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Incoación BC cerámica de Barceló 'Vase ½ Crânes, 1999'

fabian | 30 Abril, 2012 08:02

Incoación declaración de Bien Catalogado de la obra de Miquel Barceló titulada Vase ½ Cranes 1999

Fuente: BOIB nº 060 (pdf)
Fecha publicación: 28 abril 2012

cerámica
Vase ½ Crânes, 1999

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Julio Verne y el rayo verde

fabian | 27 Abril, 2012 10:00

¿Habéis observado el sol cuando se pone en el horizonte del mar? Sí, sin duda alguna ¿Lo habéis seguido hasta que la parte superior del disco desaparece rozando la línea del horizonte? Es muy posible. Pero ¿Os habéis dado cuenta del fenómeno que se produce en el preciso instante en que el astro radiante lanza su último rayo, si el cielo está completamente despejado y transparente? ¡No, seguramente no! Pues bien, la primera vez que tengas ocasión -¡se presenta tan raramente!- de hacer esta observación, no será, como podría presumirse un rayo rojo lo que herirá la retina de vuestros ojos, sino que será un rayo verde, pero un verde maravilloso, un verde que ningún pintor puede obtener en su paleta. Un verde cuya naturaleza no se encuentra ni en los variados verdes de los vegetales, ni en las tonalidades de los mares más transparentes. Si existe el verde en el Paraíso, no puede ser mas que este verde, que es sin duda, el verdadero verde de la Esperanza

Julio Verne: El rayo verde, pág. 10

Las anteriores palabras, Verne las sitúa en un artículo periodístico del "Morning Post" de la señorita Campbell, de las tierras altas de Escocia, lugar donde Verne ambienta esta romántica novela. Así, pues, "El rayo verde" de Julio Verne no tiene ninguna relación con estas islas del Mediterráneo.

portada
Portada del libro de Julio Verne

Sin embargo, con ella cierro esta serie de artículos sobre Julio Verne en las Baleares porque conducen a otra obra literaria, escrita muchos años después de que Verne muriera en 1905. Otra obra escrita por otro Julio, argentino y de formación francesa que sí estuvo en Mallorca durante varias temporadas y que, recordando a su homónimo, desde Deyá (o Deià), en la sierra mallorquina, mirando la puesta del sol en las tranquilas aguas medierráneas, observó ese extraño rayo verde.

El autor de "Mi rayo verde" es Julio Cortázar (1914 - 1984). Creo que esta narración se publicó en el libro Julio Cortázar. Papeles inesperados, publicado en el 2009 por su primera mujer. No he encontrado este libro en las bibliotecas mallorquinas, pero sí algo de la anécdota del rayo verde en la web:

Y si ahora rememoro en una costa mallorquina digna del castillo de Don Gaspar, es porque todo se ha vuelto de nuevo infancia desde ayer por la tarde, a partir del instante en que me fue dado ver, desde el mirador del Archiduque Luis Salvador cerca de Deyá, el rayo verde.

Soy incapaz de saber en qué orden leí de niño una cierta novela de Julio Verne y el poema de Don Gaspar, ambas cosas coexisten en la memoria y acuden juntas a esta máquina de escribir, hoy en que me hubiera gustado hablar del rayo verde como don Gaspar de su torreón batido por el mar y la desgracia, ver nacer de mis manos tecleadoras un poema narrativo que contuviera toda la maravilla por fin realizada ayer de tarde (...).

Ayer, desde el mirador del Archiduque Luis Salvador, miré una vez más hundirse el sol en el mar. Un amigo mencionó el rayo verde, y me dolió por adelantado que los niños presentes lo esperaran con la misma ansiedad con que yo lo había deseado en mi absurdo horizonte suburbano; ahora sería peor, ahora las condiciones estaban dadas y no habría rayo verde, los padres justificarían de cualquier manera el fiasco para consolar a los pequeños; la vida —así la llaman— marcaría otro punto en su camino hacia el conformismo. Del sol quedaba un último, frágil segmento anaranjado.

Lo vimos desaparecer detrás del perfecto borde del mar, envuelto en el halo que aún duraría algunos minutos. Y entonces surgió el rayo verde, no era un rayo sino un fulgor, una chispa instantánea en un punto como de fusión alquímica, de solución heracliteana de elementos. Era una chispa intensamente verde, era un rayo verde aunque no fuera un rayo, era el rayo verde, era Julio Verne murmurándome al oído: ¿Lo viste al fin, gran tonto? (Julio Cortázar: El rayo verde).

Balear exterior: “El rayo verde”, relato de Julio Cortázar insipirado en la Serra de Tramuntana de Mallorca

Julio Cortázar

"¿Lo viste al fin, gran tonto?", son las palabras que Julio Verne murmura a Julio Cortázar. Y son palabras preciosas para terminar estas entradas sobre Julio Verne, como final de la luz del ocaso que se hunde tras el mar al que los dos Julios tanto amaron. "¿Lo viste al fin, gran tonto?"-

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Julio Verne y Formentera

fabian | 26 Abril, 2012 10:35

No voy a explicar la compleja novela de Julio Verne (1828 - 1905) titulada Héctor Servadac (en pdf) (1877), cuyo argumento puede encontrarse en la Wikipedia o en alguna web de ciencia ficción o fantasía como Un uiverso de Ciencia Ficción donde se indican los cambios que el escritor tuvo que realizar obligado por el editor.

Héctor Servadac es, si no la primera, una de las primeras novelas de cometas, ya que un cometa pasa muy cerca del planeta Tierra y se produce una especie de abducción extraña por el cual una pequeña parte de la Tierra es absorbida por el cometa y esa pequeña parte que el cometa se lleva es una zona del Mediterráneo. Todo ocurre repentinamente, sin estar avisados los habitantes, quedando ahora ya sobre el cometa - aunque no sabiéndolo los personajes - unos pocos supervivientes, cuya misión será sobrevivir a los cambios climáticos, la gravedad es menor, las temperaturas son extremas, etc. Hay una fase de exploración y de búsqueda de los supervivientes y es en esta fase cuando aparece Formentera, que no es tratada descriptivamente sino sólo nominativamente como un islote donde se encuentra un científico que se había trasladado a la isla días antes de la catástrofe para estudiar los fenómenos astrológicos y climáticos extraños que se estaban produciendo.

Formentera y un científico francés ... ¿No nos recuerda algo? ¿No fue François Arago (1786 - 1853) quien estuvo hacia 1808 en la isla midiendo el meridiano?

¡FORMENTERA! –exclamaron casi al unísono el conde Timascheff y el capitán Servadac.

Era el nombre de una isla del grupo de las Baleares situado en el Mediterráneo. Esto indicaba con claridad y exactitud el punto que ocupaba entonces el autor de los documentos. ¿Pero qué hacía allí aquel francés? Si estaba, ¿vivía todavía?

No podía dudarse que era Formentera de donde había lanzado las noticias indicando las posiciones del fragmento del globo terrestre a que llamaba Galia.

De todos modos, el documento llevado por la paloma demostraba que el día 1.° de abril, o, lo que es lo mismo, quince días antes, estaba todavía en su puesto; pero aquel despacho se diferenciaba de los documentos anteriores que en el último no había el menor indicio de satisfacción. Ya no decía va bene, ni all right, ni nihil desperandum. Además, el despacho, únicamente redactado en francés, contenía un llamamiento supremo, una petición de socorro, puesto que anunciaba que iban a faltar los víveres.

El capitán Servadac hizo en pocas palabras estas observaciones y después agregó:

– Amigos míos, debemos ir en seguida a socorrer a ese desgraciado.

– O a esos desgraciados –añadió el conde Timascheff–. Capitán, estoy dispuesto a ir con usted.

– Es evidente –dijo entonces el teniente Procopio– que la Dobryna ha pasado cerca de Formentera cuando exploramos el sitio de las antiguas Baleares, y, por consiguiente, si no hemos visto tierra alguna es porque, en Formentera como Gibraltar, lo mismo que en Ceuta, sólo queda un pequeño islote de todo aquel archipiélago.

– Por pequeño que sea ese islote, lo encontraremos – respondió el capitán Servadac –. Teniente Procopio, ¿que distancia hay de aquí a Formentera?

– Ciento veinte leguas aproximadamente, capitán; y ahora tengo que preguntar a usted cómo piensa hacer este viaje.

Julio Verne: Héctor Servadac, pág. 106

grabado

El encuentro o rescate del astrónomo de Formentera se produce; se llama Palmirano Roseta y hay un momento en que le piden que cuente su historia:

Y uno tras otro fueron igualmente presentados los marineros rusos, los españoles, el joven Pablo y la pequeña Nina, a quienes el profesor miró por debajo de sus formidables anteojos como hombre a quien no agradan los niños.

Isaac Hakhabut se presentó él mismo diciendo:

– Señor astrónomo, una pregunta, una sola, pero que tiene para mí suma importancia: ¿cuándo podremos volver a la Tierra?

– ¡Eh! –respondió el profesor–. ¿Quién habla de volver cuando no hemos hecho más que salir de ella?

Terminadas las presentaciones oficiales, Héctor Servadac rogó a Palmirano Roseta que les refiera su historia, y el profesor, sorprendido quizás en un momento de buen humor, se prestó a ello.

He aquí, en resumen, lo que dijo: Deseando comprobar el Gobierno francés la medida del arco levantado sobre el meridiano de París, nombró para ello una comisión científica, de la que, a causa de su carácter insociable, fue excluido Palmirano Roseta. Furioso el profesor por este desaire, resolvió trabajar por su cuenta, v, pretendiendo que las primeras operaciones geodésicas contenían muchas inexactitudes, decidió medir nuevamente la red que había unido a Formentera con el litoral español por un triángulo, uno de cuyos lados era de cuarenta leguas. Tratábase pues, de ejecutar la misma operación que Arago y Biot habían practicado antes que él con notable exactitud.

»Con este propósito salió de París, se trasladó a las Baleares, instaló su observatorio en la cima más alta de la isla de Formentera y se dispuso a vivir como ermitaño con su criado José, mientras uno de sus antiguos ayudantes, a quien había llevado consigo, se ocupaba en colocar en uno de los montes de la costa de España un reverbero que pudiera verse con los anteojos desde Formentera. Algunos libros, instrumentos de observación y víveres para dos meses, componían todo su material, además del anteojo astronómico, de) que Palmirano Roseta no se separaba y que parecía formar parte de su persona.

»El antiguo profesor del Colegio Carlomagno tenía la pasión de contemplar las profundidades del cielo, con la esperanza de hacer algún descubrimiento que inmortalizara su nombre. Esta era su principal manía.

»El trabajo de Palmirano Roseta exigía, ante todo, gran paciencia, pero ésta era una virtud que él poseía en el más alto grado. Tenía que observar todas las noches el fanal que su ayudante encendía en el litoral del continente español, a fin de fijar el vértice de su triángulo, y no había olvidado que en estas condiciones habían transcurrido sesenta y un días antes que Arago y Biot hubieran logrado este objeto. Por desgracia, como hemos dicho, una espesa niebla, de extraordinaria intensidad, envolvía aquella parte de Europa y casi todo el globo. Precisamente en aquellos parajes de las islas Baleares, desgarróse varias veces la niebla, y Palmirano Roseta vigilaba por esto mismo con el mayor cuidado, lo que no era obstáculo para que mirase interrogativamente el firmamento, porque a la sazón se ocupaba en revisar con gran cuidado la carta de la parte del cielo en que brillaba la constelación de Géminis.

»Esta constelación, a simple vista, presenta a lo sumo seis estrellas; pero mirada por un telescopio de veintisiete centímetros de abertura, pueden verse en ella más de seis mil Como Palmirano Roseta carecía de un reflector de tanta potencia, se servía de un anteojo astronómico.

»Sin embargo, cierto día, examinando las profundidades celestes en la constelación de Géminis, creyó distinguir un punto brillante, no señalado en ninguna carta. Era, sin duda, una estrella, que no estaba incluida en el catálogo; pero observándola con atención durante algunas noches, vio que el astro cambiaba rápidamente de sitio, con relación a las otras estrellas fijas. ¿Era un nuevo planeta que Dios le enviaba? ¿Había hecho él al fin un descubrimiento?

Julio Verne: Héctor Servadac, págs. 129 y ss.

El texto que resume la explicación del científico es largo, ocupa varias páginas, pero con el fragmento copiado queda claro el homenaje que Verne realiza en esta novela de homenaje a los científicos franceses que en Formentera realizaron la medición del meridiano de París.

Parece ser que la novela originalmente acababa con la muerte de los supervivientes de la tragedia, pero el editor de Verne le exigió cambiar ese final, por lo que ésta pierde coherencia para conseguir un regreso feliz al planeta Tierra.

