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Azorín en Mallorca: Valldemossa y Sureda

fabian | 30 Març, 2012 11:00

Cual escriba monástico, reproduzco textos antiguos, de hace más de un siglo.¿Sigue siendo necesaria esta función? ¿No bastaría simplemente enlazar con el archivo original? La repetición clónica - copiar y pegar - no sólo afecta al texto sino al amanuense, ya que le da un sentimiento o sensación de posesión. Cual viajero que pinta con palabras olivos y campos que recorre, algo añade a esos paisajes. Posiblemente la mirada. Y con ella va el aprecio. ¿Por qué los pintores acuden a los museos para reproducir las obras magistrales?, ¿qué pretenden con ello?, ¿capturar la obra de arte o la mirada del Maestro?

En Valldemosa: La casa de Sureda

Sureda ha venido á las dos á la puerta de! Gran Hotel con su. ligero carruaje; hemos montado en él Torrendell, Salvá y yo, y nos hemos dirigido á Valldemosa; aquí reside el Sr. Maura. Valldemosa dista ds Palma 18 kilómetros; en hora y media se hace el trayecto. Nosotros atravesamos calles y plazuelas; luego desembocamos en el campo y corremos por una ancha y plana carreterra. El paisaje es sobrio, un poco austero; veo primero extensas herrenes y cortinales: entre el maíz entre las hortalizas, se levantan los almendros con sus troncos retorcidos, costrosos; las higueras redondas, anchas, extienden su copa tupida. Después. las huertas desaparecen y una sucesión interminable de bancales plantados de olivos, almendros y algarrobos comienza. No parece que corremos, sino que volamos. «Querido Sureda — digo yo, — este caballo es admirable.» «Puede caminar — dice Sureda — á razón de un kilómetro por un minuto cincuenta segundos. Ha ganado el premio en el Concurso hípico de Barcelona.» Pasamos rápidos, vertiginosos, junto á los carros que caminan lentamente por la carretera; un momento, al emparejarnos con ellos, parece que vamos á tropezarlos ó á volcar violentamente á un lado de la carretera; experimento una súbita sensación de espanto; creo íntimamente que Sureda es un hombre temeroso, loco; pero luego cruzamos instantáneamente, dejamos atrás el carromato con el que hemos emparejado y la calma vuelve á renacer en nuestro espíritu.

Ya el paisaje ha cambiado; llevamos casi una hora de caminata. La montaña que veíamos lejana, azul, está junto á nosotros; comenzamos á subir por una empinada pendiente, entre dos altozanos; olivos y algarrobos se confunden sobre una tierra seca, cuidadosamente labrada. Los olivos atraen mi atención. No es posible imaginarse nada más extraño, más fantástico, más de pesadilla que estos troncos; son troncos violentamente retorcidos, atormentados; se parten en dos ó tres brazos, se retuercen, tornan á juntarse, forman enormes nudos, vuelven á hendirse, se juntan de nuevo. «Son extraños estos olivos», observo yo. «Son olivos muchas veces centenarios; dicen que Gustavo Doré se inspiró en ellos para hacer los dibujos de la Divina Comedia.» No sé si es esto cierto; lo indudable ahora — y esto nos produce una sensación agradable — es que la temperatura ha cambiado notablemente; corre un viento fresco y vivificante. Estamos en lo alto de una montaña y seguimos subiendo aún por esta carretera plana que va dando muchas vueltas, formando amplios y blancos zig-zags sobre las laderas grises; en lo hondo, á la izquierda, se descubren mil huertecillos, llenos de frutales, con estrechos y pintorescos ensamblsjes de hortalizas. Es un paisaje éste que no llega á la seca austeridad del de la tierra levantina y que tiene mucho de la frondosidad de las regiones del Norte. No puede darse una combinación más armónica...

Llegamos á Valldemosa; el pueblo, chiquito, situado entre brezos y peñascos, no pasa de 1.500 habitantes. Cerca, á dos pasos de él, surge la vasta edificación de una vieja Cartuja. Recorremos más callejuelas y nos encontramos ante la puerta de un torreón. «Esta es la casa — dice Surada; — esto es un antiguo castillo; al lado estaba la Cartuja. Entremos.» Ascendemos por unas escaleras de piedra y penetramos en un patio con ancha galería; hay aquí enredaderas y plantas de flores que crecen y extienden entre las columnas. Sureda comienza a contarme la historia del castillo; no sé lo que me dice de un rey que se llamaba Sancho y de otro que se llamaba Martín; yo estoy un poco cansado y además, aunque me dé un poco de vergüenza el confesarlo, no me interesa gran cosa lo que pasó hace muchos años. Del claustro pasamos á una ancha sala llena de bargueños, consolas y vetustos sillones. «Les voy á enseñar á ustedes la casa», dice Sureda. Y pasamos á otra vasta. «Este tabique lo voy á tirar», observa Sureda señalando una pared. Después torcemos á la derecha y pasamos por una sucesión inacabable de gabinetes y de alcobas. «Voy á arreglar estas alcobas», dice Sureda. Entramos en otro vasto salón. «Son ladrillos viejos — dice Sureda golpeando el piso con el pie; — los voy á quitar.» Salimos de esta sala, recorremos un pasillito y ascendemos por unas escalerillas de caracol. «Esta escalera la han hecho mal — dice nuestro amigo; — he de deshacerla.» Y pasamos por salas, gabinetes, corredores, alcobas; es una sucesión inacabable de estancias grandes y chicas desordenadas, asimétricas, colocadas en distinto nivel.

Yo estoy verdaderamente asombrado. «¡Pero esta casa es enorme, querido Sureda!» exclamo. «Pues ahora verá usted — replica Sureda — la parte que no tengo arreglada y además la antigua hospedería de los frailes.» Y de nuevo comenzamos á recorrer salas, pasillos, alcobas y gabinetes. Toda la casa está llena de grabados y litografías inglesas, aquí hay unos señores con monóculo jugando á los bolos {A game at bowls) allá un niño tiene en la mano un pájaro al que lo enseña á cantar (The singing lesson); al lado se ve una vista de Plymouth, más lejos Jesús dice que dejen que los niños se acerquen á él (Suffer little chíldren to come into me).

Cuando creo que ya hemos recorrido toda la casa, Sureda se para ante una puerta, la abre solamente y aparece un inmenso salón con un teatro. Me lleno de admiración; la casa de Sureda es maravillosa: «Yo — dice Sureda — por las noches enciendo estas luces y en seguida vienen aquí á bailar todas las muchachas.» Un momento estamos en el salón y luego salimos; subimos otra vez al coche y nos dirigimos á Miramar.

Mrramar es la posesión del archiduque Salvador. Figuráos una montaña llena de sendas, fuentes, paseos y jardines: una montaña poblada por un espeso boscaje y que da por altísimos precipicios sobre el mar. La extensión infinita de agua, que se descubre desde estas enramadas tupidas, es uno de los espectáculos más bellos del mundo. Recorremos seis ú ocho kilómetros á pie; yo, después de una noche de viaje por mar y de toda una mañana de pasear por la ciudad, me siento abrumado. Sureda me habla de Ruskin y de los idealistas ingleses; yo confieso que no oigo nada de lo que este querido amigo me dice. Regresamos á la inmensa casa, cenamos expléndidamente, como en el mejor hotel, y yo me retiro á una de las mil y pico de estancias y escribo lleno de fatiga y de sueño estas líneas.

Azorín

Este artículo tampoco lo he encontrado en el "ABC" y el ejemplar de "La Tarde", además de tener la fecha equivocada, ya que indica que es Sábado, 1º de Agosto de 1906, siendo Septiembre, no indica el periódico de origen.

¿Copiar texto? No. Este escrito ha estado atado primero al papel, sin poderse desvincular de su soporte; luego a una fotografía y, al fin, libre de la materia del soporte, liberado por el escaneo que le he realizado, aparece en esta bitácora libre, dispuesto a ser copiado y pegado por quien quiera.

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Azorín en Mallorca: Paseo por Palma

fabian | 29 Març, 2012 10:10

Este artículo, segundo de su viaje a Mallorca en agosto de 1906, no lo he encontrado en el ABC y la reproducción que realiza de él el periódico de Palma La Tarde, del día 31 de agosto de 1906 no indica la procedencia, lo cual si hace con los artículos procedentes del ABC. Quizás fuera publicado en el Diario de Barcelona.

La ciudad latente

El blog en que la periodista Mariona Cerdó publica sus artículos sobre Palma.

En Mallorca: Paseo por Palma

Aún no ha atracado el vapor al muelle cuando saltan de un bote y suben rápidamente por la escalerilla Torrendell, Salvá y Peiró; todos son redactores de La Almudaina. (*) Yo estrecho sus manos efusivamente. Torrendell es nervioso é impetuoso; su filosofía es la exaltación de la vida. Salvá dice como el maestro Montaigne que «su arte y su oficio es vivir»; tiene flema; mira tranquilamente el espectáculo del mundo. Peiró informa á su periódico sobria y exactamente de lo que ocurre. Me despido de los amigos de viaje y bajamos todos al muelle. Aquí está Albareda, vestido de blanco, con su corbata negra, fino y amable; Albareda es el dueño del Gran HoteL Montamos en el coche y comenzamos á caminar por la ciudad. Veo al pasar viejas casas, tiendecillas, un paseo, un teatro. Llegamoe ante un edificio nuevo, soberbio: el coche se detiene y bajamos. Entramos en el hotel. No he visto nada igual en España, á no ser el hotel Cristina de Algeciras. Es un vasto hotel á la inglesa, con un espacioso vestíbulo, enlosado de mármol con mesitas y mecedoras, alto de techo, limpio, refulgente. Yo creo que estoy en el Gros Venor Hotel de Londres, de tan dulces recuerdos. «¡Es hermoso esto!», le digo á Albareda Albareda se inclina y sonríe. «Debajo, en los subterráneos hay tantas habitaciones como encima», observa Torrendell. «¡Hombre!», exclamo yo, y doy un golpecito con el bastón en el suelo, sobre estas habitaciones misteriosas. Y pasamos al comedor. Se trata de una sala decorada sencilla y elegantemente; á un lado hay los cuadros de Mir, grandes, fantásticos; Rusiñol ha pintado para el otro testero tres de sus visiones románticas, sutiles. Este comedor es el de invierno, cuando la afluencia de turistas extranjeros es mayor, en verano se utiliza otro más pequeño; tomamos en éste el desayuno y luego yo subo á mi cuarto. «He mandado que le pongan en el lavabo tres pastillas de jabón — dice Albareda riendo: — para que no diga usted después que en los hoteles españoles no se ve una pastilla nunca.» Albareda se marcha y yo me lavo y me siento a escribir; oigo de la calle la voz de un ciego que toca una guitarra y que canta; un canario trina y llega el ruido de algún coche. Voy llenando cuartillas y cuartillas; apenas he puesto en la última Azorín, llaman á la puerta. «¡Adelante!>, grito. Y aparece la figura cenceña de Torrendell con sus recios bigotes y sus lentes de oro. «¿Vamos á dar un paseo?», dice Torrendell. «Vamos», contesto yo levantándome de la mesa.

