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Los viajes de Rusiñol a las Baleares ('Desde una isla: El viaje')

fabian | 25 Juny, 2013 22:05

Escribo este título sin conocer bien su contenido, Sé que Santiago Rusiñol (1861 - 1931) estuvo en Mallorca. La Wikipedia indica que fue en 1901 ("En 1901 fue a Mallorca con Joaquín Mir"). Es el único dato que indica en relación a Rusiñol y Mallorca. Aquí pintó y también escribió sobre la isla. Varias veces ha salido Rusiñol en esta bitácora (ver. Rusiñol en Alta mar), pero nunca he tratado de sus artículos en la prensa. Publicó en La Vanguardia y en un periódico satírico titulado La Esquella de la torratxa. En el primero lo hizo en Castellano y en el segundo en Catalán.

En el año 1893, 16 de marzo, publica en La Vanguardia el primer artículo de una corta serie que tituló "Desde una isla" que comienza con un párrafo de Flaubert: "Yo sé de una isla cubierta de polvo de oro, de pájaros y de verdura":

Desde una isla: El viaje

«Yo sé de una isla (dice Mátho á Salammbó) cubierta de polvo de oro, de pájaros y de verdura. Sobre las montañas, grandes flores llenas de humeantes perfumes, se balancean como eternos incensarios; en los limoneros, más altos que los cedros, las serpientes color de leche hacen caer con los diamantes de su garganta, los frutos sobre la hierba; el aire es tan suave que no llega allí la muerte».

La lectura de este pasaje de Flaubert, y la isla misteriosa de Julio Verne, habían hecho nacer en mi espíritu un deseo, una ambición, ó una locura: perderme en una isla, á todo precio: vagar en ella como uno de tantos robinsones como andan perdidos por el mundo, y solo conmigo mismo, ni leer los periódicos, ni estar al habla con las majaderías del mundo civilizado, ni tener que estar al corriente de los líos que se traen y se llevan los mortales, sobre la costra terrestre.

Pero esto tenía para mí un inconveniente gravísimo. Yo deseaba una isla que no estuviera «rodeada de mar por todas partes»: una isla de la que uno pudiera volverse al estar cansado de ella, sin tener que correr sobre las olas; una isla de quita y pon, como quien dice, y esto, naturalmente, era imposible.

Con todo, consulté el mapa máximo, ó sea el mapa mundi; lleguéme por aquellos medios quesos, hasta parajes poco menos que deshabitados, salté meridianos y ecuadores, y no encontrando nada á gusto, me dije: ya que no hay una isla sin la molestia del agua, me llegaré á la más próxima, que fama goza de hermosa y tiene hijos, que á más de sernos hermanos, son buenos y hospitalarios, según todas las crónicas que se han escrito ó recitado.

Pensando esto me dirigí al vapor, que debía salir á las cuatro de la tarde. Era un vapor como otros muchos vapores que salen y entran del puerto, poniendo en movimiento todo el sistema de bolas de la torre de Montjuich; un vapor que calzaba un sin fin de toneladas; ancho de popa y más estrecho de proa, sereno, pretencioso, con su alta chimenea en el centro y su multitud de cuerdas, útiles la mayor parte y algunas decorativas. Á su bordo, á más de los pesajeros naturaíes á todo barco bien nacido, venían una banda de bohemios, con su carro lleno de harapos y mendrugos, su colección de chiquillos vestidos á lo desnudo, la madre dando el pecho á tres ó cuatro y el padre fumando sendas pipas de alquitrán con serrin de caoba y palo santo; venía un carrito con un niño contrahecho; venía el inglés de siempre, derecho como un poste al lado del timonero; venía la carga, el lastre y finalmente nosotros, que con una serenidad digna de más ó menos encomio, mirábamos la maniobra de largarnos, alineados á las barandas del buque y agitando los pañuelos, porque así se acostumbra en estos casos de despedida.