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Navegaciones de Julio Verne por el Mediterráneo

fabian | 25 Abril, 2012 15:29

Julio Verne tuvo tres embarcaciones, las tres con el mismo nombre "Saint Michel", aunque diferenciadas con la numeración romana. Navegó en ellos intermitentemente entre 1868 y 1886. La "Saint Michel I" era una embarcación a vela de 7 a 9 metros de eslora. En él escribió "20.000 leguas de viaje submarino" y viajó por costas de Inglaterra y España. El "Saint Michel II" lo adquirió en 1876; era un velero de 19 toneladas y 13 metros, sólo lo tuvo un año y medio pues hacia finales de 1877 adquirió el "Saint Michel III", ya un gran yate, un "steamer" que requiere una tripulación de diez hombres, que puede navegar a vapor o a vela, de 31 metros de eslora y 38 toneladas. Con él ya puede realizar grandes travesías.

En 1878 realiza su primera travesía importante, de mayo a agosto. Su puerto de amarre era Tréport, de donde partió haciendo escalas en Vigo, Lisboa, Cádiz, Tánger, Gibraltar, Málaga, Tetuán y Argel. De esta travesía nacerían dos libros "Héctor Servadac" y "Un capitán de quince años".

En 1879 Verne navega por Inglaterra y Escocia; en 1880, por Irlanda, Escocia y Noruega; en 1881, por los Paises Bajos, Alemania y Dinamarca y es en 1884 cuando regresa al Mediterráneo y visita Argel, Malta, Italia "y otros lugares" - indica la fuente en que leo: Navegando en los barcos de Julio Verne, por Cristian Tello -, y añade que en Nápoles Julio Verne recibe la visita del Archiduque de Austria Luis Salvador "con el cual mantendrá una buena amistad por correspondencia, Sus novelas Clovis Dardentor y 'Matías Sandorf' encierran pasajes vividos en aquel crucero".

En 1885 Julio Verne pasa por problemas económicos y a comienzos de 1886 vende a muy bajo precio el "Saint Michel III" al príncipe Nicholas de Montenegro quien le cambió el nombre por "Sybila", poco antes de que en marzo del mismo año, un sobrino del príncipe le dejara inválido por un disparo de revólver.

velero
El 'Saint Michel III', de Julio Verne

Dos novelas de Julio Verne he resaltado con negritas. De su primera travesía por el Mediterráneo, en 1878, en la novela "Héctor Servadac" aparecería Formentera - aunque en especiales condiciones que ya señalaré -, isla donde hay una placa dedicada a Julio Verne. De su segundo crucero por el Mediterráneo, en 1884, nacería la novela "Clovis Dardentor" en la que aparece Palma (ver: De Julio Verne en Palma).

¿Estuvo en las Baleares Julio Verne? La publicidad de las Cuevas del Drach dice que sí, que incluso de la visita que hizo a esas cuevas nació la novela "Viaje al centro de la Tierra". Aún más, que firmó en el libro de visitantes ilustres. Los viticultores de Binissalem, cuyos vinos fueron alabados en la novela de 1884, posiblemente también lo afirmaran; la leyenda de que asistió a la representación de la zarzuela "De la Tierra a la Luna" en el teatro "Mar y Tierra" del arrabal de Santa Catalina de Palma, aún permanece en la ciudad ...

Y, sin embargo, parece ser que no llegó a las Baleares. Que la supuesta firma en el libro de visitantes de las cuevas no es auténtica y que, en ese tiempo también alguien firmó "Alejandro Dumas", quien había muerto ochenta años antes; que su asistencia al teatro es pura leyenda o propaganda y que la información sobre Palma que aparece en los capítulos de "Clovis Dardentor" está extraída del "Die Balearen" del Archiduque y que en esos mismos capítulos se insinúa:

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El paquebote dobló en seguida el peligroso arrecife de la Dragonera, sobre que se yergue un faro, y entró en el estrecho paso de Friou, entre rocas abruptas

Si hay un sitio que se pueda conocer a fondo sin haberle visitado jamás, es el magnífico archipiélago de las Baleares. [...]

¡Sí! Si lo que se ha hecho para este oasis del Mediterráneo se hubiera hecho con cualquiera otro país de los dos continentes, sería inútil que uno abandonara su casa y se pusiera en viaje para ir a admirar con los propios ojos las maravillas naturales recomendadas a los viajeros. Bastaría encerrarse en una biblioteca, a condición de que esta biblioteca poseyera la obra de Su Alteza el Archiduque Luis Salvador de Austria sobre las Baleares, y leer un texto tan completo y tan preciso, mirando los grabados en colores, las vistas, los dibujos, los croquis, los planos, los mapas, que hacen de esta publicación una obra sin rival.

Es, en efecto, un trabajo incomparable por la belleza de la ejecución, por su valor geográfico, étnico, estadístico, artístico... Por desgracia esa obra maestra de librería no está en el comercio.

Así es que Clovis Dardentor no la conocía, ni Marcel Lornans, ni Juan Taconnat. Sin embargo, puesto que, gracias a la escala del Argelés, habían desembarcado en la principal isla del archipiélago, por lo menos iban a presentarse en su capital, penetrando en el corazón de aquella ciudad encantador, y fijar sus recuerdos en sus notas. Y probablemente después de saludar en el fondo del puerto el yate Nixe del Archiduque Luis Salvador, sentirían el deseo de fijar su residencia en la admirable isla.

Julio Verne: Clovis Dardentor, págs. 100 - 101

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De Julio Verne en Palma

fabian | 24 Abril, 2012 10:14

Cuenta la leyenda que Julio Verne (1828 . 1905) estuvo en Mallorca. Visitó las cuevas de Artá y firmó en el libro de visitantes, y, en efecto, un visitante firmó con el nombre de Julio Verne. También se cuenta que una tarde asistió al teatro "Mar y Tierra" donde representaban, en forma de zarzuela, su obra "De la Tierra a la Luna". Y parece que incluso algún periódico de los primeros años del siglo XX, publicó la noticia de que se esperaba la visita del famoso novelista. Lo cuenta Joan Riera en El ´Mar i Terra´, el teatro en el que nunca estuvo Julio Verne (DM, 03/04/2009).

Lo que no cuentan es la entrada en galera con mulas en la iglesia de Santa Eulalia de Palma

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El Argelés es un vapor que cubre la ruta Cette - Orán. En esta travesía entre Francia y África hace escala durante unas horas en Palma. Los pasajeros visitan la ciudad, la Lonja, la Catedral, la Casa Consistorial, atraviesan la ciudad y en la Puerta de Jesús alquilan una galera que les traslada al Castillo de Bellver. La visita se sitúa en la fecha del 28 de abril de 1885. Al salir de la visita al castillo ocurre un incidente:

El señor Dardentor montó el primero en el vehículo, antes que el cochero tomara asiento en el pescante.

Pero en el momento que Marcel Lornans y Juan Taconnat ponían el pie en el estribo, la galera se conmovió bruscamente, y los dos jóvenes se vieron en la precisión de retroceder rápidamente para evitar el choque del eje.

Lanzóse el cochero a la cabeza del tronco para sujetarle.¡Imposible! Las mulas se encabritan y derriban al hombre, que por un milagro no es aplastado por las ruedas del coche, que arranca como una flecha.

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Gritos simultáneos del cochero y del guía. Ambos se precipitan por el camino de Bellver, que la galera cruza a gran galope, con riesgo de hundirse en los precipicios laterales o de reventarse contra los árboles del sombrío bosque.

- ¡Señor Dardentor! ¡Señor Dardentor!- exclamaba Marcel Lornans con toda la fuerza de sus pulmones- ¡Se va a matar! ¡Corramos, Juan, corramos!

-Sí- respondió Juan Taconnat-; y sobre todo, si esta ocasión debe de ser contada...

Fuese como fuese, en esta ocasión era preciso sujetar los caballos; es decir, las mulas. Pero, mulas o caballos, iban con tal rapidez que dejaban poca esperanza de detenerlos.

El cochero, el guía, los dos jóvenes y algunos campesinos que se les reunieron, se lanzaron tras el coche corriendo lo más que podían.

Entretanto, Clovis Dardentor, al que su sangre fría no abandonaba nunca, había cogido las riendas con vigorosa mano, y procuraba sujetar al tronco.

Era lo mismo que querer detener un proyectil en el momento en que escapa de la escopeta, y lo mismo para los que pasaban y lo procuraron.

El camino fue descendido locamente, y atravesado el torrente en la misma forma. Clovis Dardentor, siempre en posesión de sí mismo, habiendo conseguido mantener la galera en línea recta, pensaba que aquello acabaría ante la muralla, que el vehículo no franquearía por ninguna de sus puertas. No pensó en dejar las riendas y arrojarse del coche, por saber que en esto hay gran exposición y que vale más permanecer en el coche, aunque éste haya de volcar o estrellarse contra algún obstáculo.

¡Y aquellas malditas mulas sin cesar en su velocidad, con un arranque como no se había visto nunca en Mallorca ni en ninguna de las islas del Archipiélago!

Después de pasar por Terreno, la galera siguió la muralla por su parte exterior, haciendo ziszás terribles, saltando como una cabra, pasando ante las puertas de la muralla y llegando a la puerta Pintada, en el ángulo NE. de la ciudad.

Preciso es admitir que las mulas conocían particularmente esta puerta, pues la franquearon sin vacilar, y se puede tener por cierto que no obedecían ni a la mano ni a la voz de Clovis Dardentor. Ellas dirigían la galera a triple galope, sin cuidarse de los transeúntes que huían, arrojándose a las puertas y dispersándose por las calles vecinas. Las maliciosas bestias parecían decirse a la oreja: «Iremos así mientras nos plazca, y a menos que no naufrague... ¡bogue la galera!»

Y por el dédalo de aquel rincón de la ciudad, un verdadero laberinto, el alocado tronco se lanzó con ardor terrible.

Desde el interior de las casas y tiendas la gente gritaba. Cabezas asustadas aparecían en las ventanas. El barrio se agitaba como en otra época, algunos siglos antes, cuando escuchaba el grito de, «¡Los moros, los moros!» No se explica cómo no se produjo ningún accidente en las calles estrechas y tortuosas que terminan en la de los Capuchinos.

Clovis Dardentor procuraba hacer algo. A fin de moderar aquel galope insensato tiraba de las riendas a riesgo de romperlas o de dislocarse los brazos. En realidad, las riendas eran las que tiraban de él, amenazando sacarle del coche en condiciones difíciles.

-¡Ah! ¡Qué galope del infierno!- se decía.- No veo razón para que se detengan mientras tengan sus cuatro patas cada una. Y esto..., baja...

Bajaban, en efecto, y bajarían hasta el puerto, donde la galera tal vez se daría un chapuzón en las aguas de la bahía; lo que seguramente calmaría el ardor del tronco.

Tomó primero a la derecha, luego a la izquierda, desembocó en la plaza de Olivar, a la que dio la vuelta como los antiguos carros romanos en la pista del Coliseo aunque ahora no había ni enemigos a quien vencer, ni premio que ganar. En vano, en dicha plaza, tres o cuatro agentes de policía se arrojaron sobre las mulas, queriendo prevenir una catástrofe imposible de evitar. Su heroísmo fue inútil. El uno fue derribado y se levantó herido; los otros tuvieron que dejar escapar su presa. La galera siguió su vertiginosa carrera, como sometida a las leyes de la caída de los cuerpos.

Era de presumir que aquello terminara de desastrosa manera cuando entraron en la calle de Olivar, pues en la mitad de ésta, muy pendiente, hay una escalera de unos quince escalones, y ya se comprende que tal sitio no es muy propio para carruajes.

Entonces redoblaron los clamores, a los que se unieron los ladridos de los perros. Bah!... ¡Por violentos que éstos fuesen las mulas no se inquietaban por algunos escalones!... Y he allí a la carroza bajando por la escalera a riesgo de romperse en mil pedazos.

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Pero no se rompió. Resistieron la caja y los ejes, y las manos de Clovis Dardentor no abandonaron las riendas durante aquel descenso extraordinario.

Tras la galera se amontonaba una multitud cada vez más numerosa, de la que Marcel Lornans, Juan Taconnat, el cicerone y el cochero no formaban parte todavía.

Después de la plaza del Olivar, la calle de San Miguel, a la que sucedió la plaza de Abastos, donde una de las mulas, después de caer, se levantó sana y salva; después la calle de la Platería, después la plaza de Santa Eulalia.

-Es evidente- se dijo Clovis Dardentor- que la galera irá así hasta que le falte el terreno, y si no es en la bahía de Palma, no veo donde puede suceder esto.

En la plaza de Santa Eulalia se elevaba la iglesia destinada a esta santa mártir, que es para los de las Baleares objeto de particular veneración. No mucho tiempo antes la dicha iglesia servía como lugar de asilo, y los malhechores que conseguían refugiarse en ella escapaban a las garras de la policía.