La ciudad de Palma es una vetusta ciudad: hay en ella callejuelas retorcidas llenas de silencio profundo, y caserones venerables, con patios centrales vastos, que huelen á humedad, en que no se oye nada ni se ve á nadie y en que un farolón viejo de vidrios blancos pende de! techo. Recorremos algunas callejuelas y entramos en algunos zaguanes; se respira en esta Palma venerable un sosiego, una calma sedante, una paz que en un punto apacigua nuestros enardecidos nervios de cortesanos; un extranjero cansado, fatigado de los tráfagos y andanzas mundanales ha de encontrar aquí, en estas callejuelas, en este mar azul y quieto, en estos pinares aromosos, unas horas lentas y sosegadas que vuelvan á reconciliarle con la vida. Torrendell y yo caminamos despacio por las estrechas, limpias, desiertas y calladas callejuelas; ser una capital con todas las comodidades de la existencia moderna y al mismo tiempo ser un pueblo con todas las monotonías, los silencios y las lentitudes de un pueblo; éste es e! encanto de Palma. Entramos un momento en la Lonja y devaneamos por el ancho ámbito silencioso; visitamos después la catedral. Antes en esta catedral, como en todas, el coro ocupaba el comedio de la nave central; pero el actual obispo — como el de Oviedo — ha dispuesto que el coro pase detrás del altar mayor y que la ancha nave quede así libre para la vista. Una sabia mano — la del arquitecto Gaudí — ha realizado la obra y ha puesto acá y allá en la catedral muestras de su genio originalísimo y potente. «El barrio que rodea la catedral — dice Torrendell — es la parte más sosegada de la ciudad». Nada turba, en efecto, la intensa calma de esas callejas; vamos recorriéndolas despacio y desembocamos en una plazoleta llena de luz, llena de sol. A un lado se levanta el palacio episcopal, y enfrente por encima de un pretilillo, se abarca el panorama inmenso de la bahía. El mar aparece como una llanura de intenso azul; se ve el castillo de Bellver — donde Jovellanos estuvo preso — sobre una montaña poblada de pinos; al pie surgen desparramados hoteles y casitas. Estamos un instante contemplando este espectáculo y luego tornamos á pasear por las callejas. De pronto oigo un ruido sonoro y rítmico. «Eso es un telar», le digo á Torrendell. «Sí — dice él — es un telar casero; es el único telar que queda en la ciudad.» Nos detenemos ante la puerta de la casa y luego, sin darnos cuenta, entramos. Un viejo con unas recias gafas hace mover la lanzadera; está pálido y delgado. Un chico da vueltas á un torno. «¡Buenos días!», le decimos al viejo. «¡Buenos días!», contesta él levantando la cabeza. ¿Qué vida es la de este viejecito? ¿No es el representante supremo, último, de una tradición, de una historia que se acaba, de millares y millares de antecesores nuestros desconocidos, obscuros, cuyos nombres, como el de este viejecito dentro de poco, nadie sabe ya? El tejedor nos ha mirado un momento á través de sus gafas, con sus ojos sin expresión, y luego ha continuado trabajando. No nos ha dicho nada; no le hemos dicho nada nosotros. E! niño daba vueltas y vueltas al torno. «¡Adiós!», hemos gritado al cabo de un rato, «¡Adiós!», ha dicho el viejo. Y mientras volvíamos á caminar por las callejas oímos el trac-trac del viejo telar como un eco, como una voz, como un último adiós de generaciones y generaciones que se perdieron ya en la eternidad.

Azorín

___________

(*) Por lo visto el brillante cronista Sr. Martínez Ruiz, Azorín, no ha tenido más relaciones de amistad que con La Almudaina. Nosotros y nuetros colegas, que sepamos, no hemos merecido su visita. Le quedamos agradecidos. — (N. de la R.)

¡Qué bien escribía Azorín Realmente era un maestro de la adjetivación!

Los periodistas de "La Tarde" sienten no haber sido invitados como los de "La Almudaina". Al día siguiente parece que la nota añadida al artículo ha tenido algún eco pues "La Tarde" publica la siguiente gacetilla:

Gaceta del día

La Almudaina, metiéndose donde nadie la llamaba, comenta la nota por nosotros continuada á la crónica de Azorin que publicamos ayer y, demostrando una vez más su estupenda penetración, nos atribuye despecho, cuando en realidad la descortesía de aquél no pudo producirnos más que extrañeza. Si alguien con La Almudaina ha creído que aquel periodista estaba relevado de corresponder en alguna forma á los compañeros de aquí que, dándole prueba de consideración y deferencia, se apresuraron á saludarle y darle la más cordial bienvenida, quédese con su opinión y nosotros continuaremos creyendo lo contrario.

Mientras tanto, esperamos ver como La Almudaina contestará á la La Ultima Hora de anoche cuya opinión coincide con la nuestra.

Bueno, gracias que quedan los artículos de Azorín, reproducidos por varios periódicos de esas fechas, Creo que "La Almudaina" no está digitalizada, lo que siento, no por esta pequeña diatriba, sino porque fue un buen periódico.

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Azorín en Mallorca: El viaje

fabian | 28 Març, 2012 14:22

A finales de agosto de 1906, José Martínez Ruiz "Azorín" estuvo en Mallorca unos pocos días, quizás una semana. De ellos dejó constancia en un puñado de artículos que publicó ya en el ABC y, otros, creo, en el Diario de Barcelona. Este último periódico dejó de existir en los años 80 del pasado siglo, por lo que no he buscado si existe en Internet su hemeroteca.Convendrá que un día recuente los artículos, aunque creo que son cinco. Se dio el caso de que los periódicos locales los reprodujeron e incluso en "La Almudaina", Azorín dejó unas líneas tituladas "Deseo".

prensa
Periódico "La Tarde", de Palma, domingo, 26 de agosto de 1906

Reproduzco hoy el primer artículo, titulado "El viaje", publicado por ABC, el día 28 de agosto de 1906:

En Mallorca: El viaje

Un bote que se llama Rafaelito me lleva desde el muelle de Alicante al costado del vapor Cataluña. Subo por la escalerilla; el maletero se detiene ante una puerta; sale un mozo; le entrego mí billete y paso adelante. Estoy en el comedor; un señor está sentado ante la mesa y devora un biftec; siento una súbita ansia de comer. «Azorín—me han dicho repetidas veces antes de embarcarme; — Azorin, cuando se embarque usted, si no quiere marearse, coma usted mucho.» Tengo estas palabras muy presentes. «¿Se puede comer ahora?», le pregunto a! camarero. «Sí, señor», contesta el camarero. Son las diez de la mañana; habitualmente, yo no como hasta la una; no siento ni asomos de apetito; pero estoy dispuesto á tragarme todo cuanto me sirva el camarero.

Me siento á la mesa; el mozo de comedor se ha olvidado de traerme vino. «¡Vino!—exclamo.—Haga usted el favor de traer vino.» El señor que se hallaba comiendo cuando yo he entrado me mira fijamente y pregunta; «English?» «¡Español!», replico yo. Y añado sonriendo: «Hay también muchos españoles rubios». «Sin embargo, la dicción.,.», torna á decir él. «La dicción es perfectamente castellana», vuelvo á decir yo. Nuestro interlocutor queda perfectamente convencido de que soy español y me mira con un profundo desprecio. Yo devoro una tortilla, un plato de pescado, un biftec. Siento un leve temor á marearme, el barco comienza á caminar; miro receloso á un lado y á otro; acaso convendría comer algo más; sin embargo, no me decido y subo á cubierta. Salimos del puerto. La ciudad queda atrás, amarillenta, dorada, confundida en la ladera de la montaña. Cae un sol cegador que reverbera en las aguas tranquilas; al pasar frente á uno de los extremos del muelle, unas señoras agitan unos pañuelos; yo saco el mío y lo hago flamear en el aire. Y el barco entra lentamente en el mar inmenso. «Señor Azorín—me dice el capitán,—¿quiere usted venir sobre el puente?» «Con mucho gusto, capitán», contesto yo. En el puente, el capitán coge una manivela de un cilindro y la coloca sobre un letrero que dice: Toda máquina; después con un catalejo va mirando á lo lejos. «¿Cuántos años lleva usted navegando, capitán?», le pregunto yo. «Treinta y cinco», responde él. Yo comienzo á sentir un ligero mareo; tal vez sea una aprensión; acaso no sea nada. Ello es que juzgo conveniente ir á dormir la siesta. En la cámara se presenta á mi consideración un grave problema; hay en ella dos literas. ¿En cuál he de acostarme? Si lo hago en la de abajo, me parecerá estar encajonado; sí en la de arriba, puedo caerme en un vaivén del buque. Esto es grave, trascendental; estoy indeciso; miro á una y á otra litera con un gesto de duda y al fin me cuelo en la de abajo. Mi sueño es dulce, tranquilo; cuando me despierto me río a carcajadas de los pobres hombres que se marean. Me encuentro en el mejor de los mundos posibles; no pienso en nada y gozo tumbado del suave balanceo del barco. aYa que estoy en este estado de serenidad espiritual — me digo — ¿por qué no escribir un artículo?» Me levanto, salgo al comedor y comienzo á escribir; llevo dos ó tres cuartillas escritas cuando comienzo á sentir una angustia indecible y noto que el sudor corre por mi frente. No puedo seguir escribiendo. ¿Será posible que yo que no me he mareado antes, me maree ahora al escribir? Recojo las cuartillas y en los archivos de mi memoria deposito esta breve máxima: «Cuando se viaja en un vapor el escribir un artículo es una cosa funesta». D. Juan, D. Rafael y D. José están sobre cubierta; voy á tomar el fresco con ellos y charlaremos de las cosas del día. La tarde va muriendo; el mar, plano, de color de acero, apenas se mueve. Un faro, en la lejanía remota, comienza á brillar con un ojo intermitente. «Capitán—pregunto—¿por qué tienen ese eclipse los faros?» «Para que no se confundan — dice él — con las luces de los barcos.» «¿Habrá aquí mucha profundidad?», dice D. José. «Ciento cincuenta metros», contesta el capitán, «Ya nos podíamos ahogar», observa lleno de sabiduría D. Juan. Y como es la hora de yantar bajamos á cenar,,.

El barco va marchando, marchando. Sus movimientos son tenues, suaves. No sabemos si caminamos ó sí estamos parados. En el comedor nos hallamos tres ó cuatro personas en una completa tranquilidad; estamos de sobremesa; no sabemos de qué hablar; todos se han marchado á dormir; el reloj suena con su tic-tac. De pronto se oye un estrépito de cadenas; estamos en el puerto de Ibiza; unas barcas se acercan; se oyen gritos; los marineros cargan y descargan, y el barco comienza luego a moverse lentamente. A lo lejos se ven las lucecitas titileantes de la ciudad dormida. «Vámonos á dormir», dice D. Rafael. «Vámonos», contestamos todos, cansados y aburridos. Yo me acuesto en mi litera lleno de una viva satisfacción; no me he mareado. Vuelvo á dormir muy dulcemente; un vivo y agradable fresco penetra por la ventanilla abierta. A la mañana la claridad del sol me despierta y subo sobre cubierta. El espectáculo que descubro es maravilloso; atrás, la llanura inmensa del mar sosegado, inmóvil; delante, una cortina de montañas verdes, azules; el sol tenue de la mañana pone tintas rosadas en los picachos y salientes de peñas; brillan acá y allá entre la verdina blancas paredes de casitas; dos ó tres velas nítidas, triangulares, destacan en el azul de las aguas.