El mar en tanto presentaba lo que se ha dado en llamar la mar de fondo. Agitadas las olas por otras olas que había sin duda en el fondo de las aguas, y por el viento que soplaba Sud-Oeste, ó sea en dirección contraria á nuestro intento, empezaba á imprimir al trasatlántico lo que, en mal hora también, se ha dado en llamar un suave balanceo. Ora subíamos por un lado y veíamos Barcelona alejándose y perdiendo el equilibrio; ora era Montjuich que se inclinaba con toda su artillería, ya las montañas perdían su graciosa silueta; ó bien la tierra á más de aquellas vueltas que da en calidad de planeta, daba otras que no eran de un gusto exquisito y que nos hacían perder la clara y extricta noción de toda geografía.

Montserrat, por un momento nos hizo ver á donde estábamos, pero aquella crestería fue borrándose en el confín de las aguas, y ya sin nuestra montaña, á fuer de catalanes, nos sentimos un vacío.

¡Anochecía, y á nuestro alrededor no vimos más que mar y cielo! No vimos más que un cielo triste y un mar en danza, que sólo había visto pintado en los exvotos! Un equinoccio en perspectiva, un vaivén tan pronunciado, que no podía ser de buen agüero en aquellas circunstancias de no poder desembarcar á nuestro libre albedrío!

Un momento, pensamos tirar aquellas botellas que tan buenos resultados dan á los náufragos de experiencia, con su papel rollado conteniendo las señas personales del individuo, la cédula, el pasaporte, y una moneda de cobre; pero no había ni una botella vacía y nadie era capaz de vaciarla en tan apurados trances. ¿Qué hacer? como dicen en las novelas. ¿Qué intentar? ¿Qué camino seguir? El más corto. ¿Qué resolver? Pues, ponernos pálidos, de una palidez de cera, é irnos desfilando hacia el camarote sin pérdida de momento.

Así lo hicimos, y la cubierta antes tan animada, fue quedando desierta entre la augusta soledad de las malhadadas olas. Uno á uno fuimos bajando con cara patibularia, huyendo de la tormenta; los bohemios primero, ocultándose en los últimos pliegues sucios de su cariñoso carro; el del carrito luego, los continentales é isleños y todos, menos aquel inglés impertérrito, todos como castores fuimos entrando en el camarote, y subiendo en aquellas camas colocadas como tumbas de segunda.

A poco de estar enterrados, oimos una campana que llamaba con lastimero sonido. Sin duda han tirado á alguien al mar para aligerar el barco, pensamos, ó quizás sea la señal de haber perdido el rumbo. Nada de eso, tocaban á comer, los grandísimos guasones. Como si alguien fuera capaz de echarse algo en el estómago, cuando todos hacíamos lo contrario. ¡Cómo si alguien comiera, en vísperas del naufragio! Decididamente, el mar tiene amarguísimas ironías, reflexioné, tomándome una taza de manzanilla y ocultándome entre las sábanas.

Lo que entre ellas sentí, ayúdame á describirlo, oh, gran Neptuno! A veces, se me subían los pies á alturas inverosímiles, quedándome pies arriba como un gimnasta aguerrido; á veces, me incorporaba erguido.como los fantasmas del Roberto; ya nos sentíamos en un abismo, como si bajáramos al fondo de las aguas ó nos cargaban de lastre, ya subíamos, para caer más tarde en los abismos de las algas. No se conocía el equilibrio en aquella casa andante. La línea horizontal se perdía en un mar de confusiones, y hombres y objetos habíamos olvidado la noción de toda estabilidad, yendo sin ton ni son con desarreglo de físicas y geometrías.

A todo esto el pistón de la máquina motriz, con una constancia digna de grandes elogios, seguía un compás ajustadísimo, terco é incansable; pero que nos volvia locos á fuerza de terquedad y precisión. Aquello era algo así como el péndulo regulador de aquel suplicio, el que llevaba la batuta del mareo, la mano oculta que luchaba con las olas para hacernos pagar los platos rotos en aquel terrible trance.

Este llegó al colmo al entrar el sol en funciones. El agua saltaba por encima del navio, escalando casas ajenas y apartándose de los límites naturales, en vista de lo cual y preguntando el porqué de tal estruendo, me dijeron, gente que podía saberlo, que la propia dragonera estaba en el horizonte. Figúreme que esto sería un animal de muy mala catadura; un dragón gótico, un ídolo japonés con riquísimo traje de concha y gran surtido de uñas y colmillos; una patum marítima, ó la serpiente apocalíptica, que ven todos los años los balleneros, según cuentan los periódicos de los Estados Unidos; pero no fue nada de eso: era una isla, «rodeada también de mar»; una isla en persona, anunciándonos que estábamos cerca de tierra.