Esta vez no fue a un malhechor al que su buena suerte arrastró allí, sino a Clovis Dardentor, fijo en la banqueta del vehículo.

¡Sí! En aquel momento la magnífica puerta de Santa Eulalia estaba abierta de par en par. Los fieles llenaban la iglesia. Se celebraban los oficios de salud, que tocaban a su fin, y el oficiante, vuelto hacia la piadosa reunión, levantaba las manos para bendecirla.

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¡Qué tumulto, qué agitación, que gritos de espanto cuando la galera botó y rebotó sobre las losas de la nave! Pero, también ¡qué prodigioso efecto cuando el tronco cayó al fin ante las gradas del altar, en el instante en que el sacerdote decía:
Et Spiritui Sancto!

- ¡Amén! - respondió una voz sonora.

Era la voz de Clovis Dardentor, que acababa de recibir una bendición bien ganada.

Que vieran un milagro en este inesperado desenlace, no es de extrañar en un país tan profundamente religioso, y no seria asombroso que todos los años, el día 28 de Abril, se celebrase en la iglesia de Santa Eulalia la fiesta de Santa Galera di Salute.

Una hora después Marcel Lornans y Juan Taconnat se habían reunido con Clovis Dardentor en una fonda de la calle de Miramar, donde el último fue a descansar de tantas fatigas y emociones si se puede hablar de emociones tratándose de un carácter tan bien templado.

-¡Señor Dardentor!- exclamó Juan Taconnat.

-¡Ah, amigos míos!...- respondió el héroe del día.- ¡Buena carrera!

-¿Está usted sano y salvo?- preguntó Marcel Lornans.

-¡Completamente! ¡Y hasta me parece que nunca me he encontrado tan bien!... ¡A su salud, señores!

Julio Verne: Clovis Dardentor, págs. 127 . 132

grabado

Julio Verne en esta novela ofrece a la estancia en Palma dos capítulos, el "VI. En el que los múltiples incidentes de esta historia continúan en la ciudad de Palma" (pág. 100) y "VII. En el que Clovis Dardentor vuelve del Castillo de Bellver más deprisa de lo que ha ido" (pág. 117). De ellos no he podido resistir no copiar la galopada por las calles de Palma y la magnífica entrada en la iglesia de Santa Eulalia. ¡Fantástica!

Los grabados, de Léon Bennett están recogidos de la página The Illustrated Jules Verne. Clovis Dardentor (1895).

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Dos joyas artísticas de las catedrales de Ibiza y Mallorca

fabian | 23 Abril, 2012 17:05

Tengo desde hace pocos días dos artículos en pdf en el escritorio. Los dos están relacionados con las islas, Ibiza y Mallorca, más concretamente con sus catedrales, y se refieren a restauraciones realizadas en su patrimonio artístico. Leí los artículos, me interesaron y no me pregunto si debo enlazarlos desde Alta mar, sino cómo hacerlo.

retablo
Otras imágenes

Empezadas las obras de la reforma gaudiniana en la Seu de Mallorca, en el año 1904 Joan Jeroni Tous realizó una serie de fotografías de las obras en el presbiterio catedralicio. Entre estas imágenes, que actualmente se conservan en el Museo de Mallorca, destaca una fotografía sobre el desmonte del retablo barroco, el mismo retablo que había diseñado el italiano Dardanon y que a principios del siglo XX cedió a la iglesia de Sant Magí. A medida que las piezas que componían el retablo se iban retirando, por un instante se volvió a ver desde las naves de la catedral parte del anterior retablo gótico, que había sido desmembrado y escondido al público por la estructura del siglo XVIII. Afortunadamente, las dos caras del retablo gótico que habían sobrevivido hasta entonces a las diferentes reformas del presbiterio se conservaron, y se ubicaron definitivamente, una sobre la otra, sobre unas ménsulas en el interior del Portal del Mirador. Éste es el lugar donde se encuentra aún, terminada recientemente su restauración. Este artículo pretende ofrecer una explicación de su historia.

Antoni Pons i Francisco Molina: Reformas y pervivencias medievales en la Capilla Real de la Seu de Mallorca. El caso del retablo gótico del altar mayor (s.XV-XX) En Porticvm, Revista d'Estudis Medievals, núm. 3, Marzo 2912

Los dos artículos están escritos por los especialistas que han realizado las restauraciones. Fueron noticia en la prensa (Gabriel Rodas: El retablo gótico respeta a Gaudí DM, 13/11/2011) y ahora, en revistas especializadas llegan los estudios técnicos,

Si hubiera una web especializada en el Patrimonio de las islas, ambos artículos serían enlazados por ella y serían añadidos a las bibliografías respectivas a ambos edificios catedralicios. Antoni Pons, aunque con letra pequeña como sin darle importancia, sí lo ha indicado en su bitácora La Seu de Mallorca y en ella es donde he encontrado la información.

custodia
Custodia de Francesch Martí. Fotografía: Eduardo Seco. IPCE

La custodia de la catedral de Ibiza es una de las tres custodias turriformes medievales, realizadas en nuestro país, que se han conservado hasta hoy. Estudiada inicialmente por Trens y Durliat en 1952 y 1962, respectivamente, fue Gabriel Llompart (Llompart, 1974) el que puso nombre a su autor, el platero residente en Mallorca Francesch Martí, y publicó el contrato en que se obligaba a tenerla concluida en el plazo de un año, firmado en 1399 en esa ciudad. A ella se han referido todos cuantos han estudiado la platería medieval y las primeras custodias de asiento; también ha sido mencionada por los que han investigado sobre esmaltes medievales. Torres Peters (2010) ha publicado noticias de gran interés que completan lo conocido sobre la custodia además de valorar, exhaustivamente, la bibliografía sobre ella.

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Resumen
La estancia de la custodia de Francesch Martí en el Instituto del Patrimonio Cultural de España para someterse a un profundo tratamiento de conservación, ha permitido ahondar en su estudio, formal y estructural, identificar antiguas restauraciones y realizar una nueva lectura de esta pieza singular de la platería medieval española.

Paz Navarro, Irene Casado y Blanca Santamarina: La custodia procesional de la catedral de Ibiza (en Patrimonio Cultural de España, nº 6, págs. 223 - 234)

En la prensa de Ibiza se trató este tema en la Última Hora (04/12/2011) o en el Diario de Ibiza (08/12/2011).

Internet es multinodal, se publican artículos importantes relacionados con las islas en diferentes revistas, bitácoras, webs. Fuera de la inmediatez noticiaria aparecen los artículos técnicos que explicitan o explican el patrimonio. No sé si alguien recoge o enlaza esos artículos que nos ayudan a los peatones culturales a conocer ese patrimonio. También desconozo si esos artículos se suman a una bibliografía temática o general sobre el patrimonio - en caso de que haya alguna en Internet. Yo los enlazo como puedo, de manera poco sistemática, sin orden ni concierto, cuando, por azar generalmente, los encuentro. Medito que sobre información del patrimonio hay mucho por hacer en esta gran biblioteca que es Internet.

Nicanor Parra - Día del libro 2012

fabian | 23 Abril, 2012 10:04

Día del LIBRO. Y esta palabra se me asemeja gigantesca, como gran edificio. Luego pienso un poco y se me derrite en un charco fangoso. Es lo malo de las grandes palabras; tanto pueden parecer catedrales como charcos oscuros. Mejor dejarlo.

Premio Cervantes 2012, Nicanor Parra, hermano de Violeta. Atención: poeta, aunque de cultura científica: matemático y físico. Chileno, como Gabriela Mistral, Pablo Neruda, Vicente Huidobro o Gonzalo Rojas. Busco en Internet algunos poemas para elegir uno. Tiene una web por la Universidad de Chile, que presenta una antología de su obra.

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Héroes
anónimos
de
la
ecología

EXPLOSIÓN DEMOGRÁFICA
SAQUEO DE LA NATURALEZA
COLAPSO DEL MEDIO AMBIENTE
vicios de la sociedad de consumo
que no podemos seguir tolerando:
¡hay que cambiarlo todo de raíz!

dice: proletarios del mundo uníos
debe decir
peatones del mundo uníos

EL MUNDO ACTUAL?
EL inMUNDO ACTUAL!

Ya no pedimos pan
techo
ni abrigo
nos conformamos con un poco de aire
EXCELENCIA!

basta de profecías apocalípticas
ya sabemos QUEL MUNDO SE ACABÓ

CATASTROFISTA?

claro que sí
pero MODERADO!

El error consistió
en creer que la tierra era nuestra
cuando la verdad de las cosas
es que nosotros somos de la tierra

ESTIMADOS ALUMNOS
adiós estimados alumnos
y ahora a defender los últimos cisnes de cuello negro
que van quedando en este país
a patadas
......... a combos
................ a lo que venga:
la poesía nos dará las gracias
otra medida revolucionaria
perdonar todos los delitos de amor
y viviremos mucho + felices
amnistía sexual
amor amor amor amor amor
y x favor que no se formen parejas
en la pareja hay sólo derrota

..ojo
peligro
...a

cero metro

Puro Chile es tu cielo azulado
chiste ecológico
puras brisas te cruzan también
¿vai a seguir?

Francamente no sé qué decirles
estamos al borde de la III Guerra Mundial
y nadie parece darse cuenta de nada
si destruyen el mundo
¿creen que yo voy a volver a crearlo?

Recuerdos de infancia:
los árboles aún no tenían forma de muebles
y los pollos circulaban crudos x el paisaje

Buenas Noticias:
la tierra se recupera en un millón
de años
Somos nosotros los que desaparecemos

Nicanor Parra: ecopoemas

¡Magnífico Nicanor Parra!

Rubén Darío: La isla de oro (ebook)

fabian | 19 Abril, 2012 18:22

Siempre es agradable añadir un libro a la biblioteca, máxime cuando es una obra de ese Dominio Público tan abandonado en las islas cuando se refiere a ebooks.

En este caso, en vísperas de la Fiesta del Libro, añado la obra de Rubén Darío "La isla de oro" (1907). Se encuentra en formato "epub", hábil para los eReaders en esta página de la biblioteca.

También la he puesto en formato "pdf" en Scribd.

Biblioteca

Juan Cortada: Viaje a Mallorca en el estío de 1845
Jovellanos: Escritos sobre Mallorca
Pagenstecher: La isla de Mallorca. Reseña de un viaje (1867)
Rubén Darío: La isla de oro, 1907 (epub y pdf)
George Sand: Un invierno en Mallorca (1841)

Confeccionar un ebook (I)
Confeccionar un ebook (II)

 (Segueix)

Rubén Darío, Luis Fernández Ripoll y Jesús García Marín

fabian | 19 Abril, 2012 09:20

Cuando se leen biografías de Rubén Darío aparece cierta confusión en relación a sus estancias en Mallorca, hay confusión de fechas, se indica la estancia en Valldemossa, pero no la de El Terreno, etc. A Rubén Darío se le reconoció su obra poética en verso principalmente y se consideró su obra publicada en libros. Si se busca en Internet "isla oro", aparece pronto algún enlace a El oro de Mallorca y "La isla de oro" sólo se presenta en un libro y un artículo (no digitalizados) cuyo autor es Luis M. Fernández Ripoll, quien realizó su tesis doctoral sobre las estancias de Rubén Darío en Mallorca, prestando especial atención a su obra en prosa.

La tesis doctoral de Luis M. Fernández Ripoll quedó plasmada en el libro Los viajes de Rubén Darío a Mallorca (ed. Olañeta, 2001), en el que incluye "La isla de oro" (1907) y "El oro de Mallorca" (1913) de Rubén Darío. Es, también, autor de varios artículos cuyos títulos aparecen en la ficha de Dialnet.

En el libro citado, en la primera nota a pie de página de "La isla de oro", Fernández Ripoll dice:

La isla de oro, primera novela inconclusa del ciclo mallorquín, se publicó en 1907 en forma de entregas enviadas al diario La Nación de Buenos Aires, y fue un texto literario que quedó en el olvido. Pasado el tiempo, ésta y El oro de Mallorca fueron anunciadas como de próxima publicación en las distintas colecciones póstumas de sus Obras completas, aunque en realidad nunca llegaron a incluirse en ellas; ni siquiera en la que hasta hoy sería su última edición, a cargo de Afrodisio Aguado datada en 1955. Alberto Ghiraldo recuperó la novela en 1937 y la publicó por primera vez como narración, reuniendo las entregas en un volumen que lleva por título El hombre de oro (Ed. Zig-Zag, Santiago de Chile). Roberto Ibáñez será su segundo editor en el año 1969, cuando la incluyó en la recopilación Páginas desconocidas de Rubén Darío (Biblioteca de la Marcha, Montevideo). Finalmente, ambas novelas son reeditadas de forma conjunta en 1978 por Luis Maristany (JRS Barcelona). Según la documentación de R. Ibáñez (op. cit.), la primera edición de La isla de oro apareció en La Nación en las siguientes fechas: I. «Divagaciones» (5-IV-1907). II. «Jardines de España» (7-IV-1907). III. «George Sand y Chopin» (8-VII-1907). IV. «Todavía sobre George Sand» (14-VII-1907). V. «El Imperial filósofo» (23-VII-1907). VI. «Sóller: Azul, velas, rocas» (25-VII-1907).