Estamos tocando ya á Palma; da una vuelta el vapor y la ciudad aparece de pronto con sus torres, sus chapiteles, sus chimeneas, sus terrados; á la izquierda, entre el follaje, aparecen las edificaciones de quintas y hoteles; á la derecha, sobre una eminencia, destacando en el ciclo pálido de la mañana, surge esbelta y recia la catedral. Hay una serenidad profunda en el aire; se oye el campaneo cristalino de una iglesia. Y el barco lentamente va virando y acercándose al muelle...

AZORIN

ABC, Martes, 28 de agosto de 1906, págs. 5 y 6

El periódico "La Tarde" de Palma del día 30 de agosto de 1906 (ejemplar) reprodujo este artículo con el antetítulo "Crónicas de Azorín"

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Rubén Darío en Mallorca: autobiografía

fabian | 27 Març, 2012 15:40

Es hora de acabar esta serie sobre Rubén Darío en Mallorca. Su efigie en el Paso de Sagrera de Palma me dio pie a preguntarme sobre qué hizo en esta isla. No he utilizado ningún libro; Internet, multinodal y desordenada es hoy la gran biblioteca, no completa, pero posiblemente superior a cuanta biblioteca física exista: artículos de revistas, peridísticos, poemas sueltos que amantes de la poesía han puesto en la Red. Algún intento de organización, como la Biblioteca de Autor de Rubén Darío agrupa gran parte de su obra y, lo que también es muy interesante, muchos estudios sobre ella. Posiblemente éste sea uno de los caminos que convenga realizar. Por otra parte, Google Books es una maravilla cuando presenta libros abiertos y es el gran paso a dar, la gran biblioteca del Dominio Público, tan ausente entre nosotros.

Carlos D. Hamilton en Rubén Darío en la isla de oro indica cuáles son los "poemas mallorquinos":

En este breve ensayo de homenaje no entraremos en detalles de crítica interna y externa para señalar cuáles son los poemas ciertamente escritos en las Baleares y cuáles son los grados de probabilidad de que otros hayan sido también escritos en Mallorca. Indico las páginas de las Obras completas, de Aguilar, Madrid, edición de Méndez Plancarte, 1952.

«Revelación» (p. 792); «Canción de la noche en el mar» (1099); «Visión» (801); «Sueños» (1166); «La vida y la muerte» (1104); «Los olivos» (1164-66); «La Caridad» (1.103-1104); «Estrofas de Mallorca» (1167); «Mater pulchra» (1168); «Eheu!» {820); «Lírica» (851); «Vésper» (819); «Versos de otoño» (816); «La canción de los pinos» (818); «Tant mieux» (850); «Epístola a la señora de Leopoldo Lugones» (Anvers, Buenos Aires, París, terminada en Mallorca, MCMVI) (831-839); «La Cartuja» (919); «Valldemosa» (927); «Poema del otoño» (857); «La canción de los osos» (936); «Los pájaros de las islas» (1102); «Danzas gymnesianas» (944-46); «A Remy de Gourmont» (839); «Los motivos del lobo» (?) (939). Estos son los poemas mallorquinos.

Yo sólo he recogido unos pocos de los poemas indicados, no sé si los más relacionados con Mallorca. Sentiría no enlazar con el poema "Los Olivos", que se puede encontrar en un blog dedicado a Pilar Montaner y en el libro Lira póstuma, donde además se encuentran "Pájaros de las islas", "Mater Pulchra", "La caridad" y "La vida y la muerte".

Los olivos que tú, Pilar pintas, son ciertos.
Son paganos, cristianos y modernos olivos,
que guardan los secretos deseos de los muertos
con gestos, voluntades y ademanes de vivos.

Se han juntado a la tierra, porque es carne de tierra
su carne; y tienen brazos y tienen vientre y boca
que lucha por decir el enigma que encierra
su ademán vegetal o su querer de roca. [...]

En 1912, antes de venir a Mallorca, Rubén Darío publica su "Autobiografía" o "Historia de Rubén Darío escrita por él mismo". En ediciones posteriores añade una "Posdata, en España", que dice así:

Posdata, en España

Libre de las garras de hechizo de París, emprendí camino hacia la isla dorada y cordial de Mallorca. La gracia virgiliana del ámbito mallorquín devolvíame paz y santidad. Por cariñosa solicitud de mi excelente don Juan Sureda, por su cariñoso vigilante, mi alma y mi carne ganaban de día en día la conveniente fortaleza. Me hospedé, pues, en su casa, que es aquel Castillo del Rey asmático, en la pintoresca y fresca Valldemosa. Sobre este Castillo y su vecina Cartuja, como sobre todo aquel oro de Mallorca, escribí una novela en los días de mi permanencia en esa tierra de Lulio. Los atraídos por mi vagar y pensar tendrán, en esas páginas de mi Oro de Mallorca fiel relato de mi vida y de mis entusiasmos en esa inolvidable joya mediterránea. Ese gentil homme y profundo Lulista que es Juan Sureda, tiene en mi corazón un voto constante por su felicidad. ¿Y qué diré de mi agradecida admiración por la espiritual pintora que comparte la vida con mi recordado Sureda? Su esposa es mujer suprema y comprensora feliz del arte. Vive trasladando a las telas los secretos de belleza de aquellos parajes. Pinta admirablemente y le ha arrancado a los olivos su ademán de muertos deseos de clamar al cielo sus misterios y enigmas. Ha pintado olivos magistralmente. Ella, que es todo bondad creadora, me hizo mucho bien con su palabra creyente. De Valldemosa partí un día en el rey Jaime I, que me trajo a la amable ciudad condal. Aquí debía residir, fijar la planta por muchos años, Dios mediante, y, en verdad confieso que me es grata en extremo la estancia en esta tierra, «archivo de cortesía», como reza la frase del glorioso manco de Lepanto.

Dejé a París, sin un dolor, sin una lágrima. Mis veinte años de París, que yo creía que eran unas manos de hierro que me sujetaban al solar luteciano. dejaron libres mi corazón. Creí llorar y no lloré.

Juventud, divino tesoro
ya te vas para no volver,
cuando quiero llorar, no lloro
y a veces lloro sin querer.

Y ya en Barcelona, en la calle Tiziano. número 16. en una torre que tiene jardín y huerto, donde ver flores que alegran la vida y donde las gallinas y los cultivos me invitan a una vida de manso payés, he buscado un refugio grato a mi espíritu. Bajo el ala de serenidad de la brisa nocturna evoco mis días de Mallorca, sobre lodo el de una tarde en que el poeta Osvaldo Bazil. se empeñó en vestirme de cartujo. A los Sureda les supo bien la gracia y yo, en verdad, me sentía completamente cartujo, bajo el hábito que llevaba. Llegué a pensar que acaso era lo mejor y en donde hallaría la felicidad. Y llegué a soñar, a sentir, en mí, la mano que consagra y acerca hacia la paz de la vieja cartuja. Y vi el pulpito de san Pedro, en Roma, donde yo diría un rosario de plegarias que sería mi mejor obra y que abrirían las divinas puertas confiadas a san Pedro. Quimeras, polvo de oro de las alas de las rotas quimeras, ¿por qué no fui lo que yo quería ser, por qué no soy lo que mi alma llena de fe, pide, en supremos y ocultos éxtasis al buen Dios que me acompaña? En fin, acatemos la voluntad suprema. De todo esto hablo en mi novela Oro de Mallorca y de otras cosas caras a mi espíritu que impresionaron mis fibras de hombre y de poeta.

Rubén Darío: Autobiografía de Rubén Darío

escultura
Antoni Oliver: Rubén Darío (1950)

Es hora de acabar, aunque quizás sólo "por ahora" pues siempre quedan más cosas en el tientero que en la pluma. Debería elegir algunos versos como final, pues me es difícil seleccionar algunos ... Tal vez aquellos de "Vesper" del poemario El canto errante:

Quietud, quietud... Ya la ciudad de oro
ha entrado en el misterio de la tarde,
La catedral es un gran relicario.
La bahía unifica sus cristales
en un azul de arcaicas mayúsculas
de los antifonarios y misales.
Las barcas pescadoras estilizan
el blancor de sus velas, triangulares
y como un eco que dijera «Ulises»
junta alientos de flores y de sales.

Al pie de la escultura que está en Sagrera, realizada por Antoni Oliver en 1950, hoy borrados por el paso del tiempo, están cincelados estos versos de A. Vidal Isern:

Y que sirvan de polen tus cenizas
en nimbo azul de un florecer humano
salvándose las vallas fronterizas
con versos y con rosas en la mano.

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Rubén Darío en Mallorca: El oro de Mallorca

fabian | 26 Març, 2012 14:58

En 1906 Miquel dels Sants Oliver publicó una obra costumbrista que llevaba por título «Illa daurada, la Ciutat de Mallorques» y que parece ser la primera que da el apelativo de dorada a la mayor de las Balears. Pero el éxito y difusión del apelativo se debe, sobre todo, a Rubén Darío que, durante su estancia en Mallorca en 1907 publicaría «La isla del oro». En dicha obra puede leerse «Es la isla de oro por gracia del sol divino». El tópico tuvo mucho éxito y varios escritores del primer tercio de siglo XX amplificaron la difusión del adjetivo. Unamuno publica, en 1922, «En la isla Dorada»; Marius Verdaquer, en 1926, «La isla de oro»; Gabriel Alomar, en 1928, «La isla de oro» y Josep Mª Tous, en 1933, «Guía de la isla de oro».

Onofre Rullan Salamanca: De la isla verde a la isla dorada: la travesía Menorca -Mallorca, pág. 2

Onofre Rullan se refiere a la obra "La isla de oro" escrita en la primera estancia de Rubén Darío en Mallorca.

La isla de Oro: noticias sobre el proceso de su escritura

Sin duda, el clima y las amistades de Mallorca beneficiaron la salud de nuestro poeta. Encontró una tranquilidad interior que le permitió escribir y crear de forma prolífica. Aquí en nuestra isla, empezará a tomar forma "El canto errante". Resultado de sus recuerdos y andanzas por la isla, escribe ademàs "La isla dc oro", primera novela inacabada del ciclo mallorquín, y que se publica en forma de entregas en "La Nación" de Buenos Aires, donde quedó en el olvido. Pasado el tiempo, esta y su segunda novela "El oro de Mallorca" fueron anunciadas como de pròxima publicación en las distintas colecciones póstumas de sus Obras completas, aunque en realidad no fueron nunca incluidas en ellas: ni siquiera en la edición úliima de Afrodisio Aguado de 1955. La recuperación dc esta obra se la debemos, en primer lugar, a Alberto Ghiraldo que en 1937 la publicará por primera vez incluida en el volumen que lleva por título "El Hombre de Oro" y más adelante a Roberto Ibáñez que en 1969 vuelve a editarla en su recopilación: "Páginas desconocidas dc Rubén Darío".

