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Ana María Matute, Premio Cervantes 2010

fabian | 28 Abril, 2011 15:03

Ana María Matute: Página oficial

libro

Todo el mundo sabe que, cuando el Príncipe Azul despertó a la Bella Durmiente, tras un sueño de cien años, se casó con ella en la capilla del Castillo y, llevando consigo a la mayor parte de sus sirvientes, la condujo, montada a la grupa de su caballo, hacia su reino. Pero, ignoro por qué razón, casi nadie sabe lo que sucedió después. Pues bien, este es el verdadero final de aquella historia.

El reino donde había nacido el Príncipe, y del que era heredero, estaba muy alejado del de su esposa. Tuvieron que atravesar bosques, praderas, valles y aldeas. Allí por donde ellos pasaban, las gentes, que conocían su historia, salían a su paso y les obsequiaban con manjares, vinos y frutas. Así, iban tan abastecidos de cuanto necesitaban, que no tenían ninguna prisa por llegar a su destino. No es de extrañar, pues aquel era su verdadero viaje de novios y estaban tan enamorados el uno del otro que no sentían el paso del tiempo.

Cuando acampaban, los sirvientes levantaban tiendas, disponían la mesa bajo los árboles y extendían cojines de pluma de cisne para que reposaran sobre ellos. Así, poco a poco, y sin que apenas se dieran cuenta, fueron pasando los días, los meses, y la Princesa comunicó al Príncipe que estaba embarazada y que su embarazo ya era bastante avanzado. Entonces comprendieron cuanto estaba durando aquel viaje, viaje que luego recordarían como una de las cosas más hermosas y felices que les habían ocurrido. Algunas veces, cuando el paraje que atravesaban era propicio, el Príncipe Azul, que era muy aficionado a la caza —como casi todos los hombres de aquella época—, organizaba cacerías, ya que llevaban con ellos a todos los monteros y ojeadores que también habían acompañado en su largo sueño a la Princesa, gracias a lo previsores que habían sido sus padres. Aunque todos parecían un poco amodorrados, porque uno no esta durmiendo durante cien años para luego despertarse ágil y animoso. La Princesa parecía una rosa recién cortada pero, naturalmente, el beso del Príncipe que la despertó no se repitió en cuantos la acompañaban. Bastante tuvieron con despertarse por su cuenta, una vez roto el maleficio de la perversa hada, que les encantó de forma tan injusta como estúpida.

Así, iban quedando atrás los bosques umbríos donde gruñía el jabalí, las praderas verdes donde pacían las ciervas con sus cervatillos, las fuentes donde, según decían, de cuando en cuando solían aparecerse las hadas, y los misteriosos círculos de hierba apisonada, aun calientes —el Príncipe Azul y la Bella Durmiente los palpaban con respeto y un poco de temor—, donde, a decir de sirvientes y aldeanos, danzaban las criaturas nocturnas —silfos, elfos, hadas y algún que otro gnomo— en las noches de luna llena.

Fueron haciéndose cada vez más raros los pájaros alegres, ruiseñores y petirrojos, abubillas y riacheras, y aquellos otros, de nombre desconocido, que parecían flores errantes. Desaparecieron las bandadas de mariposas amarillas, las aves emigrantes que volaban hacia tierras calientes; se apagó el cristalino vibrar de las libélulas sobre el silencio de los estanques. Día a día, iban adentrándose en tierras oscuras, donde el invierno acechaba detrás de cada árbol. Los bosques se hacían más y más apretados y oscuros, más largos y difíciles de atravesar. Las hojas se habían teñido de un rojo amoratado, y aunque bellísimas, si el sol cuando llegaba hasta ellas les arrancaba un resplandor maravilloso, la Princesa sentía un oscuro temblor, y se abrazaba al Príncipe.

Al cabo de unos días, se adentraron en una región sombría y pantanosa. Ya no acudían gentes a recibirles con presentes y músicas. Entre otras razones, por la muy poderosa de que no aparecían por ninguna parte pueblos, aldeas o villas. El otoño estaba muy avanzado, pero no se veían ya hojas doradas, ni rojas, ni atardeceres de color púrpura. Las nubes tapaban el cielo, árboles desnudos alzaban sus brazos retorcidos contra el cielo, y solo páramos y roquedales salían a su encuentro. Los sirvientes y monteros estaban bastante inquietos. Incluso alguno de ellos huyó durante la noche. De modo que el séquito era cada vez menos numeroso. Aparecieron aquí y allá esqueletos de animales, y aves lentas, oscuras y de largos gritos planeaban en círculo sobre sus cabezas.

Al fin, entraron en un bosque tan espeso y oscuro, que los rayos del sol, débiles y escasos, apenas se abrían paso en el. No se parecía en nada a los bosques que la Princesa recordaba de su niñez, ni a los que había conocido durante la primera etapa de su viaje. Era un bosque salvaje, obstruido por raíces gigantescas, donde abrirse camino requería gran esfuerzo. Las noches pobladas de gritos de lechuzas sobresaltaban su sueño, y apenas volvían a dormirse, amanecía. Lejos quedaban las noches cálidas bajo las estrellas, cuando, en la tienda de seda roja que habían armado los sirvientes, se abrazaban y amaban el joven Príncipe y la joven Princesa. Ahora también se abrazaban, pero su abrazo estaba dividido entre el amor y el miedo.

[Y 113 páginas después]

La leyenda acaba aquí. No hay detalles sobre lo que fue, en años siguientes, la vida del Príncipe Azul y la Bella Durmiente y sus hijos Aurora y Día.

Pero debe suponerse que, tal y como suelen terminar estas historias, fueron todos muy felices. Aunque la Princesa nunca más sería tan cándida, ni el Príncipe tan Azul, ni los niños tan ignorantes e indefensos.

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