Así que ésta es la historia de la edición de "La isla de oro": 1907, 1937, 1969, 1978 y 2001. La edición de Fernández Ripoll incluye numerosas notas explicativas que documentan los textos de Rubén Darío.

retrato
Rubén Darío, retrato realizado por Pilar Montaner

Luis Fernández Ripoll nació en 1961 y desconozco el año de su muerte (probablemente el 2009). El 14 de febrero del 2010, Jesús García Marín en la "Última Hora" de Palma, publica el siguiente artículo que ha tenido la amabilidad de enviarme y con el cual cierro este grupo de entradas sobre "La isla de oro" de Rubén Darío:

RUBÉN DARÍO Y LUIS FERNÁNDEZ RIPOLL

Hace unos meses murió el profesor de Literatura Española de la Universidad Balear, Luis Fernández Ripoll. Tenía casi mi edad y era un gran amigo mío. Luis era una bellísima persona, muy educado en estos tiempos de maleducados, un conversador sumamente culto y un magnífico investigador que se especializó en Rubén Darío. Compartimos algunas francachelas de los Viejos Tiempos, que diría Leandro Garrido Álvarez, otro buen amigo suyo. Luis desempolvó, en una serie de enjundiosos libros, lo que hizo, o más bien lo que deshizo en sus muchas cogorzas el vate nicaragüense, que aparte de poeta fue — muchas veces se olvida — uno de los mejores prosistas de su época (de eso se dio buena cuenta Ian Gibson, no sorprende que su plantilla - libro - autobiografía de Rubén esté tan bien escrita y hasta tan bien calcada; da gusto pontificar a beneficio de inventario).

Recientemente consulté en la Biblioteca Nacional una carta que desde Valldemossa o Palma le manda Rubén a Azorín, que entonces vivía en la matritense calle Ventura de la Vega, y al examinarla me acordé de Luis. Si siguiera con nosotros (que sigue) le hubiera podido escribir y decirle que esa carta la vendió el librero Ripoll (el de la calle San Miguel) y que en ella no hay nada que no se sepa, que no supiera él.

Nicaragua amamantó a ese genio sin parangón que fue Rubén. Félix Rubén García Sarmiento o Rubén Darío (1867-1916), Príncipe de la Literatura Hispanoamericana y figura cimera de la Literatura Universal, nació en Metapa, hoy Ciudad Darío, departamento de Matagalpa, pero vivió buena parte de su infancia en León donde se encuentra su casa-museo y en la catedral su tumba. Algunos de sus libros de primera letras tenían la siguiente inscripción: “Si este libro se perdiese, / como suele suceder, / suplico al que me lo hallase / me lo sepa devolver. / Y si no sabe mi nombre / aquí se lo voy a poner: / Félix Rubén Ramírez”.

Rubén estudió en el Instituto Occidente de León de Santiago de los Caballeros. En aquella León americana, frente al colegio La Salle (de San Juan de Dios una cuadra al oeste y una cuadra al norte), se encuentra el Museo Archivo Rubén Darío. Precisamente en esa casona pasó su nebulosa infancia al cuidado de su tía doña Bernarda Sarmiento: “Vieja casona colonial con amplio patio, flores, árboles y profundo pozo en el centro (...) la casa era para mí temerosa, por las noches anidaban lechuzas en los aleros”. Se conservan algunas pertenencias y manuscritos, ediciones de sus obras y biblioteca con volúmenes en español, inglés y francés: “En un viejo armario encontré los primeros libros que leyera (...) un Quijote, las obras de Moratín, Las mil y una noches, la Biblia”. Aquí también se guarda su traje de embajador y viejas fotografías. Es también un centro donde se estudia la obra del nicaragüense. Por cierto, el patio sigue siendo muy agradable. En El viaje a Nicaragua (1909) escribió Darío: “Tras quince años de ausencia, deseaba yo volver a ver mi tierra natal. Había en mí algo como una nostalgia del Trópico. Del paisaje, de las gentes, de las cosas conocidas en los años de la infancia y de la primera juventud. La catedral, la casa vieja de tejas arábigas en donde despertó mi razón y aprendí a leer”, etc. Cerca de la catedral de León donde está enterrado Rubén se encuentra la Librería Don Quijote, con muchos libros de lance: cierro un momento los ojos y me imagino a mi buen amigo Luis, buscando libros. Ese es el mejor homenaje que se le puede hacer.

TOPOFILIA: con Luis charlando en el Café Lírico. El Gran Hotel de donde solía salir Rubén entonadito. Palacio del Rey Sancho de Valldemossa, donde quiso recogerse el poeta. León, Matagalpa, Ciudad Darío, Granada, por donde pasó la vida y la esperanza de Rubén.

Jesús García Marín en la serie "Parada de postas", publicado en la "Última Hora", el 14/02/2010,

Realmente la investigación de Luis Fernández Ripoll aclaró muchos puntos oscuros de las estancias de Rubén Darío en Mallorca y rescató este desconocido "La isla de oro", de gran belleza literaria.
Gracias, Jesús, por el artículo y por recomendarme el libro de Luis Fernández Ripoll.

He reunido los artículos en el pdf Rubén Darío: La isla de oro y en próximos días lo pondré en formato epub en la biblioteca de esta bitácora.

 (Segueix)

Rubén Darío: La isla de oro. Sóller: azul, velas, rocas

fabian | 18 Abril, 2012 13:57

Este artículo, último de "La isla de oro", publicado por Rubén Darío en "La Nación" de Buenos Aires el día 25 de julio de 1907, cierra la serie correspondiente a su primera estancia en Mallorca, en 1906 - 1907.

La isla de oro


Sóller: Azul, velas, rocas


Tuve deseos de exclamar como en el Alastor de Shelley:
Earth, Ocean, Air, beloved brotherhood!


¡Ah, tener uno el valor de abandonar por siempre las aglomeraciones urbanas, las «abominaciones rectangulares» del poeta; comprender el valor de la soledad y la confusión del propio espíritu con el de los seres sin palabra, dejar lo que llamábase en el vocabulario religioso el siglo, y venir a acabar la tarea del vivir terreno en un lugar como éste, silencioso y poético puerto de Sóller, glorioso de azul, florecido de velas, adornado de rocas! Quedan en mi memoria visiones varias y gratas; arroyos entre guijas; olivares de troncos de siglos y ramajes de esperanza; honduras pedregosas, declives graciosos por donde se esparcen los rebaños; mandarinos llenos de formas de oro; planicies en que están como acurrucadas casitas rústicas; rincones y recodos de viñeta; peñones curtidos de sol y viento, lluvia y nieve; valles andinos o alpestres; el pueblo de Sóller, al vuelo del motor; gentes sencillas en las calles, y en las puertas de las casas; chicos rosados y sucios, perros, un arroyo, un puente, montes cercanos; posesiones que revelan retornos de indianos, y muchachas como frutas. Hay una Virgen legendaria. Un citado autor refiere: «Una noche — la del 10 de mayo de 1561 — las campanas y escuchas de la población avisaron con gran estrépito que en las playas de Sóller habían desembarcado sigilosamente mil setecientos turcos, con ánimo de apoderarse de todo lo que a mano les viniera. Armados aquellos campesinos e hijos de la población con la prontitud que el caso requería, salieron al encuentro del enemigo; pero este había dividido sus fuerzas en dos secciones. Y cuando se disponían los valientes cristianos a combatir con los que a campo traviesa intentaban penetrar en el poblado, oyeron tras sí los gritos y lamentos de sus familias que les llamaban, pues el otro cuerpo de moros había comenzado el saqueo por la parte opuesta. Ante tal terrible perplejidad, volvieron grupas los cristianos y, cargando sobre el enemigo, le hicieron huir a la desbandada. El otro cuerpo de moros, al ver la desesperada fuga de sus compañeros, huyó también, y cuando estaban cerca del mar, salióles a su encuentro una cuadrilla de bandoleros que les acechaban escondidos entre las breñas, haciendo tal carnicería, que por los campos y olivares se recogieron después cuatrocientas dieciocho cabezas de turcos. Este hecho se conmemora aún todos los años con grandes fiestas, llamadas de moros y cristianos, en las que se simulan el ataque de los primeros y la defensa de los segundos. Dice Quadrado que estas fiestas atraen mucha gente, más que por la feria casi nominal, por el colorido dramático que revisten el histórico sermón de la mañana, la procesión arqueológica de la tarde y, sobre todo, el simulacro del lunes, que no se limita al sobre desembarco de los moros en el puerto y tiroteo con los cristianos, sino que comprende el previo rebato y el regreso victorioso con los cautivos, en compañía de centenares de carruajes a la ida y a la vuelta. En primera línea de los personajes que se han hecho ya legendarios, figuran el denodado capitán Angelats y las valentas donas de can Tamany, con la famosa tranca, con la que matando a dos turcos supieron defender su casita solitaria y su honor. Gozar de esas campiñas, hacerse un alma nueva, o, más bien, encontrarse, en lo hondo de sí mismo, un alma vieja, vieja y buena... ¿No estamos heridos de las pasiones malas de los malos hombres ciudadanos? ¿No vemos que el contacto social trae casi siempre desilusiones y engaños? Blanquerna, Blanquerna, se necesita tu voluntad y, sobre todo, el apoyo desconocido, el báculo que nace entre nuestras manos de repente, la gracia. ¿Y si hubiese también una gracia pagana, una gracia pánica? Amargaron el mundo los barajadores de doctrinas duras a la sana alegría de la vida. Los santos ermitaños supieron bien que los excelentes faunos no tienen nada que ver con las terriblezas del infierno. Y de las alturas que dominan el risueño puerto sollerense habrían descendido, con humor simpático, buenos sátiros, a ayudar a construir una barca a Raimundo de Peñafort, si el místico varón no tuviese su capa para embarcarse en ella por la virtud del milagro. El caso fue que Raimundo censuró a Jaime I su lujuria, pues el rey no se cansaba de folgar con la ardiente y exquisita doña Berenguela Fernández. Enojado, manda Jaime: No se embarcará ningún fraile. Y el santo, como otros en su caso, hizo lo que dice el anónimo poeta en versos que aún cantan bocas mallorquínas:

La mare de Déu
Un roser plantava.
D'aquell sant roser
En nasqué una planta.
Nasqué Sant Ramon,
Fill de Villafranca,
Confessor de reis,
De reis i de papes.
Confessava un rei
Qui en pecat s'estava:
Lo pecat és gran,
Ramon se'n desmaia,
Ramon se'n va a mar
A llogar una barca.
El barquer li diu
Que són emparades,
No es pot embarcar
Capellans i frares,
Ni estudiants
De la cota llarga.
Sant Ramon beneí,
Bé se la pensava.
A dintre del mar
Ja en tira la capa
Amb lo bastonet
Gran vela aixecava.
Monjuic ho veu,
Bandera en posava.
Santa Caterina
Molt bé repicava.
La Seu ho sentí,
Correus enviava
Tots los mercaders
Pugen a muralla,
Pensant que una nau,
Veuen que és una frare;
Veuen que és Ramon,
Que la mar passava.

En tanto que recito estos versos a la dama inglesa, pasan ante nuestros ojos barcas serenas y ligeras; los marineros tienden las anchas velas latinas, y los esquifes tienen una gallardía y un aspecto tan clásico que se querría hablar en griego.

— Es inútil — me observa lady Perhaps —. La levadura cristiana de usted desaparece en cuanto los dioses le recuerdan su permanencia. Ha desaparecido en el horizonte la rara figura de San Raimundo de Peñafort, y ya surgen a su deseo las inevitables sirenas.

— Buen viaje lleve Raimundo el santo. Yo le habría seguido probablemente hasta la orilla... Hombre de poca fe, si llego a pisar el agua marina, me hundo de seguro. Otros mejores que yo se han hundido; y Pedro, ese hombre de buen sentido, el primero. Mas ¿qué otra cosa mejor que una cadera rosada puede aparecer en la transparencia de esas ondas musicales y diamantinas? ¿Qué otra cosa mejor, sino un rostro de rosa, unos senos de rosa, unas desnudeces armoniosas, todas atracción y deleite? ¡Las sirenas! Sin la cola de pescado que les diera el mito, sin el aspecto demasiado ictioforme de las que pintara Böcklin, sino simplemente mujeres, deliciosas hembras del agua, lisas como las perlas, y apenas saladas de la ablución inmensa oceánica. Creo que la sirena de Harlem debe haber tenido, guardado por coquetería en el reluciente estuche de escamas, un lindo par de piernas.

