidos que llegaron á arraigar en Mallorca ó en la península, adoptándolas como patria definitiva. Al lado de estos ci-devant aristócratas y servidores del Rey, figuraba el núcleo de los banqueros y almacenistas, como Mugnerot, Canut, Aymar, Borel, Pierre, Constant, Rousset; y, por último, la muchedumbre de artesanos y aun artistas, jardineros, panaderos, doradores, charolistas, miniaturistas, relojeros, armeros, sastres, peluqueros, quincalleros et sic de caeteris, que vinieron á iniciar una reforma de las industrias y una tenue modificación de nuestras costumbres y manera de vivir.

Miguel de los Santos Oliver: Mallorca durante la primera revolución : 1808 a 1814, págs. 117 - 121

Comentaris

FRANCESOS A MALLORCA

JAUME | 24/06/2012, 16:25

SANTOS OLIVER

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