¡Con qué gozo vimos aquella tierra de Mallorca! Con qué ansiedad subimos á cubierta, calmado el mar quizás por ocultos temores. Entonces comprendimos la alegría de Colón, tan bien cantada por muchos en el centenario pasado! Entonces di por bien pagadas las promesas de naufragio y las realidades del mareo, en vista de aquella costa que apuntaba, y nos lanzamos á mirarla robando luz nuestros ojos para ver más panorama, y más belleza extendida allá en el fondo.

Entrábamos en anchísima bahía. Una bahía de subidísimo azul, augusta, bañada de serenísimo cielo, y casi rodeada de isla, en justa correspondencia. El agua en ella, no parecía ser la misma que tan tenaz estuvo poco antes con nosotros. Aquí, en vez de la furia y malos modos, se encrespaba sólo para dar relieve á su masa, variedad á la monotonía y cambiantes de colores y reflejos, que recogía del aire, de las barcas de vela, y de la costa. Esta, á la entrada, se presentaba acantiílada. Grandes peñas bañándose, con ocre en la frente y calzados sus pies de musgo; pedruzcos surgiendo de entre las olas y éstas mojándolos de espuma, y retirándose á intervalos, para cubrirlos de nuevo. El vapor adelantaba de frente, siempre derecho á Palma, que ya se veía, á lo lejos, como una vibración luminosa. A la izquierda empezaban á surgir casitas blancas, medio ocultas entre guirnaldas de flores, de colores alegres, verde claro, azul celeste, violeta, ocres dorados y tintas de tersas suavidades; pequeños minaretes adelantándose sobre las peñas, azoteas bañadas á toda luz, pórticos y columnitas cobijados bajo un dosel de frisos, y coronado todo por las rojas paredes del castillo, cuyas torres almenadas, destacábanse sobre el celaje más intensamente azulado que se pinta en las regiones del cielo.

Otra vez estábamos todos en aquella barandilla, excepto el impertérrito inglés, que no se movió un instante del lado del timonel. En vez de ir hacia la tierra, la tierra parecía que venia hacia nosotros, y orgullosos de tal recibimiento, la esperábamos confusos, para de un solo abrazo, abrazar toda la isla.

Ya Palma estaba allí, tan cerca, que podíamos llegar á nado en caso de compromiso. La blanquísima ciudad, se agolpaba al rededor de inmensa catedral, que colocada sobre un alto promontorio presentábase con toda su majestad. Anchas paredes subían en grandes masas, pináculos las coronaban con góticas cresterías que el sol cuidaba de dibujar en delicadas y suavísimas sombras, y el oro mismo parecía brotar de aquellos muros, y evaporarse en la atmósfera en brillantes vibraciones. A sus corpulentas espaldas, un mundo de casas asomaban con millares de ventanas; infinitos campanarios brotaban de todos lados y en el fondo un sin número üe molinos, blancos como gabiotas, y como ellas cerca de la playa, movían sus grandes brazos, como ruedas de artificio de una fiesta luminosa.

Por fin entramos en el mismísimo puerto. Un puerto rubio, si se puede decir así. Entre la isla y el barco pusieron una palanca, y por aquel estrecho paso, pasamos á este país hermoso.

Santiago Rusiñol

Palma de Mallorca

Santiago Rusiñol: Desde una isla / El viaje (La Vanguardia, 16/03/1893)

Internet es, entre otras varias cosas, una gigantesca biblioteca, muy desordenada. Posiblemente son los buscadores los robots que, como bibliotecarios, ordenan a nuestros ojos materiales que se encuentran en lugares distintos. Aún así, a veces la búsqueda de materiales no es satisfactoria. Recoger y reunir textos, a ser posible de Dominio Público, sobre la isla es una tarea que procuro ir haciendo. Pero hay algo importante. Esa tarea por sí misma no es suficiente ya que para acercarse a esos materiales se necesita un motor, lo que psicólogos y pedagogos llaman "motivación", pero también es conveniente una guía explicativa y amena; es decir: un maestro, la palabra que guía. ¿Dónde encontrarla?

 
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