...Vimos una gran roca horadada en donde las olas suenan como truenos. Vimos a un canónigo colosal, gentil y buen parlante, que gusta de los espectáculos de ese lugar pintoresco y tranquilo; vimos un balcón sobre un farallón cortado a pico; vimos viejos cañones que mojan los perros y roen las horas, viejos cañones de muerte en la inutilidad del abandono; vimos casas entre los ramajes de los árboles; y la bahía azul que pintó Rusiñol enamorado de su color y su silencio.

— Así, usted se quedaría aquí, por siempre, con una amada compañera... Una vida dulce, pacífica, ideal, como las que pintara Bernardino el inefable ...

— ¡Vivir los libros!, imposible, señora, imposible. Vivir lo más artísticamente que podamos, mas con todas las comodidades y ventajas que ha alcanzado la humana inteligencia a los comienzos del vigésimo siglo... Y luego, la variación, el cambio, a que nos obliga el ansia perpetua a que se refería Baudelaire en un pequeño poema en prosa en que cita esta frase inglesa: Any where out of the world. Ahora, si yo me convirtiese en ese amable canónigo epicúreo...

— Llegaría a obispo de Ecbatisma, o de Pafos, in partibus infidelium.

— Yo admiro en todo a Don Quijote, y una de las cosas en que más le admiro es en su disposición para dejar las fatigas de la caballería andante y hacerse pastor. Don Quijote era un espíritu aristocrático y noble y tenía el don de embellecer con el ensalmo de su poesía interior las cosas feas y desagradables. De tal manera, el pastor Quijotiz es simplemente un antecesor de María Antonieta. Su Arcadia habría sido completamente siglo XVIII...

...cuando pastoras de floridos valles
Ornaban con cintas sus albos corderos,
Y oían, divinas Tirsis de Versalles,
Las declaraciones de sus caballeros...
...buen tiempo de duques pastores,
De amantes princesas y tiernos galanes,
Cuando entre sonrisas y perlas y flores
Iban las casacas de los chambelanes...

Y conste que únicamente para la decoración evoco al sublime caballero, pues su castidad no se compadece con el ambiente en que suspiran las damas cantadas por Florián. ¡Florián! Las donosas estrofas que le ha escrito ese elegante Manuel Machado:

Fue Florián el poeta
De las mejores Amintas
Y Batilos. Rimador
De una Arcadia elegantísima
Correcta... y un poco sosa
Para los que no sabían
Que Filis era en la corte
Dama de honor, y Clorinda
Maríscala, presidenta
Senescala, o camarista,
Estas Filis, Tirsis, Cloris,
Amarilis... estas lindas
Pastoras de porcelana
De Sèvres, eran la vida
Del diez y ocho francés,
Siglos de encajes y rimas,
Minuetos, clavicordios...
Galante, enciclopedista,
Que pintó las miniaturas
E inventó la guillotina.
Madrigalesco y eglógico
Y cortesano, sabía
Hacer la guerra entre encajes
Y enamorar entre rimas
Sonriendo... Entonces era
La religión, la sonrisa;
La ley ser cortés; la moda,
Pastoriles poesías...
Y Florián el mejor
De los cantores de Amintas...
Se sabe que Florián
Le pegaba a su querida.

Y si eso es verdad comprenderéis todos que Don Quijote va y le rompe la lanza en la cabeza. Todo esto era a propósito del mar, señora... De esta tierra, de estas olas, de este aire que viene del infinito palpitante. Dan deseos de exclamar como en el Alastor de Shelley:

Earth, Ocean, Air, beloved brotherhood!

Bajó el crepúsculo sobre estas divagaciones. Pronto nuestro dragón de hierro iba rápido en el viaje de retorno hacia Palma de Mallorca. Pasamos alturas y valles. La carretera, entre árboles simétricos, se extendía luminosa por el chorro de oro del reflector. De cuando en cuando, saltaban a los matorrales liebres asustadas. Todos estamos más silenciosos que a la ida. Toda vuelta es así...

Yo voy a soñar esta noche: un barco extraño que lo mismo va con su quilla reluciente sobre las aguas que sobre la tierra ... Yo estoy a bordo, en compañía de Ella — ¿cuál? ¿quién? ¿cómo es? ¿cómo será? —. En mí existe aún la primavera, una primavera que quisiera renovarse. El barco pasa por Buenos Aires, por un pueblo de Nicaragua, por Londres, por un país que tan sólo he conocido con los ojos cerrados... y en ese viaje fatal me pregunto apenas cuál es el punto señalado para la llegada. Sobre una roca alta y horadada, aparece San Raimundo de Peñafort en compañía de una ninfa... A lo lejos se divisan torres extraordinarias, en una ciudad babilónica, de visión de opio. Y me despertaré con una vaga angustia, a la luz de la lamparilla que vela mi sueño, siempre lista para el efecto de los malos sueños.

Convendrá acabar esta serie el próximo día con la historia de la publicación de estos artículos.

 (Segueix)

Ciberespècies 27 marzo 2012

fabian | 18 Abril, 2012 10:05

Tras varios trimestres sin publicarse, aparece la revista Ciberespècies nº 27, de marzo del 2012, en un Especial Memoria 2011.

revista
Ciberespècies

Ciberespècies es una revista informativa sobre la conservación de especies animales y vegetales en las islas Baleares y las labores que se hacen sobre ellas. Hay, además, esta vez una encuesta on line sobre la revista y sobre la web del Servicio de Protección de Especies.

Rubén Darío: La isla de oro. El imperial filósofo

fabian | 17 Abril, 2012 08:46

En este artículo Rubén Darío se acerca a Miramar; allí el inmenso mar visto desde la altura; el abismo. "Tibi dabo" dijo el demonio en una tentación a Jesucristo, "A ti daré". Y Rubén Darío rememora dos figuras importantes del lugar: Ramon Llull que aspira predicar en África, y El Archiduque Luis Salvador de Austria, quien abandonó la Corte para fundirse en la naturaleza, en el estudio. Allí fue el lugar de la primera imprenta de Mallorca y lugar de visita de la emperatriz Sissí, Elisabeth de Austria. Reflexiona Rubén sobre las palabras y las vidas de ambos personajes - el Archiduque vivía en esos momentos en una isla griega acompañado de Catalina - y recoge como colofón el mensaje lulista "Com sia cosa que desamor sia mort e amor sia vida": El desamor es muerte y el amor es vida.

retrato
Gabriel Alomar i Villalonga, "El Futurista", retrato realizado por Pilar Montaner

La isla de oro


El imperial filósofo


El automóvil se detuvo para dejarnos descender al Futurista y a mí. Fuimos por una senda estrecha. Pinos y otras varias especies de árboles nos rodeaban. Sonaba suave el aire entre los boscajes. Había un cielo límpido.

— ¿Sufre usted el vértigo de las alturas?

No tuve tiempo de contestar. Tenía delante de mí el abismo. Estábamos en una angosta cornisa de la montaña. Allá abajo, húmedos zafiros marinos, líricos cristales de poemas. Allá abajo, como a la altura de dos o tres torres Eiffel, las aguas de las barcas de Homero. Un paso más y descenderíamos a la muerte, sin que pudieran detenernos las débiles vegetaciones del declive. Yo aparté la vista de la atracción bella y funesta. El vértigo obedece a algo que está en nosotros, pero también fuera de nosotros. En toda eminencia, a la orilla de todo precipicio, hay un satán que se acerca y murmura un casi inteligible Tibi dabo.

Apoyado en el muro de tierra, con la cara vuelta al muro de tierra, anduve por largo rato, hasta llegar a un punto en que la cenefa de camino, camino de cabras, se deshacía en una planicie ancha, tranquilizadora. Entonces pude admirar más a mi placer la naturaleza circunstante paradisíaca. Flechaban las arboledas llamadas de pájaros. El azul profundo parecía poder alcanzarse con la mano; mas un steamer que pasaba a la vista semejaba un pequeño insecto sobre la seda cerúlea. Así, llegamos a un corto y pintoresco puente que salvando una hondonada conduce a una blanca y diminuta capilla, levantada por el archiduque Luis Salvador, en memoria y honor del gran Raimundo Lulio, cuyo espíritu, cuya influencia, cuyo aliento, flotan en Miramar y en todos sus contornos, dando a las mismas rocas y a los mismos troncos de los árboles como una animación y una voluntad de intensa vida. En la capilla está la estatua de mármol y alrededor de la capilla el inmenso espacio libre en que se recorta la circular balaustrada. Y es aquel lugar como un púlpito extraordinario desde donde un predicador de voz inaudita hablaría a las fuerzas del viento, a las potencias de la tempestad, a las animadas y misteriosas olas, y a la sustentante tierra. Desde allí se divisan valles, colinas, alturas abruptas. Los paisajes están llenos de una frescura cual la de la primera mañana del mundo. Surgen, gigantescos, rompiendo el seno secular, los huesos del globo. Sobre las revueltas y erizadas piedras vigorosos vegetales han echado las garras nudosas de sus raíces; parasoles verdes se estilizan en cumbres rocallosas que a sus pies tienen escenarios para el encadenamiento de blancas Andrómedas, que han de ser libertadas por gloriosos Perseos, caballeros de las quimeras. Y sentí allí a mí lado como un resoplido, y un piafar y un ruido de alas.

Era mi fiel Pegaso impaciente. Cierto, era de montar allí el bello animal olímpico. Mas mis entusiasmos, ante el maravilloso espectáculo, uno de los más maravillosos que puedan contemplarse sobre la faz de la tierra, convergieron a la augusta persona luminosa en los tiempos, de aquel pensador, de aquel poeta, de aquel minero de suposiciones divinas que la leyenda ha colocado en el número de los hombres misteriosos y sobrenaturales, dándoles un poder mágico y una comprensión honda de los secretos de las cosas y en las revelaciones de las desconocidas fuerzas. Pensé en el creador de Blanquerna, en el que hace dialogar al Amigo y al Amado, en el ermitaño que vivió con los espíritus de lo invisible en una cueva bronca, frente a las olas pobladas de sirenas y tritones; en el que supo vencer la furia soberbia de la carne por el horror de la muerte y por el dolor; en el soñador medioeval que hizo de su existencia un poema de combate, varón de acción y constructor de torres ideales. En quien tuvo, como muy pocos, la absoluta conciencia de Dios.

Yo he escrito alguna vez:

Dichoso el árbol que es apenas sensitivo
Y más la piedra dura porque esa ya no siente.

¿Tendré derecho, porque mi concepción de la materia llega hasta cierto límite, de afirmar que en el mineral no puede haber una especial manera de sentir de acuerdo con las arcanas universales voliciones? Las rocas guardarán memoria del ermitaño. Él se personificó en Blanquerna, el pontífice que abandona el más alto solio de la tierra y la representación de Jesucristo, para ir a hacer su oficio vocacional de contemplador. Contemplador de su propio ser con el ansia de lo absoluto; contemplador de la naturaleza, con la cual se compenetra y cuyo misterio lee por virtud de celeste clave; contemplador de la razón suprema por la suprema fe. Mas él arde sobre todo en las llamas del Santo Espíritu, quien más le inspira y levanta de las personas de la trinidad teológica. Es el varón de Amor. Esta terrible águila del Señor se iguala a la tórtola franciscana en divino sentimentalismo. Este caballero del mundo que un tiempo fuera presa del amor profano y cuya contextura revelara bronces y aceros, no habla allí, cuando dialogan el Amigo y el Amado, sino de deliquios místicos, y vienen a sus labios palabras de sensitivo: llantos, suspiros, desmayos, languideces. Estos pájaros que cantan en los boscajes de Miramar han tomado parte en las sublimes conversaciones: "Digues, aucell qui cantes, ¿est-te mès en guarda de mon amat per ço quet defena de desamor, e que multiplic en tu amor? Respòs l'aucell: — ¿E qui'm fa cantar, mas tan solament lo senyor d'amor, qui's té a deshonor desamor?». Y Ramón se echó al abismo divino.