De la novela se han conservado o conocemos seis capítulos, cada uno de los cuales está encabezado por un epígrafe alusivo acerca de su contenido, a diferencia de "El oro de Mallorca" cuyos capítulos no fueron titulados, aunque sí fechados. El primero de éstos, un prólogo, nos sitúa en el único escenario en el que transcurre la novela: Mallorca, al mismo tiempo, el narrador nos presenta a sus dos protagonistas centrales. Desde estas primeras páginas de "La Isla de Oro", percibimos que la estructura de la narración y su hilo argumental se ciñen al relato de viajes, muy de acuerdo a la tradición inaugurada en el siglo XIX por el romanticismo y que tanta fascinación ejerce sobre los modernistas. Darío eligió, seguramente, su propio viaje como tema narrativo influido por esa misma tradición literaria, por otro lado muy familiar en la isla. Rubén pudo conocer sus ejemplos más notables durante su estancia y se fijó en el más famoso de ellos: "Un hiver à Majorque". El relato de George Sand, que aparte de inspirarle la idea general de la narración, le sirve también como material literario tanto de esta novela como de la siguiente. De esta forma, "La isla de Oro" posee las características propias de un género híbrido, en el que se confunde la novela, el diario intimista y la crónica de viajes. Se trata, en realidad, como condesan los propios personajes de una divagación literaria que nace sobre la marcha del propio viaje y por su necesidad ineludible de escribir las crónicas para "La Nación".

Luis Miguel Fernández Ripoll: Rubén Darío y La isla de oro (La primera novela del ciclo mallorquín) en Fines de siglo y modernismo (2001)

Así, pues, son dos las obras en prosa de Rubén Darío sobre Mallorca: "La isla de oro", iniciada en su primer viaje (1906 - 1907) y "El oro de Mallorca" iniciada en su segundo viaje (1913). Ambas inacabadas, publicadas en el periódico "La Nación" de Buenos Aires por capítulos.

Hay algunos libros que publican ambas novelas de Rubén Darío, como Los viajes de Rubén Darío a Mallorca (ficha) de Luis M. Fernández Ripoll, así como en algún otro libro. En Internet sólo he encontrado El oro de Mallorca (pdf), en el que están los seis capítulos, los tres primeros fechados en Valldemossa en diciembre de 1913 y los demás fechados en París en enero y febrero de 1914.

web
Biblioteca de Autor: Rubén Darío

Se discute si es una novela inconclusa. El protagonista, Benjamín Itaspes, personifica a Rubén Darío, planteándose el autor, a través de su personaje, sus propios problemas y dificultades.

Ahora, cabalmente, estaba pagando antiguas cuentas. Como se dice, aquellos polvos traían estos lodos. Mas se decía: «Pero, Dios mío, si yo no hubiese buscado esos placeres que, aunque fugaces, dan por un momento el olvido de la continua tortura de ser hombre, sobre todo cuando se nace con el terrible mal del pensar, ¿qué sería de mi pobre existencia, en un perpetuo sufrimiento, sin más esperanza que la probable de una inmortalidad a la cual tan solamente la fe y la pura gracia dan derecho? ¿Si un bebedizo diabólico, o un manjar apetecible, o un cuerpo bello y pecador me anticipa "al contado" un poco de paraíso, voy a dejar pasar esa seguridad por algo de que no tengo propiamente una segura idea?» Y hablando con su corazón y de verdad, en lo íntimo de sus voliciones, se presentaba a lo infinito tal como era, lleno de ansias y de incontenibles instintos. Y así besaba o comía o absorbía sus bebedizos que le transformaban y modificaban pensamiento y sentimiento. Y como desde que tuvo uso de razón su vida había sido muy contradictoria y muy amargada por el destino, había encontrado un refugio en esos edenes momentáneos, cuya posesión traía después irremisiblemente horas de desesperanza y de abatimiento. Mas se había aprisionado en el tiempo, aunque fuese por instantes, la felicidad relativa, en una trampa de ensueño.

Al amanecer del día siguiente se veía tierra de Mallorca, la isla de Oro. Luego se dejaban a un lado los islotes cercanos, las costas pintorescas y rocallosas; los caseríos de Porto Pi y de El Terreno, el castillo histórico de Bellver, y entraba el barco blanco en la bahía de milagro de la dulce Palma, cuya catedral, en los crepúsculos, sobre la ciudad violeta, como sobre un altar, arde de sol como una llama.

Esperaba a Itaspes en el muelle un amigo, el caballero que debía hospedarle, en su señorial mansión de Valldemosa. Así que tras el abrazo de bienvenida ambos subieron al automóvil que debía conducirlos al castillo [...]

Rubén Darío: El oro de Mallorca

Jorge Eduardo Arellano, en Angustia existencial y vena filosófica de Rubén Darío indica varios estudios sobre "El oro de Mallorca":

No ha sido el caso de quienes lo han estudiado a fondo tanto en el extranjero como en el país. Aparte de los prologuistas de las siete ediciones: Alberto Ghiraldo (Santiago de Chile, 1937), Alen W. Phillips (1967), Luis Maristany (Barcelona, 1978), Antonio Piedra (Madrid, 1990), Arturo Ramoneda (idem, 1991), Carlos Meneses (idem, 1991) y Luis M. Fernández Ripoll (Palma de Mallorca, 2001), cabe citar el estudio y el capítulo inédito descubierto por Iván A. Schulman en la Biblioteca de la Universidad de Illinois. Véase “El oro de Mallorca: ¿novela inconclusa?” en su libro El proyecto inconcluso / La vigencia del modernismo (2002), reproducidos —estudio y capítulos— en el Boletín Nicaragüense de Bibliografía y Documentación 124 (julio-septiembre, 2004: 13-20).

[...] el último asedio crítico, desde la teoría de Michel Foucault, escrito por Karen Poe Lang: “El oro de Mallorca: entre la confusión y la invención de sí” (2010); al igual que las excelentes interpretaciones de los catedráticos nicaragüenses Ignacio Campos Ruiz: “El coronotopo del camino a la expiación: entre el miedo, el gozo y la gloria” (Lengua, 28, febrero, 2004: 118-131) e Isolda Rodríguez Rosales: “Intertexto y angustia existencial en El oro de Mallorca” (BNBD, 124, revista cit.: 105-114).

Siento no haber encontrado "La isla de oro", su primera obra mallorquina en prosa, que convendría digitalizar.

Cervantes virtual tiene una Biblioteca de Autor de Rubén Darío bastante completa. En el apartado "Su obra" se encuentra El oro de Mallorca con la introducción y notas de Carlos Meneses.

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Rubén Darío visto por Miguel de los Santos Oliver

fabian | 23 Març, 2012 11:00

En 1912, antes de su segundo viaje a Mallorca, Rubén Darío dejó la casa donde vivía en París y se trasladó a Barcelona donde vivió con Francesca y su hijo en una casa con jardín y torre. Fue entonces cuando lo conoció Miguel de los Santos Oliver quien publicó en sus artículos de los sábados de La Vanguardia, el 4 de mayo de 1912, uno a él dedicado:

He de decir que Miguel de los Santos tenía "labia", es decir, era un hombre de escritura fluida, y, conocedor de la literatura de su tiempo y de la historia de la literatura. Tras los primeros párrafos suelta un discurso algo elevado, más propio de una revista cultural que de un artículo periodístico. Pero bueno, conviene recoger este artículo más dirigido a los "muy iniciados" que a los peatones de la calle.

Al pasar

Rubén Darío

He visto al poeta, estos días, en medio de la afectuosa solicitud de las recepciones y los agasajos; y, antes que cambiar con él unas cuantas frases anodinas ó asediarle con oficiosas insistencias, he preferido observarle en silencio. Su figura invita á la contemplación. Sentado, de pie, andando, no pierde jamás la severidad, mejor diría la majestad hierática con que nos inquieta y subyuga desde el primer instante. En el estrado presidencial del Ateneo, en el banquete de la Casa de América, durante la visita al Instituto de Estudios Catalanes y la Diputación, todas las miradas convergen en torno suyo. Alto de talla, fornido de musculatura, su espalda y cerviz se inclinan como si sostuviera sobre ellas el peso de un mundo invisible. Su frente abombada, la inmóvil y dura contracción del entrecejo, sin parpadeos ni elasticidad, ora recuerdan la expresión ancestral de un ídolo azteca, ora la faz de Beethoven, pasmada en violencia sublime.

Y, en realidad, este nieto de Sísifo trae también, á cuestas un mundo de pensamientos y representaciones, acaso el mundo poético más vasto que sea posible explorar en nuestros días, no ya en los dominios de lengua castellana, sino en todo el orbe civilizado. A Rubén Darío no puede contemplársele ni estudiársele con la fría reserva ó la admiración contenida que guardamos para el talento usual: para lo agradable, lo discreto y aun lo sobresaliente. Se impone á nosotros y se apodera de nuestra atención con el irresistible señorío de las cosas extraordinarias. Hay hombres y facultades de hombres que producen un efecto puramente normal y humano; mientras otros, por su extensión ó por su caudalosa ó inextinguible abundancia, pertenecen al orden fenomenal, como los grandes espectáculos y energías de la naturaleza: hombres-ríos, hombres-Niágara que desatan su corriente imperial y la pasean en triunfo á través de selvas olorosas y vírgenes, por entre gargantas y desfiladeros ingentes, ó la precipitan en cascadas de música y de iris á los valles hondos, que trepidan de estupor.

¿No es esta, por ejemplo, la belleza magnífica, el tumulto de río sagrado y nacional con que rueda, hace ocho lustros, la producción de Menéndez y Pelayo? Su formidable potencia de trabajo, su próvida fecundidad, ya son, por sí mismas, espectáculos grandiosos y bellos que deberían constituir el asombro de la nación, si en España la hubiera pra estas cosas, —como dijo en caso semejante doña Concepcíón Arenal. Por desgracia, es dado á muy pocos el arte de «saber ser contemporáneos» de una maravilla de este linaje y reconocerla y apreciarla en toda su magnitud como si ya perteneciese á las perspectivas de la historia. Pues lo que Menéndez Pelayo representa, del lado de la historia ó de la. reconstitución del genio hispano á través de los siglos, en extensión y amplitud, esto mismo representa Rubén Darío en la vertiente poética y actual. Si hubiese aparecido en un país ó raza de las que forman el primer plano de la civilización, si su instrumento lingüístico fuese uno de los tres ó cuatro que comparten ahora los dominios de la verdadera internacionalidad, destacaría á los ojos del mundo todo, como una cumbre del espíritu moderno.

Porque yo comprendo que no satisfagan á algunos su audacia de innovación, esta ó la otra forma de su temperamento ó idiosincracia estética. Me explico que los ortodoxos de la ortodoxia literaria ó gramatical se exasperen una que otra vez ante lo insólito de sus atrevimientos, aquí donde seguir la senda trillada ha solido ser la primera condición de triunfo. Lo que no concibo es que alguien pueda quedar indiferente á las proporciones realmente asombrosas de su personalidad y ante lo bravío de su esfuerzo de asimilación é incorporación de toda suerte de tesoros artísticos en el común acervo de la lengua castellana. Su reino poético no tiene fronteras; su inspiración no reconoce especialidades ni sufre limitaciones. Desciende de lo colosal á lo grandioso, y de lo grandioso á lo lindo, y de lo lindo á lo incorpóreo y tenue. Corre desde el cuadro mura! á la escultura ciclópea en la roca viva de las cordilleras, hasta el esmalte imperceptible, hasta la miniatura sutil y el encaje vaporoso, como humo tejido.

La musicalidad de sus rimas es un alarde de extensión, de pletitud, de matiz. Ahora suenan con las sonoridades y trompeterías de un órgano multitubular y brillantísimo, ahora como el desmayado gotear de una fuente, á la luz de la luna; unas veces revierten el esplendor sinfónico de Wagner hecho verso y resonancia verbal, como se adelgazan luego hasta la nota aterciopelada de un cascabel de oro, de una nauta cristalina y flébil en la soledad del campo, de la noche.