Me explico perfectamente por qué el archiduque de Austria Luis Salvador se apasionó por la memoria del formidable Contemplador. Él pertenece a una familia de atridas, a una familia en que la fatalidad ha descargado incesantes tormentas esquilianas. Es la familia de los porfirogénitos locos, asesinados, quemados, suicidas, desorbitados. Leyendo el libro de Eugenio Garzón sobre Jean Orth, puede recorrerse la lista, quizás incompleta todavía, de esos príncipes perseguidos por misteriosos golpes fatídicos. El Alberto I, hijo de Rodolfo de Habsburgo, asesinado; Leopoldo III, asesinado; María de Borgoña, hija de Carlos el Temerario, muerta de una caída; doña Juana la Loca..., loca; Fernando I, hipocondriaco; Felipe el Hermoso, envenenado; Carlos V, epiléptico; Rodolfo II, loco; María Antonieta, guillotinada; Maximiliano, emperador de México, fusilado, y su mujer Carlota, loca; el archiduque Rodolfo, heredero de la corona de Austria-Hungría, asesinado o suicida, no se sabe; la duquesa de Alençon, quemada; la emperatriz Elisabeth, asesinada... El archiduque Juan, perdido en los mares, o por lo menos, muerto civil. Y las innumerables desgracias domésticas. ¡Y los que faltan en la lista!

El archiduque Luis Salvador huyó también de la vida palatina, quizá pensando en librarse de la tempestad familiar... Y refugiado en la isla de Mallorca, en el Miramar magnífico y solitario, ¿qué mejor patrono podía escoger que Lulio, el hombre estupendo que predicó y enseñó, con discurso y ejemplo, el abandono del siglo y la pasión de Dios? El aristócrata de Viena, si bien muy cristiano y lulista, no llegó, naturalmente, al misticismo del beato eminente. Hay en él algo de pagano, puesto que tiene algo de poeta. Es poeta por el amor a la naturaleza y por la filosofía... «Nosotros, los filólogos» — escribía Nietzsche. El extenso dominio que confina con los montes y con el Mediterráneo es un paraíso en que el príncipe no ha permitido la profanación de los arreglos y recortes caros a los vulgares terratenientes. Mas ha llenado las abruptas cumbres de miradores y belvederes desde donde podéis sorber infinito con cuerpo y alma. Hay, más allá del oratorio, una casa en que los empleados y guardas tienen orden del archiduque para hospedar y atender a los visitantes. Y luego está la mansión del museo. Todo allí es señoril y antiguo. Las viejas arcas, los viejos sillones, las telas y labores de antaño, la alfarería tradicional, sólida y fina, de vistosos colores; las singulares sillas de cuerda, sin respaldar, que más bien son manera de cojines orientales; trabajos de argentería mallorquína, venerables obras de carpintería y de tenería; techos que saben de pasados insomnios o sueños, y retratos de familia, retratos que evocan a cada paso un recuerdo de pena y de fatalidad: Elisabeth, Rodolfo. En una sala baja de la morada casi monacal por su silencio, sorprende al pasajero un monumento de mármol en que un ángel, el ángel del supremo Juicio, despierta a un bello joven semejante a Apolo. No hay gran mérito de arte en esa muestra de lo convencional italiano. ¿Mas qué hace allí, diréis, ese ejemplar de mausoleo que parece extraído del cementerio de Genova? Ese mausoleo conmemora una amistad extraordinaria. En el zócalo se lee: «Wratislao Vyborni. Nació en Kuttemberg el 23 de septiembre de 1853; falleció en Palma el 25 de julio de 1877. Sus restos mortales descansan en su país natal. — Resurrexit. — Orad por él. — Lo suplica su amigo del alma — Luis Salvador — que dedica este monumento a su memoria». La murmuración nada ha podido roer en el blanco Carrara que ha dedicado el imperial Pilades al Orestes secretario y por largo tiempo compañero en su retiro.

He allí la capilla de la Trinidad, que fue fundada en el siglo XIII... He allí una Virgen de mármol... Ella ha sido regalada por la emperatriz errante, cuya vida íntima nos ha contado Christomanos, por Elisabeth. Y ¡oh ironía del inescrutable destino! ¡En la base están grabadas las fechas de las visitas que la soberana hiciera, y un voto en que se confía a la Estrella del Mar la guarda y la protección de la viajera! ¡A la orilla del lago de Ginebra le dio la puñalada el anarquista asesino!

He allí la reconstruida parte de un gótico claustro. Y por todos los lugares la memoria de Raimundo Lulio. En la casa de Miramar — dice el escritor Lázaro Floro — el gran Lulio fundó a últimos del siglo XIII un colegio de lenguas orientales en donde trece religiosos franciscanos debían prepararse para la conquista religiosa de África, idea que le preocupó toda la vida y que tuvo que abandonar por causas que desconocemos; allí se imprimió el primer libro cuando se introdujo la imprenta en Mallorca, un cuarto de siglo después de inventarse y once años más tarde de conocerse en España; allí habitaron los cistercienses, los cartujos, los jerónimos y los dominicos; y cuando hasta el nombre del sitio iba a desaparecer, el potentado príncipe austríaco hizo renacer la antigua grandeza de aquellos riscos y malezas. Raimundo Lulio, que con ser tan gran filósofo era un gran artista, habrá agradecido en la eternidad la obra de Luis Salvador, que ama las artes y vive la filosofía. Él ha podido realizar la obra de arte vital, vivir su poema, o hacer un poema de su existencia; él ha desdeñado las pompas de las grandezas áulicas y al mismo tiempo las miserias que amenguan el brillo de las supremacías hereditarias. Él dejó la corte de Austria elegante y soberbia, para ir a vivir entre los payeses y las payesas de Valldemosa, bajo el cielo soberbio, junto al Mediterráneo armonioso, en sus tierras casi primitivas, horas de libertad y de capricho o de estudio y de recogimiento. Hay, no lejos de la morada principal, y de la capilla, donde se ve un pulpito al aire libre en que predicara el vigoroso Vicente Ferrer, hay, digo, al lado de una fuente, en una vasta jaula, un águila prisionera. ¿Habrá querido simbolizar el archiduque su pasada vida cortesana en la jaula inmensa del alcázar vienes? El sonoro y luminoso mar latino le ha revelado ciertamente otras cosas que las aguas del bello Danubio azul.

Hace ya algunos años que Luis Salvador no está en Miramar. Vive en una isla del archipiélago griego, en donde tiene otra mansión de soñar y filosofar como la de la tierra mallorquína. Yo simpatizo grandemente con ese hombre admirable, con ese imperial filósofo. Dícenme que en Mallorca andaba modestamente vestido, que hablaba sencillamente con las gentes de la ciudad y del campo; que escribía libros, que estudiaba la antigua vernácula de la isla para sus trabajos especiales; ése es un varón que ha sabido dirigir bien las potencias de su alma. Y cuando fundó el oratorio de que os he hablado, que se asemeja a un nido de piedra sobre el abismo del mar, recordando que su predilecto patrono, Raimundo el superfilósofo, había muerto apedreado como Esteban el protomártir, hizo un viaje a Bugía, en Argelia, lugar en que se lapidara a Lulio, y de allí trajo una piedra, la primera que él colocase para el monumento de oración y de gloria. El hermoso gesto vale por una oda. Es, pues, también, el archiduque de Austria Luis Salvador, un poeta.

Ved cuan distinta esa vida de la de los grandes duques rusos, derrochadores de oro en los restaurantes nocturnos de París, devotos de Santa Ruleta, tragadores de mares de champaña, únicamente preocupados del placer.

— Ellos son también, a su manera, imperiales filósofos — me advirtió el Futurista — Yo le di la razón, pues ha tiempo que he loado el vino que se encierra en las ánforas de Epicuro. El barón de Holbach aconseja aun el vicio si en él se encuentra la felicidad. D'Alembert recomienda sobre todo cuidar nuestro diafragma, y Diderot nuestro estómago. Voltaire nos aconseja gozar, pues fuera del gozo, todo es locura. «Digerir bien y tener el vientre libre.» Todo eso pertenece a la filosofía. ¿Habéis leído el Pantheisticon de Toland? Os recomiendo la Formula celebrandae sodalitatís socráticae

Confieso que los archiduques filosofan, aunque de otra manera, tanto como el príncipe devoto de Blanquerna. Aunque el generoso y solitario artista de Miramar, cuéntanme que al partir a Grecia, tuvo un rasgo que yo le aplaudo con todo entusiasmo: se llevó en su yate la más linda y gallarda moza que pudo encontrar entre todas las frescas payesas del contorno. ¡Viva el vivir! Él entiende profanamente la palabra del místico loco: Com sia cosa que desamor sia mort e amor sia vida.

Este artículo fue publicado en La Nación de Buenos Aires el día 23 de julio de 1907.

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Rubén Darío: La isla de oro. Todavía con George Sand

fabian | 16 Abril, 2012 16:00

Las figuras de George Sand y Chopin llamaron la atención de Rubén Darío; a ellos dedicó dos artículos consecutivos de "La isla de oro".

La isla de oro


Todavía sobre George Sand


Acabado que fue el sabroso yantar, fue de nuevo la amante de Chopin el tema de la conversación. La amante de Chopin, de Musset, de Pierre Leroux, de... mil y tres. ¡Doña Juana! Una doña Juana con refinamientos y locuras que erizaron, como es bien sabido, el burgués juicio de su esposo, M. Dudevant. ¿No llegó este excelente señor a acusar a su oíslo de actos tan solamente semejantes a los que han sido señalados en Agripina, en Catalina de Médicis, en María Antonieta? ... ¡En el proceso de divorcio se dijeron tantas cosas!

El marido no vaciló en afirmar que Mlle. Solange era conocedora de iconografías vedadas, gracias a la autora de Lelia, que le permitía asimismo familiaridades con sus amigos. Calumnias, dijo el abogado defensor. Vale más, o no, que repitamos lo mismo. Lo que hay que notar es que los hijos recibían una educación no precisamente severa. Tal les vemos acompañando a la ultrarromántica pareja. He aquí una curiosa carta que, en marzo de 1896, recibió el señor Estelrich, del Honor Sebastián Nadal, a la sazón de edad de ochenta y un años, el cual Honor vio y conoció a George Sand cuando habitaba su celda de la cartuja de Valldemosa:

«Valldemosa, y marzo de 1896. — Apreciado señor mío: La señora francesa de quien usted me pide noticias se llamaba madama Sand y su compañero, M. Federico Chopin, al parecer como casados. Ella era una gran escritora, él un gran pianista. Madama Sand escribía muchas veces dentro del cementerio de los frailes debajo de un gran palmito que allí había y que tenía el tronco como un cuarterón. Tenía dos hijos, no recordando bien si había uno varón, aunque lo creo, pero sé de cierto que era hembra el otro que tenía menos años. Por el carnaval fuimos disfrazados, algunos jóvenes de buen humor, capitaneados por el abogado Prohens, de Palma, a visitar a la señora Sand en su celda que, si no me equivoco, era la cuarta o la quinta del corredor. Esto era el año 38 o 39 de la presente centuria.» Al parecer, como casados, dice el honor. Ya es de suponerse el singular matrimonio de música, literatura exaltada, sangre cálida, y tisis. En el libro en que la autora narra las impresiones de ese invierno en la cartuja de Valldemosa, hay espeluznantes detalles. «...Estas moradas siniestras, dice George Sand, consagradas a un culto más siniestro todavía, obran un tanto sobre la imaginación, y desafiaría al cerebro más calmoso y más frío a que se conservase allí largo tiempo en un estado de perfecta salud. Estos pequeños miedos fantásticos, si así puedo llamarlos, no dejan de tener su atractivo; y son, sin embargo, lo suficiente reales, para que sea necesario combatirlos en uno mismo. Confieso que no he atravesado ninguna vez el claustro al anochecer sin una cierta emoción mezclada de angustia y de placer, que no dejaba que traslucieran mis hijos, por temor de hacérsela compartir. Y, sin embargo, no parecían dispuestos a ello, pues corrían al claro de luna bajo los arcos rotos, que verdaderamente parecían convocar al aquelarre. Les he conducido varias veces cerca de medianoche al cementerio.» No puede ser más interesante la educación que uno ve dar a esos singulares muchachos por tal manía extraordinaria. Felizmente para ellos los paseos macabros cesan ante la aparición, una noche, de cierto viejo borracho y amenazante criado de los monjes. «Entraba en casa de María Antonia (la criada), a la que infundía gran miedo, y haciéndole largos sermones entrecortados por cínicos improperios, se instalaba al lado de su brasero hasta que el sacristán venía a arrancarle de allí a fuerza de halagos y artificios; pues el sacristán no era muy valiente y temía enemistarse con él. Entonces, nuestro hombre venía a llamar a nuestra puerta a horas desusadas, y cuando se fatigaba de llamar inútilmente al padre Nicolás, que era su idea fija, se dejaba caer a los pies de la Virgen, cuyo nicho estaba situado a algunos pasos de nuestra puerta, y se quedaba dormido, con su cuchillo abierto en una mano y su rosario en la otra.» ¡Poned a todo eso música de Chopin, la música del piano, los improvisados nocturnos en que daba su alma a la noche el demacrado artista que tenía por dentro a la muerte, royéndole los pulmones!

George Sand veía a Mallorca como tierra de color y de sol, país para pintores. Así ella da gracias a Dios por haberle dado muy buenos ojos. La viajera es también excelente observadora. De tal manera, no dejará de apuntar datos sobre las producciones del suelo, sobre el elemento étnico, sobre los cactos y sobre los cerdos... «Estos animales, querido lector, son los más hermosos de la tierra, y el docto Miguel de Vargas, con la más ingenua admiración, hace el retrato de un puerco joven, que a la cándida edad de un año y medio pesaba 24 arrobas, o sea 600 libras.» «Los mallorquines llamarán a este siglo, en los siglos futuros, la edad del cerdo, como los musulmanes cuentan en su historia la edad del elefante ...» «El cerdo no permite que nada se desperdicie, porque el cerdo lo aprovecha todo, y es el más hermoso ejemplo de voracidad generosa, unida a la sencillez de los gustos y de las costumbres, que puede ofrecerse a las naciones. Goza, por lo tanto, en Mallorca, de derechos y de prerrogativas que jamás se pensó, hasta entonces, en conceder a los hombres...» «Gracias al cerdo he visitado la isla de Mallorca, pues si hace tres años se me hubiera ocurrido visitarla, habría tenido que renunciar a mi deseo por no hacer un viaje largo y peligroso en buque de vela...» «Es hermoso ver con qué cuidados y con qué ternura son tratados a bordo estos señores (los cerdos), y con qué amor se les coloca en tierra. El capitán del barco es un hombre muy amable que, a fuerza de vivir y de hablar con estos nobles animales, se ha asimilado por completo su gruñido y aun un poco de su desenvoltura. Si un pasajero se queja del ruido que hacen, el capitán responde que es el sonido del oro al rodar sobre el mostrador. Si alguna mujer remilgada se atreve a quejarse de la infección esparcida en el buque, su marido está allí para responderle que el dinero no huele mal, y que sin el cerdo no tendría vestido de seda ni sombrero de Francia, ni mantilla de Barcelona. Si alguno se marea, que no intente pedir auxilio a la tripulación, pues los cerdos también se marean, y esta indisposición va en ellos acompañada de una languidez «spleenica» y de un asco a la vida que es preciso combatir a toda costa. Entonces, para conservar la existencia de sus queridos clientes, y dejando a un lado toda compasión y simpatía, el capitán en persona, armado de un látigo, se precipita en medio de ellos, y detrás de él los marineros y los grumetes, cada uno con lo que se le viene a mano, quien con una barra de hierro, quien con un pedazo de cuerda, y en un instante todos azotan de un modo paternal a la manada desfallecida y silenciosa, y la obligan a levantarse, a agitarse y a combatir por medio de esa emoción violenta la funesta influencia del balanceo.» Más aún sobre el cerdo: «Cuando regresamos de Mallorca a Barcelona, en el mes de marzo, hacía un calor sofocante; sin embargo, no nos fue posible poner el pie sobre la cubierta. Aun cuando hubiéramos desafiado el pero de que algún cerdo de mal humor nos comiera las piernas, el capitán no hubiera permitido, sin duda, que molestáramos a sus clientes con nuestra presencia. Estuvieron muy tranquilos durante las primeras horas, pero a medianoche notó el piloto que tenían un sueño muy abatido y parecían víctimas de negra melancolía. Entonces se les administró el látigo, y con regularidad, a cada cuarto de hora, nos despertaban gritos y clamores tan espantosos, producidos de una parte por el dolor y la rabia de los cerdos azotados, y de otra, por las excitaciones del capitán a su gente y los juramentos que la emulación les inspiraba, que muchas veces creímos que la fiera devoraba a la tripulación.» El cerdo preocupa a la escritora. Paréceme que su figura simbólica pasa a través de toda esa temporada romántica, y de otras tantas temporadas. La buena señora de Nohant está aún en los fuegos de sus fuertes años, y el chancho, como se dice en algunas partes de América, es su bestia favorita. Buenos son para los ratos de ensueño y de melodía ideal o musical, el cisne Musset, entre las lagunas palúdicas de Venecia, el cisne Chopin en la soledad claustral de donde debe brotar Spiridion al compás de tales o cuales nocturnos; mas llega la hora del cerdo, y la terrible trigueña no guarda sus entusiasmos sino para el compañero de San Antonio. Uno ve la boca literaria que recita largos párrafos de novela, o largas tiradas de versos, alargarse y redondearse para pronunciar la palabra cara a las exquisitas ciudadanas de París: «cochon!», Ante los cisnes líricos agotados, éste por el alcohol, el otro por la tuberculosis, el cerdo se llama Pagello, o X.

Mas no hay que negar el lado maternal de George Sand. Con Musset, en efecto, tuvo momentos de madre... Algunas cartas que se conocen por la correspondencia publicada, aun creo que tienen la palabra... Y con Chopin, los cuidados, las ternuras, las atenciones de que se le rodea en la mansión de Establiments, no garantizan sino el más maternal de los cariños. Ella no le nombra jamás en su libro. Le alude como «uno de mi familia», «uno de los nuestros», o bien «nuestro enfermo». Noto que poco habla de la música. No hay un solo pasaje en que se revele entusiasmo o admiración por el arte que es la adoración y la vida del pobre polaco, lleno de ensueño y de armonía. En cambio, aparece a cada paso la menagère, la burguesa que no descuida la despensa, y que nota en Valldemosa cuando la criada María Antonia se roba un bizcocho o una chuleta... Creo que Chopin tenía mejor compañero en su piano que en George Sand. Y luego, ¿no hay algo de anormal en el capricho de la literata por el enfermo? Después de todo, ella quiere realizar cosas románticas. Tiene la decoración que le ofrece la naturaleza potente de las islas Baleares; tiene un viejo convento, frailes, oscuridades, cementerio, gentes supersticiosas, claros de luna, leyenda; tiene el amante pálido y fatal de la época. Vivir, escribir en la vecindad de los monjes, en el recinto de la religiosa fábrica; ella se juzga en terreno apropiado, está en su medio, por el momento. Dice en algunas partes «mi cartuja». Se complace en las antiguas tradiciones. Evoca la figura de Vicente Ferrer. El cual Vicente, si la hubiese encontrado, le habría rugido cosas en su duro lemosín de antaño, con aquella claridad y franqueza que enrojecen sus sermones de buen regañador y varón tremendo. Se complace asimismo en tratar de la beata Catalina Tomás, virgen, toda ella caridad y castidad. Y dice: «He referido con complacencia toda esta breve leyenda, porque no entra en mis ideas negar la santidad, quiero decir, la santidad verdadera y de buena ley de las almas fervorosas. Aunque el entusiasmo y las visiones de la pequeña montañesa de Valldemosa no tengan el mismo sentido religioso y el mismo valor filosófico que las inspiraciones y los éxtasis de los santos del buen tiempo cristiano, la «viejecita Tomasa», no deja de ser por esto una prima hermana de la poética pastora santa Genoveva y de la pastora Sublime Juana de Arco». Y no dejará de aplicar de cuando en cuando una que otra prosa de filosofía. ¿Es que aparece la influencia de Leroux? De Musset no se hace memoria, naturalmente. Quizás, alguna vez, resurge en la lejanía del recuerdo, el pasado amorío, alguna que otra escena perdida... «En Mallorca, como en Venecia, los vinos licorosos son abundantes y exquisitos. Bebíamos, de ordinario, un vino moscatel tan bueno y tan barato como el chipre que se bebe en el litoral del Adriático.»

Je rassemblais des lettres de la veille,
Des cheveux, des débris d'amour.
Tout ce passé me criait á l'oreille
Ses éternels serments d'un jour.
Je contemplais ces reliques sacrées,
Qui me faisaient trembler la main:
Larmes du coeur par le coeur dévorées
Et que les yeux qui les avaient pleurées
Ne reconnaîtront plus demain!

Mas aun queda el vago y sabroso recuerdo de los capitosos vinos italianos y griegos, bebidos en compañía del visionario, que estaba ya acompañado en sus éxodos amorosos por aquel hombre vestido de negro «que se le parecía como un hermano». El pobre Musset y el pobre Chopin se preocupan demasiado de lo ideal. La terrible mujer de letras no desdeña, por su parte, los asuntos del escribir y del soñar, mas se dedica con gran complacencia a objetos más bien suculentos.

Ella sabe apreciar lo culinario. Protesta contra el aceite nauseabundo de España y contra la grasa de puerco. Sabe sazonar con zumo de naranja agria, como en ciertas cocinas criollas, el pescado, las legumbres o la carne. Se anima con las calabazas azucaradas de Valencia y con las batatas almibaradas de Málaga. Y se refocila con las uvas. Los racimos «son dignos de la tierra de Canaán. Esta uva, blanca o rosada, es oblonga, y su película, algo recia, ayuda a su conservación durante todo el año. Es exquisita y puede comerse tanta como se quiera, sin experimentar la pesadez de estómago que da la nuestra. La uva de Fontainebleau es más acuosa y fresca, la de Mallorca es más azucarada y carnosa. En ésta hay qué comer; en aquélla, qué beber».

¡Hembra golosa y sensual! Uno ve los labios húmedos y rojos, los dientes de buena comedora. ¡Y los besos! En cuanto a la música, como he dicho, no se oye en todo el libro; nada para la melodía chopiniana. Apenas, una vez, escribe la señora: «El piano Pleyel, arrancado a las manos de los aduaneros después de tres semanas de entrevistas y de 400 francos de contribución, llenaba la bóveda elevada y resonante con un sonido magnífico».

No puedo dejar de ver siempre en esta musa abigarrada una faz prosaica y chata, con todo y sus dones excelentes. Una distinguida señora de Palma, que fue muy útil a George Sand durante su permanencia en la isla, y que ha dejado escritas sus memorias, aún inéditas, ha dejado las siguientes líneas sobre nuestros personajes:

«La baronesa Dudevant era una persona hermosa, dotada de una fisonomía llena de inteligencia, que animaban unos muy hermosos ojos negros. Sus espléndidos cabellos formaban sobre su frente dos gruesas trenzas que iban a reunirse detrás de la cabeza con el resto de la cabellera adornada con un puñalito de plata. Su vestido, severo, era casi siempre negro, o de color oscuro. De un terciopelo que llevaba alrededor del cuello pendía una cruz con gruesos brillantes y de un brazalete pendían numerosas sortijas que, sin duda, eran otros tantos recuerdos. Su hijo Mauricio, de 13 o 14 años, débil y delicado, hablaba poco, y prefería dibujar cuanto llamaba su atención en pequeños álbumes que le apasionaban. La pequeña Solange, su hija, por el contrario, era una rubia llena de vida y de salud, ávida de movimiento y de ruido. Con su blusa y su pantalón de paño, bajo su sombrero de fieltro, se la hubiera tomado por un muchacho turbulento, sin los hermosos y largos cabellos que había heredado de su madre y que le llegaban hasta la cintura. Chopin, el músico que les acompañaba, y del que no hablaré, siendo tan conocido por sus obras, estaba muy enfermo. Venía en busca de un clima meridional para restablecer su salud.» Yo veo a un hombre que va en busca de salud en compañía de una triple enfermedad... Veo a una dama poseída de la legión literatura... Y una media azul...; así fue teñida con los mismos añiles firmamentales. Pero una media azul... ¡Insoportable, la compañera! En cuanto a M. Dudevant, era un buen hombre, con demasiado lastre y demasiado sentido común; y además bastante grosero. Pero, ¡los cisnes!

— Decididamente —interrumpió lady Perhaps— no es usted cariñoso con la «authoress» eminente...

— Sí, señora. Yo no soy cariñoso con los niños que maltratan a los pájaros, ni con las mujeres que martirizan a los poetas.

Este artículo se publicó en el periódico La Nación de Buenos Aires, el día 14 de julio de 1907.

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Centenario del Tren de Sóller

fabian | 15 Abril, 2012 18:04

prensa
Noticia

Con la marcha pasodoble "El tren de Sóller" de Moyà, se inauguró el 16 de abril de 1912 , hace cien años, el tren de Sóller, el cual, con sus 13 túneles atraviesa la sierra y en una hora une Sóller con Palma. Cuando se inauguró era un tren a vapor, el cual resultaba muy molesto para los pasajeros, por lo que en 1929 se electrificó. Ligados a él están los nombres de Jerónimo Estades y de Pedro Garau.

Tiene historias curiosas, que recojo en los siguientes enlaces.

Precioso tren, muy bien conservado. Enhorabuena.