Rubén Darío ha pasado por la lírica castellana con el vigor fecundante de dos períodos literarios, de dos generaciones completas. El solo ha valido por una pléyade de ingenios; él solo y de una vez ha hecho vivir á su idioma esas dos fases que no había conocido antes: parnasianismo ó impresionismo simbolista, íniciando á un tiempo la evolución y la reacción consiguiente, y otra vez la reacción contra la reacción, en forma de humanismo neo-clásico, ó neo-pagano, ó neo-panteístico, porque tratándose de sus ambiciones poéticas no hay locución bastante comprensiva, holgada y capaz. Sin molestia para nadie puede afirmarse que el actual florecimiento lírico de Castilla lo traía en potencia Darío, y está, de una manera virtual y completa, contenido en sus obras. De él derivan todas las variedades y todos los tonos, de que ofreció por anticipado la gama entera.

De ese muslo de Brahma ha surgido toda la generación de los dioses menores, de ese maestro toda la complegidad de la escuela: los primitivistas é ingenuos de la leyenda medieval; los arcaístas engolfados en la reconstitución de formas viejas y en el resucitar de primitivos decires nacionales; los que han modernizado la cuaderna vía de Berceo, las serranas de Santillana y el Arcipreste, los rondeles y discreteos de los poetas de corte; los que hacen revivir á su conjuro la población ideal de paladines, conquistadores, adelantados, misioneros, tahúres y ascetas; y los que han hecho posibles en castellano las vaguedades infinitas y morbosas del decadentismo, las romanzas sin palabras de Verlaine, el troquel rico y suntuoso de Heredia ó la blanca dureza marmórea de Carducci, de d'Annunzio.

Todo eso no había pasado por el idioma castellano y todo lo trajo de una vez y con un formidable empujón ese hombre de América, que parece abrumado bajo el peso de la misma carga de Atlante. La extensión inusitada de su continente poético y la no menos inusitada flexibilidad de su técnica ó ejecución, que van de lo titánico á lo impalpable y del bronce á la cera y al éter, trae á la memoria un nombre, ahora vitando y que no puede pronunciarse, en medio de la prevención de los nuevos cenáculos, más que con toda suerte de precauciones y disculpas: Víctor Hugo. Y aquí se habla de Víctor Hugo, como de una medida, de una cantidad, de un caso análogo en extensión y facilidad proteiforme. La legende des siècles, para no citar más que este ejemplo representativo, contiene virtualmente y expresamente, todas las modalidades poéticas de la Francia y aun de la Europa del siglo pasado, todas las del mando antiguo. Pero Víctor Hugo fue romántico! Sin duda: fue, además de otras muchas cosas, el romántico militante de los estrenos de Hernani y Le roi s'amuse; el oráculo, el definidor y el vidente de los días volcánicos y convulsivos. Fue el fetiche de su cenáculo y de toda una generación, de toda una sociedad y una época, y su memoria ha padecído bajo ese vejamen parcial.

Los hugólatras no son ya temibles porque apenas los hay; pero.,, volverá á haberlos y las represalias dejarán tamañitas á las de los homeromatrix de ahora. Cuando el mundo, merced al desdén afectado de las reacciones literarias, le haya olvidado completamente; cuando le descubra de nuevo con ía sorpresa de hallar una ciudad de prodigio sepultada bajo el desdén general, la rehabilitación tendrá que ser clamorosa, frenética, sobre todo en sentido de asombro por esa ubicuidad y don de omnipresencia del poeta, cuyo principal enemigo fue el exceso de facultades, de vibraciones y de cuerdas en su lira. ¡Cómo no había de enfurecer alguna vez á los éforos de Esparta, recordados también á propósito de Darío! Acaso sea más provechoso para la gloria individual, intensificarse y reducirse á dos ó tres obras; poner toda la vida en unas cuantas flores, en una sola flor. Pero, ¿no es un espectáculo asombroso el de la potencia humana por sí misma, el de esas fuerzas como Víctor Hugo, como Rubén Darío que no dejan árboles sino selvas intrincadas, que no crían una flor solitaria y excelsa, sino que plantan por doquier florestas, vergeles, laberintos de fronda perfumados y resonantes de ruiseñores, pues dentro de ellos y contenidos por elloa cantan dos ó tres generaciones de poetas y suspiran dos ó tres generaciones de amantes y contemplativos?

Miguel S. Oliver: Rubén Darío (La Vanguardia, 04/05/1912)

Quisiera añadir un tema que me parece importante. Oliver publicó un libro titulado "La Literatura en Mallorca" (1903), ver Wikipedia que quizás llevara el título Ensayos críticos: la literatura en Mallorca (1840-1903) (Tipo.-lit. de Amengual y Muntaner, 1903) y que, editado por Marfany, quien escribe una Introducción, fue publicado en 1988 por L'Abadia de Montserrat como Volumen 11 de la Biblioteca Marian Aguiló con el título La Literatura en Mallorca. Lo he buscado en los catálogos de la CAIB y de la Biblioteca Pública y sólo està en la Lluis Alemany de la Misericordia (signatura E4-259), pero "no prestable, consulta sala". Las obras de Oliver, puesto que murió en 1920 y han pasado 80 años, son de Dominio Público. ¿No se podría hacer una edición digital y ponerla al alcance de las bibliotecas de Mallorca y de todos? Amazon tiene el libro digitalizado y a la venta, pero las "Culturas" de las islas no - y las bibliotecas tampoco -. ¡Habría que formar una brigada de jubilados informatizados puesto que corregir el texto digitalizado de un libro requiere mucho tiempo, demasiado para una persona sola; aunque si cada uno corrigiese un capítulo o unas páginas, la tarea sería más ligera y factible! En fin, penuria cultural.

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Rubén Darío en Mallorca: 'L'hoste' de Joan Alcover

fabian | 22 Març, 2012 14:19

En la primera visita de Rubén Darío en Mallorca, en el año 1907, fue homenajeado en Palma (ver: Rubén Darío en Mallorca: el homenaje). Joan Alcover escribió, a Darío dedicado, un poema titulado L'hoste que no he encontrado en Internet. Así que esta mañana he acudido a la Biblioteca Pública de Palma y de un grueso libro de Obras Completas de Alcover, la he copiado:

L'hoste

A Darío

Ha arribat un home intensament pàlid,
que la dolça lira punteja per joc;
a terra hivernenca porta un alè càlid,
porta un alè jove del país del foc.

Son nom ens desperta amb la ressonança
d'un eco de címbal o gall matiner,
o la punta fina d'un ferro de llança
que toca un broquer.

És com una pluja que refresca l'arbre
de la poesia; nou Pigmalió
que torna a la nimfa d'entranyes de marbre
moviment i vida i palpitació.
Liba la dolcesa més fonda i coral
que en la flor deixaren distretes abelles;
quan passa, les roses tornen més vermelles
i el brollador canta més solemnial.
Ell sap trobar perles en l'interior
de la dissortada serventa del vici;
ell veu passar l'ombra de la temptació
pel front de la verge que porta cilici,
com veu en el claustre els sants i la torre
mirant-se en el místic estany adormit,
on l'ànec, que encalça la femella, esborra
la imatge serena dels sants de granit.

Cavalca en el ritme com un Don Quixot,
de l'antiga musa millora la dot;
pel cel de les nues soledats manxegues,
pol·len de la flora tropical difon;
i vessa d'estrofes com àmfores gregues
escuma de totes les corrents del món.
Va d'un món a l'altre canviant donatius,
com un mercader que travessa el pèlag;
ens duu grans lluernes, com diamants vius,
i a criar se'n porta pels agres nadius
cigales sonores del grec arxipèlag.

Passa com el còndor de l'altre hemisferi
que un vent oceànic a Roma transporta
i entre les ruïnes, se posa amb misteri
a covar els ous de l'àguila morta.
És com un heretge de sang juliana
que sent en les venes la febre pagana,
vas de transparenta
lluminositat,
on de nou se bada la flor opulenta
d'un món apagat.

N'hi ha qui el condemnen, i llur veredicte
aquella terrible sentència recorda,
dels èfors d'Esparta, punint el delicte
d'afegir a la lira la sèptima corda.

Oh bell entusiasme dels dies antics,
oh divina flama! si en el fons és una,
què hi fa que es bifurqui, alçant a quiscuna
de les dues bandes clamors enemics?
Què hi fa si és frisança de l'avenç o culte
de la tradició?
Avui se renova l'antiga passió:
benhaja el poeta que encén el tumulte!

Ara, aquí veu l'ona
que bat els esculls;
si la gent, quan passa, el mira en els ulls,
jo sé lo que pensa i lo que ambiciona.
L'illa on reposa del pelegrinatge
ja el coneix per mestre de la poesia,
i espera la glòria de fruir sa imatge
dintre del mirall de sa fantasia.

Joan Alcover

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Rubén Darío en Mallorca: Valldemosa y La Cartuja

fabian | 21 Març, 2012 10:40

Plinio llama Baleares iunda bellicosas
a estas islas hermanas de las islas Pytiusas;
yo sé que coronadas de pámpanos y rosas
aquí a un tiempo danzaron ante la mar las musas.

En el poemario Poema del Otoño y otros poemas (1910), además de la superconocida "A Margarita Debayle" ("Margarita, está linda la mar / y el viento / lleva esencia sutil de azahar; / yo siento / en el alma una alondra cantar / tu acento. / Margarita, te voy a contar / un cuento".), Rubén Darío publica varios poemas relacionados con la isla. Tales son "Valldemosa" y "La Cartuja".

Vago con los corderos y con las cabras trepo
como un pastor por estos montes de Valldemosa
y entre olivares pingües y entre pinos de Alepo
diviso el mar azul que el sol baña de rosa.

Y en tanto que el Mediterráneo me acaricia
con su aliento yodado y su salino aroma,
creo mirar surgir una barca fenicia,
una vela de Grecia, un trirreme de Roma.

y me saca de mi éxtasis en la dulce mañana
el oir que del campo cercano llegan unas
notas de evocadora melopea africana
que canta una payesa recogiendo aceitunas.

Pían los libres pájaros en los vecinos huertos;
se enredan las copiosas viñas a las higueras,
y muestra el sexual higo dos labios entreabiertos
junto al ámbar quemado de las uvas postreras.

Plinio llama Baleares iunda bellicosas
a estas islas hermanas de las islas Pytiusas;
yo sé que coronadas de pámpanos y rosas
aquí a un tiempo danzaron ante la mar las musas.

Y si a esta región dieron Catarina y Raimundo
paz que a Cristo pidieron Raimundo y Catarina,
aun se oye el eco de la flauta que dio al mundo
con la música pánica vitalidad divina.

dibujo
Ilustración de Enrique Ochoa para el poema Valldemosa de Rubén Darío

Este poema, "Valldemosa" tiene una anécdota curiosa. En el aeropuero de Palma el pintor Vaquero Turcios, familiar de Rubén Darío, pintó un mural al que añadió los cuatro versos de la estrofa quinta, la que comienza por "Plinio llama"

El cuarto verso estaba mal transcrito (decía «el mar» por «la mar») y, claro es, quedaba cojo y con trece silabas en lugar de las catorce de precepto. Durante varios años se lo advertí a «quien pude .pero la verdad es que, hasta ahora, tampoco nadie me había hecho demasiado caso.
—Pero vamos a ver —llegó a decírseme—, ¿no es !o mismo el mar que la mar? En el diccionario lo dice sin lugar a dudas: ambiguo, esto es, que se puede emplear como masculino y femenino: el calor y la calor, el mar y la mar, etcétera. ¡Ustedes los intelectuales no saben más que poner pegas al mando! —Si. señor. Usted perdone... Le aseguro que yo de intelectual tengo poco, no vays a creerse... Le juro que yo no paso de escritor...

Ahora las cosas han cambiado algo y, en este sentido, para bien. Hace poco se lo dije al gobarnatior civil, un catalán civilizado, «gourmet» y con lecturas; él se lo apuntó al director del aeropuerto y el otro día. al pasar por allí, vi con gozo que se había restablecido la correcta silabación del verso. [...]

Camilo José Cela: Un verso de Rubén (ABC, 30/03/1980)

Bueno, yo he "copiado y pegado" el poema tal como lo lleva el libro enlazado, el cual, además de utilizar la expresión "la mar", añade la preposición "a" en "aquí a un tiempo danzaron ante la mar las musas".

¡Y quedar libre de maldad y engaño
y sentir una mano que me empuja
a la cueva que acoge al ermitaño,
o al silencio y la paz de la Cartuja!

El poema La Cartuja, largo, de 80 versos distribuídos en 20 estrofas, presenta dos partes. En la primera Rubén Darío observa y describe a los cartujos:

Este vetusto monasterio ha visto
secos de orar y pálidos de ayuno,
con el breviario y con el Santo Cristo,
a los callados hijos de San Bruno.

A los que en su existencia solitaria,
con la locura de la cruz y al vuelo
místicamente azul de la plegaria,
fueron a Dios en busca de consuelo.

dibujo
Ilustración de Enrique Ochoa para el poema La Cartuja

Rubén Darío observa extasiado a esos seres que no hablan, que oran, que se mortifican con ayunos y cilicios; su soledad y silencio ("La soledad que amaba Jeremías / el misterioso profesor de llanto, / y el silencio en que encuentran harmonías / el soñador, el místico, el santo") le parecen "minas de diamantes [...] a la luz de los cirios parpadeantes / y al son de las campanas de maitines".

y como a Pablo e Hilarión y Antonio,
a pesar de cilicios y oraciones,
les presentó con su hechizo, eí demonio
sus mil visiones de fornicaciones.

Y fueron castos por dolor y fe,
y fueron pobres por la santidad,
y fueron obedientes porque fué
su reina de pies blancos la humildad.

Esa lucha frente a la tentación, esa "nada" a que se reducen por la obediencia, esa humildad y silencio de los cartujos admira al poeta - vencido entonces por la tentación del alcoholismo . y le hace estallar en una plegaria:

¡Ahí fuera yo de esos que Dios quería,
y que Dios quiere cuando así le place,
dichosos ante el temeroso día
de losa fría y ¡Requiescat in pace!

Poder matar el orgullo perverso
y el palpitar de la carne maligna,
todo por Dios, delante el Universo,
con corazón que sufre y se resigna.

Sentir la unción de la divina mano,
ver florecer de eterna luz mi anhelo,
y oir como un Pitágoras cristiano
la música teológica del cielo.

Y establece una sucesión de estrofas en que se repite el deseo de ser otro: "Al fauno que hay en mí, darle la ciencia"; "Darme otros ojos, no estos ojos vivos / que gozan en mirar"; "Darme otra boca [...] y no esta boca en que vinos y besos / aumentan gulas de hombre y de poeta". Es una catarata de peticiones. "Darme unas manos de disciplinante [...] y no estas manos lúbricas de amante"; "Darme una sangre que me deje llenas / las venas de quietud y en paz los sesos". Y acaba el poema con la petición final:

¡Y quedar libre de maldad y engaño
y sentir una mano que me empuja
a la cueva que acoge al ermitaño,
o al silencio y la paz de la Cartuja!

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Rubén Darío en Mallorca: del otoño

fabian | 20 Març, 2012 15:52

Tú que estás la barba en la mano
meditabundo
¿has dejado pasar, hermano,
la flor del mundo?

Te lamentas de los ayeres
con quejas vanas:
¡Aún hay promesas de placeres
en las mañanas!


Rubén Darío: "Poema de Otoño"

La espectacular brillantez en la poesia de Ruben Dario se atenúa en sus últimas producciones; despojada en gran parte de su elaborada ornamentación, ella adquiere un tono suave y restringido, a menudo otoñal. Pero es esta última poesia la que trae a su arte unidad y cohesión y contribuye al completo conocimiento del poeta. Dario constantemente entabla discusiones con sus primeros poemas, de manera que una idea o una emoción, anteriormente cubierta con las sonrisas de Venus o los sonidos de la flauta de Pan, de nuevo se revelan en luces pálidas o sombrías. Conflictos y deseos solamente sugeridos bajo el brillo y la decoración de su temprana poesia son ahora vistos con claridad en la desnudez de sus últimos trabajos. Las confesiones de desilusión, de agotamiento, de creciente angustia, unidas a su esfuerzo de mantener sus ilusiones de belleza y armonía, aparecen en tres colecciones: El canto errante (1907), Poema del otoño y otros poemas (1910) y Canto a la Argentina y otros poemas (1914), y en poesia dispersa desde 1907 hasta 1916, el año de su muerte

Phyllis Rodríguez Peralta: Las últimas páginas en la creación poética de Rubén Darío (En "Revista Iberoamericana", 1989)

Hamilton en Rubén Darío en la isla de oro enumera los poemas compuestos en Mallorca, indicando para cada uno de ellos la página que ocupa en sus Obras Completas de la edición Aguilar de 1952. Al no tener este ejemplar me veo con dificultades para señalar cuáles son en los libros digitalizados, máxime con aquellos poemas que tienen un título parecido como son los relacionados con el otoño Así, Hamilton dice que los poemas «Versos de otoño» y «Poema del otoño» están escritos en Mallorca.

En El canto errante se encuentra "Versos de otoño":

Cuando mi pensamiento va hacia ti. se perfuma;
tu mirar es tan dulce, que se toma profundo.
Bajo tus pies desnudos aún hay blancor de espuma,
y en tus labios compendias la alegría del mundo.

El amor pasajero tiene el encanto breve,
y ofrece un igual término para el gozo y la pena.
Hace una hora que un nombre grabé sobre la nieve;
hace un minuto dije mi amor sobre la arena.

Las hojas amarillas caen en la alameda,
en donde vagan tantas parejas amorosas.
Y en la copa de Otoño un vago vino queda
en que han de deshojarse. Primavera, tus rosas.

libro
Rubén Darío: Poema del Otoño y otros poemas (1910)

El "Poema del Otoño" da título a un nuevo libro de poemas que lleva el mismo título.

Tú que estás la barba en la mano
meditabundo
¿has dejado pasar, hermano,
la flor del mundo?

Te lamentas de los ayeres
con quejas vanas:
¡Aún hay promesas de placeres
en las mañanas!

Aún puedes casar la olorosa
rosa y el lis,
y hay mirtos para tu orgullosa
cabeza gris.

El alma ahíta cruel inmola
lo que la alegra,
como Zingua, reina de Angola,
lúbrica negra.

Tú has gozado de la hora amable,
y oyes después
la imprecación del formidable
Eclesiastés.

El domingo de amor te hechiza;
mas mira cómo
llega el miércoles de ceniza;
Memento, homo...

Por eso hacia el florido monte
las alman van,
y se explican Anacreonte
y Ornar Kayam.

Huyendo del mal, de improviso
se entra en el mal
por la puerta del paraíso
artificial.

Y, no obstante, la vida es bella,
por poseer
la perla, la rosa, la estrella
y la mujer.

Lucifer brilla. Canta el ronco
mar. Y se pierde
Silvano oculto tras el tronco
del haya verde.

Y sentimos la vida pura,
clara, real,
cuando la envuelve la dulzura
primaveral.

¿Para qué las envidias viles
y las injurias,
cuando retuercen sus reptiles
pálidas furias?

¿Para qué los odios funestos
de los ingratos?
¿Para qué los lívidos gestos
de los Pilatos?

¡Si lo terreno acaba, en suma,
cielo e infierno,
y nuestras vidas son la espuma
de un mar eterno!

El poema es muy largo, sólo he copiado las 14 primeras estrofas, que van seguidas de otras 30. "Cojamos la flor del instante; / ¡la melodía / de la mágica alondra cante / la miel del día!" Invitación a gozar del momento; unión con la naturaleza "Mas coged la flor del instante, / cuando en Oriente / nace el alba para el fragante / adolescente". "¡Desventurado el que ha cogido / tarde la flor! / Y ¡ay de aquel que nunca ha sabido / lo que es amor!". Abrasaos en el amor, gozad de la carne, gozad del sol, gozad de la dulce harmonía, gozad de la tierra, apartad el temor que os hiela .... son versos que inician estrofas. "Pues aunque hay pena y nos agravia / el sino adverso, / en nosotros corre la savia / del universo". "Nuestro cráneo guarda el vibrar / de tierra y sol, / como el ruido de la mar / el caracol". "La sal del mar en nuestras venas / va a borbotones; / tenemos sangre de sirenas / y de tritones". Y acaba:

En nosotros la Vida vierte
fuerza y calor.
¡Vamos al reino de la Muerte
por el camino del Amor!

Un gran poema que, según los estudiosos, fue compuesto en los días en que estuvo en Mallorca.

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Boletín de la Sociedad Arqueológica Luliana, año 2010

fabian | 19 Març, 2012 16:06

Toda publicación requiere formas de anuncio; es decir, de notificar a los posibles interesados su existencia. En el mundo digital se utilizan varios sistemas, así, no sólo en los blogs o bitácoras está el RSS, consistente en un archivo que avisa a los suscritos a él una nueva entrada en esa bitácora. Otro sistema utiliza el correo electrónico. En las webs que no utilizan esos sistemas, tienen en su portada el apartado llamado "Novedades" en el que indican los últimos contenidos incorporados. Es importante que existan y se agilicen estos sistemas pues, además de ser una atención que muchos usuarios buscamos, son las que dan movimiento a unas portadas que, sin ellas, serían totalmente estáticas, sempiternas; lo más alejado del mundo digital, siempre en movimiento.

Lamentablemente existen webs que no indican las incorporaciones que se realizan en sus contenidos, Parecen de "mentalidad papel", sin cambio alguno, sin alteración alguna desde el momento en que se realizó, dando una sensación de abandono y de falta de interés por la información. Páginas estáticas ajenas al dinamismo que requiere el mundo digital y de la información.

El mundillo de la "cultura" es muy dado a esa desinformación, a sólo proporcionar información a quienes se hayan registrado y no utilizan los sistemas más abiertos y libres de la información; es como un mundillo de "capillitas", sólo para los míos y algunos exacerbados protegen sus contenidos con sistemas anti copia o con amplios emborronamientos en las imágenes que proporcionan.