Rubén Darío: La isla de oro. George Sand y Chopin

fabian | 13 Abril, 2012 09:05

Siempre me sorprende el gran impacto que la estancia de George Sand y Chopin, en el invierno de 1838, ha producido en la isla. Realmente no sé si fue su estancia o toda la literatura levantada en torno al libro de George Sand. Efecto que aún hoy se produce pues tras la sentencia judicial de hace pocos meses sobre cuál había sido la celda de la Cartuja valldemosina ocupada por los "amantes", continúa la discusión si la entrada a la celda ha de ir unida a la visita general de la cartuja o ha de pagarse aparte. La gallina de los huevos de oro; la leyenda dorada, dando a la palabra "oro" otro sentido - en este caso más crematístico - que el utilizado por Darío al calificar a esta isla como la isla de oro.

Cuando Darío, en 1907, visita en una excursión Valldemossa, lleva consigo el libro "Un invierno en Mallorca / Jorge Sand ; traducido y anotado por Pedro Estelrich con un prólogo de Gabriel Alomar-- Palma : Tipo-Lit. de Bartolomé Rotger , 1902" y en el relato se refiere a Pedro Estelrich Fuster (1845-1912), quien escribió varias obras de agricultura, tradujo varios libros y escribió sobre Cabrera y Jovellanos. Realizó la primera traducción del famoso libro de George Sand, sesenta años después de que se publicara en Francés.

Valldemossa
Gustavo Doré: "Cercanías de Valldemossa" (Imagen recogida de La España de Doré: Mallorca)

La isla de oro

George Sand y Chopin


— Era una dama poco cómoda — dije.

— Lo mismo dirían sus enamorados — contestó lady Perhaps —. Y, en su tiempo, quizás usted hubiera sido uno de ellos.

— Lo dudo. Una literata, casi no es una mujer: es un colega. Usted conoce la frase de cierto conde francés, marido de una poetisa y escritora bastante linda: «¡Estoy lucido! He venido a darme cuenta un poco tarde de que me he casado con Maurice Barres, con Lavedan y con otros señores que habitan dentro de la piel de mi mujer».

El automóvil iba de la manera que le agradaba al shah de Persia: despacio; lo cual no era completamente del agrado de Salas, el intrépido y grato sportsman que nos conducía; de Aris, médico de gallardos ímpetus y amigo de humanidades; y aun de Gabriel Alomar, que ama todo lo dinámico. Yo representaba al shah de Persia, en unión de Joan Sureda, el castellano de Valldemosa. La gallarda inglesa estaba completamente de nuestra parte.

— Esta excursión —dijo— será en honor y memoria de George Sand.

La carretera se extendía entre dos vastos olivares, los olivares centenarios que inspiraron a Gustavo Doré sus árboles antropomorfos en una de las más admirables ilustraciones de la Divina comedia. En realidad, ese trecho semeja un capítulo de Ovidio. Es un pueblo de troncos, cuyos gestos y aspectos no pueden ser más humanos. Humanos y diabólicos. Imaginaos una de esas ciudades que en las Mil y una noches quedan de improviso transformadas; una población que se petrifica, por la virtud de un mal genio. Aquí la voluntad del encantador tornó en figuras vegetales las figuras de los hombres. Y ahí entra el imperio de la fantasía. Los olivos retorcidos expresan con sus apariencias designios y voluntades. George Sand, en su libro Un hiver à Majorque, habla de los olivos mallorquines en términos de romántico entusiasmo: «Al ver el aspecto formidable, el grosor desmesurado y las actitudes furibundas de esos árboles misteriosos, mi imaginación los ha aceptado de buena voluntad por contemporáneos de Aníbal. Cuando se pasea uno por la tarde a su sombra, preciso es que se acuerde bien de que aquellos son árboles; pues si daba crédito a los ojos y a la meditación, quedaría uno espantado en medio de esos monstruos fantásticos; los unos, encorvándose hacia vosotros como dragones enormes, con la boca abierta y las alas desplegadas; otros, arrollándose sobre sí mismos como boas entumecidas; otros, abrazándose con furor como luchadores gigantescos. Aquí hay un centauro al galope, llevando sobre su grupa no sé qué horrible mona; allí un reptil sin nombre que devora una cierva jadeante; más lejos, un sátiro que baila con un macho cabrío menos deforme que él; y, a menudo, es un solo árbol resquebrajado, nudoso, torcido, giboso, que tomaríais por un grupo de diez árboles distintos y que representa todos esos diversos monstruos para reunirse en una sola cabeza, horrible como la de los fetiches indios y coronada por una sola rama verde como una cimera. George Sand pasó por aquí en birlocho. Yo iba en el caballo de hierro que se nutre de esencias y de espacio. Y al paso del auto parecíame que los árboles se animaban; y que la inmovilidad de los olivos viejos se suspendía por instantes, por virtud de las hamadriadas que habitan en ellos. Parecía como que se animaban los rugosos troncos, raras esculturas que complacerían a Rodin.

grabado
Gustavo Doré: La Divina Comedia, Infierno, Canto 13

Leonardo de Vinci encontraría en ellos más de una revelación y Novalis las agregaría a sus comentarios. Hay, ciertamente, como la Sand lo dice, algo semejante a grupos escultóricos: hay centauros y lapitas; hay Laocoontes, hay toros Farnesios. Mas todo como brotado en pesadilla o entrevisto en un sueño. Aquí evoco a la divina Mirra:

...; nam crura loquentis
Terra supervenit ruptosque obliqua per ungues
Porrigitur radix, longi firmamina trunci;
Ossaque robur agunt mediaque manente medulla
Sanguis it in sucos in cortice vultus.

Más allá el castigo que impone la cólera de Baco a las ménades asesinas del maravilloso Orfeo:

Quippe pedum digitos, in quantum est quaque secuta,
traxit et in solidam detrusit acumina terram...

o bien Apolo, indigno de la desnudez de las ninfas, metamorfoseado en el olivo silvestre:

Arbore enim est sucoque licet cognoscere mores;
Quippe notam linguae bacis oleaster amaris
Exhibet; asperitas verborum cessit in illas.

Tales figuraciones forman el capricho de la naturaleza en los juegos de las rocas, en las estalactitas y estalagmitas de las grutas, en las conchas marinas, en las manchas de la humedad, en las nubes del cielo. Más acá el museo, como en las fantasías minerales, persevera al paso de los siglos; y los moros, y los cartagineses, pudieron ver lo que yo vi. Dijérase que la carne del olivo se sustentase unida a los huesos de la tierra; y que en ese árbol ilustre se mellase el alma del tiempo.

Sorbiendo segundos, adelantamos por distintos panoramas. Altas rocas legendarias. Cuevas como para bandidos a la antigua. «Aquí, en esta cueva, cuenta Alomar, Rusiñol y otros hombres de alegría asaltaron a un amigo, enmascarados y vestidos de legítimos bandidos de Calabria.» La ocurrencia es artística y el lugar apropiado. Y George Sand ha escrito: «Mallorca es la verde Helvecia, bajo el cielo de Calabria, con la solemnidad y el silencio del Oriente». ¡Haber podido ver al poeta de los jardines de España, con las barbas hirsutas, el sombrero de punta y el trabuco de ancha boca extraído de la tranquilidad de no sé qué venerable panoplia!

Ascendemos por los montes. Sonríen valles de égloga. En los huertos resalta el oro rojo de las naranjas. Hay almendros en flor. La luz fresca vibra sobre las alturas y baja como fundida con el viento a los valles pintorescos.

He ahí por fin el panorama de Valldemosa; he ahí Valldemosa. Desde lejos advertimos el castillo — o la torre, como aquí se dice — de Joan Sureda. Y la famosa Cartuja, en que pasaron largos días la Sand y Chopin.

—En dulce idilio — dice lady Perhaps.

A la cual desbarato la ilusión:

— ¡En fastidioso, en molestísimo idilio, mi noble señora!

Aún vibra en Palma, con sus cuerdas antiguas, el piano de Chopin, en casa de la familia Canut. ¡Las aventuras de este piano, el piano del tísico!...

Aurora Dupin, loca de su cuerpo y loca de su talento, vino a pasar un invierno a Mallorca en compañía del músico, su amante.

Alomar, en el prólogo que escribiera para la versión de Estelrich del libro en que la Sand narra sus aventuras mallorquinas, presenta el cuadro vivo de la Mallorca de aquellos tiempos, y la figura de francesa endiablada que llega con el amante a escandalizar a las gentes.

Existe aún en Palma el libro de pasajeros del vapor Mallorquín, en el cual libro, y en la parte correspondiente a la época del viaje de la famosa escritora, se lee:

«El vapor Mallorquín, salido de Barcelona el día 7 de noviembre de 1838, a las cinco de la tarde, y llegado a Palma el 8 a las once y media de la mañana, trajo los siguientes pasajeros:

Primera clase: Madame Dudevant, casada; M. Mauricio, su hijo, menor de edad; mademoiselle Solange, su hija, menor de edad; M. Federico Chopin, artista.

Segunda clase: Madame Amelia, camarera.»

Y luego: «Salieron de Palma en el mismo vapor, día 13 de febrero de 1839 a las tres de la tarde, y llegaron a Barcelona al día siguiente los mismos pasajeros citados anteriormente, todos extranjeros».

La impresión que los mallorquines dejaron en el ánimo de George Sand fue mala; pero la impresión que los mallorquines tuvieron de George Sand fue pésima. Su fama había llegado a la isla; naturalmente, su fama de escritora y su fama de mujer poco recatada. Un noble de Palma, el marquesito de Labastida, le hizo un momento la corte y le ofreció su carruaje para dar un paseo por la población. Mas la marquesa madre se opuso a semejante cosa, y dijo, según parece, que ella no volvería a ocupar un vehículo profanado por la pecadora literata. Conforme con las ideas de la Palma de entonces, y aun con las de la Palma de ahora, la marquesa hizo bien. Madame Sand había ya hecho sonar muchos escándalos, y su manía nínfica y caprichosa era muy sabida en Europa. Luego, no debe haber sino aumentado el asombro de las gentes al ver acompañar al «menage» artístico Sand-Chopin, nada menos que al hijo y a la hija de la escritora, ambos en menor edad. De imaginarse es la vida de la pareja: Chopin tísico, las aventuras de un piano por el que hay que pagar extraordinarios derechos, la villa alquilada en Establiments, y la cual tienen que dejar porque todo el mundo tenía entonces —y hoy también— el horror del contagio de la tisis. Y la temporada en la cartuja de Valldemosa, en donde han de haber parecido a los vecinos, y sobre todo a los frailes, gentes poseídas del demonio. No era para menos: música de Chopin, por Chopin; en noches de luna, visitas al cementerio; la madre y la hija adolescente, vestidas de hombre; escenas poco edificantes, cantos y declamaciones posibles, y toda la cosa romántica de entonces.

Según las apuntaciones y datos de don Pedro Estelrich, la señora Sand y compañía estuvieron en la isla noventa y ocho días. Ocho en una casa de huespedes de la calle de la Marina; treinta en la casa de Son Vent, de Establiments, entonces perteneciente al señor Gómez y hoy a don Cayetano Forteza Comellas; cuatro en casa del cónsul Fleury, «que vivía en la manzana de casas llamada de Moragues, frente al teatro»; cincuenta y seis en la celda cuarta de la cartuja de Valldemosa.

— ¿Le interesan a usted, señora, estos detalles? — digo a lady Perhaps, que desde que hemos dejado el auto se apoya en mi brazo.

— Todo eso me interesa — contesta —. Porque todo eso tiene el reflejo que a las cosas más prosaicas y vulgares da la virtud de las vidas excepcionales y artísticas. Y aunque sé que se han publicado las indiscreciones de una criada que llevaba una mañana en casa de George Sand el chocolate a la cama a Alfred de Musset, y que oyó en boca de la dama palabras tontas y ridiculas, tengo el suficiente vuelo para cernerme sobre las partes feas de la vida.

Recorremos la cartuja. Un largo corredor claustral, una de cuyas bóvedas rajadas inspira cierta inquietud. Y celdas, celdas. Aquí vienen a pasar el verano algunos palmesanos; y el bajo Uetam, o mejor dicho, el señor Mateu, es dueño de una, dos o tres de ellas. Como las puertas están cerradas, no podemos penetrar a evocar la presencia de los huéspedes ilustres. Y como ya el apetito se ha hecho imperante, recordamos que entre las gratas promesas del amable Juan Sureda figura un estupendo arroz con calamares, al cual manifestamos una tendencia cada vez más simpática. Y al cariño y la afabilidad de un dulce cielo y de un dulce aire, nos dirigimos a la señorial mansión del nunca bien alabado castellano de Valldemosa.

Este artículo fue publicado en el periódico de Buenos Aires La Nación, el día 8 de julio de 1907.

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Sin saber bien cuáles son los grabados de Doré de la Divina Comedia a los que se refieren las palabras de Darío, he añadido el grabado del Canto 13 del Infierno.

 (Segueix)
 
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