Afortunadamente no todo el mundo de la cultura es partidario del secreto cultural y digitalizan sus revistas y nos las ofrecen a los paseantes de la calle de forma abierta, sin avisos de mordedura en caso de que los nombres. Y una de estas revistas, magnífica en contenidos y actitud, es el Bolletí de la Societat Arqueològica Lul·liana (Revista d'estudis històrics) que últimamente nos ofrece sus contenidos a través de Dialnet donde se encuentran los artículos de los años 2007 a 2010, siendo éste el del último número digitalizado, que no publicado.¡ (2011)

portada
BSAL nº 66, 2010)

Los contenidos del número 66 correspondiente al año 2010 son:

  • Mallorca, 1230-1232: reflexions a partir de la relectura del còdex llationaràbic del repartiment Plàcid Pérez Pastor
  • La abolición de la Orden del Temple y su gestación Juan Nadal Cañellas
  • Esperandeu Espanyol, un canonge del segle XV amb interessos humanistes i lul-listes María Barceló i Crespí, Gabriel Ensenyat Pujol
  • De la funció plàstica a l'estructural en l'obra gòtica i cinccentista: nous fragments Miquel Pou Amengual
  • "Matemáticas mixtas" en Mallorca: la Escuela Montsión (siglos XVI-XVII) Antonio Contreras Mas
  • Mal Bocí: el procés per enverinament de Catalina Frau (a) Culeta Jaume Serra i Barceló
  • Sobre la unió de les aigües de les síquies de la Font de la Vila i d'en Baster (Ciutat de Mallorca, 1688) Margalida Bernat i Roca
  • Deportaciones y condenas a galeras en el reino de Mallorca durante la guerra de Sucesión Eduardo Pascual Ramos
  • "L'Heròdot" del P. Bartomeu Pou: del manuscrit a la imprenta Maria Rosa Llabrés Ripoll, Alexandre Font Jaume
  • La publicació de "l'Heròdot" del P. Bartomeu Pou, una llarga odissea Alexandre Font Jaume, Maria Rosa Llabrés Ripoll
  • Antecedents de Freinet a les Illes Balears Miquel Jaume i Campaner
  • Jaume Busquets i les pervivències islàmiques a Mallorca Guillem Rosselló Bordoy
  • Un projecte d'impost turístic: la Carta Econòmica Provincial per a Balears de 1955 Antoni Vives Reus
  • Edictos cuaresmales de los obispos de Mallorca (s. XVIII) Juan Rosselló Lliteras
  • Bartomeu Sureda Miserol (Palma 1769-1851) a l'expedició Mopox a Cuba Ramón Codina Bonet
  • Aixecament planimètric d'es Castellet (Ciutadella), un assentament prehistòric costaner a la zona occidental de Menorca Montserrat Anglada Fontestad, A. Ferrer Rotger, Lluís Plantalamor Massanet, Damià Ramis Bernad
  • L'epitafi del rei mallorquí Ibn Aglab conservat a Pisa Carmen Barceló
  • Les torres del Temple Francesca Torres Orell

La digitalización por artículos yo creo que es favorable a su localización por los buscadores (artefactos, pero sobre todo, personas), aunque deja fuera apartados tan importantes como el de las novedades bibliográficas, necrológicas, reuniones de los socios y otros. También facilita su bajada. Yo he encontrado con el Google muchos artículos alojados o enlazados por Dialnet.

Para mí es alabable esta revista anual por los contenidos que publica, y, especialmente, por su concepción abierta a las lenguas, a su digitalización y publicación. Todo elogio me parece poco, pues el Boletín es elemento básico en la cultura de estas islas.

Los números anteriores al 2006 se encuentran en la Biblioteca Digital de las Islas Baleares, la cual, teniendo contenidos muy buenos, requeriría que informara más e indicara las novedades que en ella se producen; su portada, además de unilingüista, es pétrea e inexcrutable a los buenos contenidos que encierra.

Y luego hay otras revistas de las islas, como las del Instituto de Estudios Balearicos que parecen inexistentes, aparte de que requerirían sus webs una mayor apertura a las lenguas de los ciudadanos y a que los dineros públicos que gastamos en ellas revertieran también en este espacio digital con algo más que míseros anuncios.

Incoación BC obra de Miquel Barceló 'Gran fons submarí'

fabian | 19 Març, 2012 09:50

Acuerdo de incoación del expediente de declaración de Bien Catalogado a favor de la obra de Miquel Barceló titulada Gran Fons Submarí

Fuente: BOIB núm. 040 (pdf)
Fecha publicación: 17/03/2012

cuadro
Miquel Barceló: "Gran fons submarí"

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Rubén Darío en Mallorca: Juan Sureda

fabian | 18 Març, 2012 11:23

Cuando ayer transcribía el banquete que en honor a Rubén Darío se dio en la Palma de 1907, pensé que convendría contextualizar un poco esa ciudad en el período anterior a la primera Guerra Europea. La primera imagen fue la de una ciudad en obras: Palma derribaba las murallas y creaba una ciudad nueva en derredor. En seguida me vinieron a la mente dos nombres: Gaspar Bennazar, tanto derribando murallas como creando en el interior de Palma, especialmente en el Borne, en los alrededores de la Lonja y el propio Paseo de Sagrera. También pensé en Eusebio Estada y el tren y las carreteras. El Modernismo en Mallorca, especialmente en arquitectura, estuvo presente; además de en la obra de Bennazar, en edificios como el Gran Hotel de Palma (1903) o el Príncipe Alfonso en Cala Mayor (1910); es decir, los primeros hoteles de la isla. Por otra parte, ya que decir arquitectura lleva implícito decir dinero, estuvieron los vapores; Rubén Darío viajó en el Jaime I y en el Cataluña. Realmente era una Palma floreciente y en expansión. Posiblemente el comercio con América se mostraba en esta ciudad. Hay muchas figuras de ese momento de esplendor y de apertura.

Debería encontrar algún texto que, de manera general, tratara esos años.

Una figura que nos muestra los viajes de Rubén Darío es la de Juan Sureda Bimet. Hay algunos estudios sobre él en libros o revistas, como un libro y un artículo de Carme Bosch o de Felio Bauzá. Recogeré un fragmento de un artículo de José Carlos Llop y un vídeo que, en su primera parte, trata de la familia Sureda y, al final, enlazaré con un artículo de Carme Bosch.

Los Sureda de Valldemossa

[...] A veces pienso en cosas así: tengo esta rara afición. Y cuando lo hago me viene a la mente la figura de Juan Sureda Bimet, uno de los hombres más curiosos, caprichosos e inteligentes que ha dado la isla. El hombre, por cierto, que invitó a Unamuno o Azorín a Mallorca y gracias a ello escribieron sobre la isla. El hombre que alojó en su casa de Valldemossa –la antigua residencia real, llamada palau y fundada por el rey Sanç– al poeta Rubén Darío –y de ahí surge un poema tan importante como Epístola a Madame Lugones o un libro como El oro de Mallorca–. El hombre que se casó con la pintora modernista Pilar Montaner, que tuvo familia numerosa y algunos de cuyos hijos fueron artistas: Pedro, dibujante y pintor; Jacobo, poeta y pintor; Pazzis, escultora.... Pues bien: Juan Sureda Bimet no tiene ni el nombre de una calle en su ciudad natal, Palma. No existe en su nomenclátor, aunque fuera uno de los hombres que más hizo por esa Mallorca con cuyos réditos otros se han enriquecido y otros usan y agitan como bandera. Él, desde luego, no se enriqueció: entre el mecenazgo y un estrambótico tren de vida, acabó arruinado. Y los hombres que de verdad aman Mallorca ni se llenan la boca proclamándolo, ni califican o descalifican a los demás en función de su particular forma de entender el amor por la isla. Más bien callan. Y hacen. Como calló e hizo Juan Sureda. Y aunque su huella se conozca poco, es y será muy superior a las de los que hacen ruido e incordian, usufructuando la isla para satisfacer su egolatría, su hambre de poder –que muchas veces viene a ser lo mismo– o su bolsillo, que también. En la novela La isla del segundo rostro, de Albert Vigoleis Thelen, aparece como personaje.

Los Sureda –que se distinguían por su gran altura, potente testa y una mandíbula digna de los Austrias– eran divertidos, inteligentes, un punto gamberros, sensibles y señalados por un dramatismo que ignoraron: un suicidio y cuatro muertes –tempranas– por tuberculosis entre los hermanos. Demasiado para cualquier familia: no para ellos. Su mundo era un mundo autosuficiente, ajeno a las normas locales y más cercano al cosmopolitismo europeo de los años 20-30 que a otra cosa. Aunque nunca desdeñaran lo local, como sí se ha hecho con ellos desde el silencio al no saber, supongo, cómo encajarlos, precisamente, en lo local. Los Sureda de Valldemossa –y la comparación no es, créanme, desacertada– fueron nuestro particular grupo de Bloomsbury, reunido en una sola familia. Por su manera de vivir, por sus aficiones, por su relación con el arte y la literatura, por su amistad con otros artistas, peninsulares y extranjeros. La del poeta Jacobo Sureda y el argentino Jorge Luis Borges –que también vivió en la residencia familiar valldemossina– ha dado la vuelta al mundo, pero hay más.

Hace diez días se inauguró en la Fundación Coll Bardolet de Valldemossa, una antológica de la obra de Pedro Sureda, fallecido hace un cuarto de siglo. Recuerdo sus secciones las Coses d´En Calafat en el Baleares –que mi abuelo paterno compraba por su información cinematográfica– y los Coverbos d´En Pep Mindano en Diario de Mallorca, en casa de mis padres. Fue, en los periódicos, donde supe de su existencia y luego, al verlo por la calle, pensaba en su hermano Jacobo, el poeta, y en que la pintura de ambos hermanos –como sus rostros– tenía muchos rasgos familiares. Recuerdo a su mujer, Catalina Cañellas, una de las mujeres más guapas de su generación, y el molino de Sa Cabaneta, donde Pedro Sureda llevó una vida austera –una vida de artista comprometido sólo con su arte de vivir– a la que nadie de su clase, salvo otro Sureda, hubiera sabido sacar partido. Recuerdo haber oído hablar de su burro Caravaco, sonriente como su dueño... Y la sensación de que Pedro Sureda fue un hombre feliz. Pero es que en su familia, la felicidad fue una forma de ser. La exposición de Valldemossa puede contemplarse como la muestra de un artista mallorquín del siglo XX, al margen de todo, menos de la vida y su intensidad humorística. Sugiero, también que se contemple como la herencia de esa felicidad, su brillante rastro, al que ni la ignorancia, ni el olvido, podrán arrinconar nunca.

José Carlos Llop: Los Sureda de Valldemossa (DM, 20/12/2009)

A raíz de esa exposición de Pedro Sureda realizada en el 2009, el dBalears subió este vídeo a YouTube, titulado "Cent anys amb Pere Sureda".

Los dos documentos, el artículo de Llop y en vídeo, tratan de manera tangencial la figura de Juan Sureda Bimet debido a la exposición de la obra de Pedro Sureda; pero sí dan una idea de la figura y del entorno familiar.

Carme Bosch ha estudiado la figura de Juan Sureda y sobre él ha publicado varios artículos y un libro. Uno de los artículos está en Internet, publicado en la revista Caligrama de la UIB y, por tanto, presente en la Biblioteca Digital de las Islas Baleares. Se trata del artículo Juan Sureda Bimet: Una cultura centrífuga, realizado con Perfecto Cuadrado y publicado en el año 1987. En él también se habla del padre y abuelo de Juan Sureda, de su relación con Pilar Montaner y de su carácter de mecenas. Un buen artículo.

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Rubén Darío en Mallorca: el homenaje

fabian | 17 Març, 2012 10:21

Rubén Darío, en su primer viaje a Mallorca, recibió un homenaje en Palma el día 2 de marzo de 1907. En el periódico "La Tarde" del domingo 3 de marzo de 1907 podemos leer la reseña que el periodista realizó de este acontecimiento.

En honor de Rubén Darío

Con motivo de encontrarse en esta ciudad el insigne poeta guatemalco Rubén Darío que tan extraordinarios aplausos ha conquistado en el mundo de las letras, con sus versos inspirados y su poesía fácil y brillantísima, fué ayer obsequiado con un banquete espléndido por algunos socios de «La Peña» ardientes y entusiastas admiradores del poeta ilustre.

Al banquete asistieron unos cincuenta socios de La Peña entre los que estaban algunos nombres ilustres.
También asistieron algunos representantes de la prensa local.

El banquete estuvo servido por el Restaurant Oriente, no desmereciendo en nada de la fama que ha sabido conquistarse la casa mencionada.

El «menú» fué el siguiente.
Entremeses.— Arroz con pollo. Frito variado á la española. Filete á la Chambord, Espárragos a la vinagreta, Tordos á la Pompadour.
Bizcocho merangado, Postres, Frutas, Helado, Crema de vainilla, Café, Cognac Domec, Cigarros.
Vinos. — Rioja blanco y negro, compañía vinícola, Jerez, Champagne Mort Chandron.

periódico
"La Tarde", del 3 de marzo de 1907

El champagne apareció con una chispeante y blanca espuma y entonces alzóse de un asiento el ilustre poeta y orador elocuentísimo don Juan Alcover, el cual invitó al popular y aplaudido poeta Gabriel Alomar á que leyese la poesía que para el acto que se celebraba había compuesto y al hacerlo así escuchó el señor Alomar nutridos aplausos.

Después leyeron preciosas poesías los señores Azín y Alcover haciéndolo éste en mallorquín y obteniendo ambos aplausos ruidosísimos.

Por último Rubén Darío, con voz tranquila, roposada y suave, dijo unos versos que hubieron de aplaudirse por su mérito extraordinario, valiendo á su autor una ovación estruendosa y entusiasta.

A continuación leyó el poeta americano varios versos suyos publicados y conocidos ya, no siendo esta última circunstancia bastante á aminorar el entusiasmo que despertara su lectura.

Rubén Darío, á sus grandes méritos como poeta, une otro importantísimo, pues sabe imprimir en la recitación una delicadeza exquisita.

Nuestro deseo era publicar íntegramente cuantas poesías se leyeron, pero nos lo impide el deseo de los autores de las mismas que prefirieron no fuesen dadas á la publicidad, ya que á propuesta de D. José Alcover se acordó publicar unas hojas reseñando la fiesta y que únicamente se repartirán a los que concurrieron á la misma.

Como dejamos, pues, indicado y en atención á los deseos que nos fueron expuestos, no publicamos las poesías bien á pesar nuestro.

Para terminar recitó diferentes poesías en mallorquín D. Juan Alcover escuchando grandes aplausos.

La fiesta fué espléndida y digna de Rubén Darío á quien enyiándole nuestro modesto aplauso le testimoniamos sinceramente la admiración que le profesamos.

Posiblemente Joan Alcover leyera su poema "L'Hoste", del cual no tengo copia. Creo que no se conoce el poema de Alomar y desconozco si aquellas hojas se publicaron ni si alguna ha quedado.

De la estancia de Rubén Darío en Palma queda un texto, llamado "Noticia" de Juan Sureda Bimet que se publicó en una revista de la Academia de Bellas Artes de Palma que no he podido encontrar y al que se refieren los estudiosos de la presencia de Rubén en Mallorca. Juan Sureda Bimet vivía entonces en Portopí, cerca de El Terreno y visitó a Rubén Darío en varias ocasiones. No se conoce la fecha en que Rubén dejó Palma, entre marzo y abril de 1907, pero fue Juan Sureda quien le despidió con la invitación de que volviera a la isla, al Palacio de Valldemossa; lo cual se produciría en 1913 cuando ya Rubén Darío vino solo - en Palma vivía con su familia, Francisca y su hijo - y en otras condiciones de salud.

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Rubén Darío en Mallorca: vida social (1907)

fabian | 16 Març, 2012 14:41

Cuando Rubén Darío llegó a Palma en su primer viaje era ya una celebridad. Había triunfado muy joven con su libro Azul. Gabriel Alomar y Joan Alcover actuaron como anfitriones presentándole a la sociedad cultural de la isla y Rubén Darío recibió muchas visitas en su casa de El Terreno y asistió a los actos festivos de la ciudad. La dificultad sobre este tema está en encontrar documentos que lo testifiquen.

Camilo José Cela, el 14 de marzo de 1980 publica un corto artículo titulado Rubén y Cajal con unos versos del poeta compuestos para la celebración en el Teatro Principal de Palma de un homenaje a Ramón y Cajal, realizado el día 3 de marzo de 1907.

Rubén y Cajal

Mi amigo el doctor José Mª Rodríguez Tejerina, presidente de la Real Academia de Medicina y Cirugía de Palma de Mallorca, me pone en !a pista de unos versos prácticamente inéditos de Rubén Darío: los que leyó el 3 de marzo de 1907 en el teatro Principal de aquí, de Palma, en el homenaje que se le tributó a Ramón y Cajal con motivo de la concesión del premio Nobel. Dicen así:

Va cavando con paciencia
El minero cerebral,
Llena está de fe y de ciencia
La conciencia de Cajal.

De la mina en lo profundo
Nos atrae, pero nos
Da una inmensa hambre de mundo
Y una inmensa sed de Dios.

Ese sabio es un poeta.
Va con Psíquís la fatal.
No le rompa la piqueta
Las dos alas de cristal!

ABC
Camilo José Cela: Rubén y Cajal (ABC, 14/03/1980)

Gran cuidado, buen obrero,
Gran cuidado en la labor:
Si hallas luces, gloria! pero
No dar sombras es mejor.

Cada cual lleva en sí mismo
La honda mina de Cajal.
Más al lado está el abismo.
El abismo de Pascal.

Canto al sabio, si me inspira
Que mis sueños verdad son:
Que en el mundo de la Lira
La verdad es la ilusión!

Estos versos no están recogidos en ninguno de sus libros, ni tampoco en las diferentes ediciones de Obras completas o Poesías completas; aparecieron en un número extraordinario, sin fecha y prácticamente desaparecido, de la Revista balear de ciencias médicas. Cajal no estuvo entonces en Mallorca; vino en 1910, invitado por Odón de Buen, fundador del laboratorio biológico marino de las Baleares. De su viaje se tienen muy pocas noticias.

Así, pues, parece que Rubén Darío en Palma fue una especie de invitado de honor, reconocido y aceptado, y que él participó activamente en la vida socio - cultural de la ciudad en el poco tiempo en que estuvo.

El artículo de Cela me hace reflexionar sobre la importancia de recoger la información y el hecho de que yo haya encontrado este artículo señala la importancia de que la información esté hoy día no sólo en sus soportes y archivos tradicionales, sino también digitalizada y on line. A ver si Mallorca entra de pleno en este mundo digital.

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Rubén Darío en Mallorca: los pinos

fabian | 15 Març, 2012 11:29

La mayoría de autores indican que Rubén Darío vino dos veces a Mallorca, una en 1906 - 1907 y otra a finales de 1913. Pese a ello, hay un autor que indica tres viajes:

Rubén Darío realizó tres viajes a las islas Baleares. Su primera estadía en Mallorca se prolonga de enero a abril de 1906. Luego va como miembro de la Delegación de Nicaragua a la Tercera Conferencia Panamericana de Río de Janeiro, donde compuso la «Salutación al Aguila». Visita Argentina y a sus amigos de La Nación y regresa a Madrid y a París, En enero de 1907, el poeta regresa a Palma de Mallorca, a los avejentados cuarenta años de su vida neurasténica, en busca de paz y de salud. Visita entonces la cueva del místico mallorquín Ramón Lull; recuerda los tristes amores del pobre tísico inmortal Chopin con George Sand, en la isla; vive en un chalet rodeado de pinos, en donde escribe «La canción de los pinos», uno de sus poemas más bellos; y prepara su libro El canto errante, mientras baña sus ojos y su neurastenia en el limpio azul mediterráneo. El mismo año vuelve a París, hace un viaje triunfal a Nicaragua y regresa a Madrid como embajador de su patria. Pronto dejan de llegar a tiempo los sueldos para sostener su fasto diplomático y se retira a vivir pobremente en París.

Carlos D. Hamilton: Rubén Darío en la isla de oro (En Cuadernos Hispanoamericanos, núm. 212 - 213, 1967)

Conviene que vaya siguiendo las publicaciones de Rubén Darío. Y "La canción de los pinos" se encuentra en su libro del año 1907, El canto errante.

La canción de los pinos

Oh pinos, oh hermanos en tierra y ambiente,
yo os amo. Sois dulces, sois buenos, sois graves.
Diríase un árbol que piensa y que siente,
mimado de auroras, poetas y aves.

Tocó vuestra frente la alada sandalia;
habéis sido mástil, proscenio, curul.
oh pinos solares, oh pinos de Italia,
bañados de gracia, de gloria, de azul.

Sombríos, sin oro del sol. taciturnos,
en medio de brumas glaciales y en
montañas de ensueños, oh pinos nocturnos,
¡oh pinos del Norte, sois bellos también!

Con gestos de estatuas, de mimos, de actores,
tendiendo a la dulce caricia del mar.
¡oh pinos de Nápoles, rodeados de flores.
oh pinos divinos, no os puedo olvidar!

Cuando en mis errantes pasos peregrinos,
la Isla Dorada me ha dado un rincón
do soñar mis sueños, encontré los pinos,
los pinos amados de mi corazón.

Amados por tristes, por blandos, por bellos.
Por su aroma, aroma de una inmensa flor,
por su aire de monjes, sus largos cabellos,
sus savias, nudos y nidos de amor.

¡Oh pinos antiguos que agitara el viento
de las epopeyas, amados del sol!
¡Oh líricos pinos del Renacimiento,
y de los jardines del suelo español!

Los brazos eolios se mueven el paso
del aire violento que forma al pasar
ruidos de pluma, ruidos de raso,
ruidos de agua y espumas de mar.

¡Oh noche en que trajo tu mano. Destino,
aquella amargura que aún hoy es dolor!
La luna argentaba lo negro de un pino.
y fui consolado por un ruiseñor.

Románticos somos... ¿Quién que Es. no es romántico?
Aquel que no sienta ni amor ni dolor,
aquel que no sepa de beso y de cántico,
que se ahorque de un pino: será lo mejor...

Yo. no. Yo persisto. Pretéritas normas
confirman mi anhelo, mi ser. mi existir.
¡Yo soy el amante de ensueños y formas
que viene de lejos y va al porvenir!

En otras palabras, es el paisaje de Mallorca — captado por la sensibilidad poética de Rubén Darío — el que enriquece la gama de los paisajes interiores del poeta. "Alégrame — dice al prologar, en Mallorca, El Canto Errante — el que puede serme propicio para la nobleza del pensamiento y la claridad del decir esta bella isla donde escribo, esta Isla de Oro." Los siguientes ejemplos, escogidos casi al azar y limitados a las obras en verso, nos dan la idea del inagotable surtidor poético que es, para Rubén Darío la isla de Mallorca. En La canción de los pinos, una de las poesías más personales de Darío, no canta el Poeta solamente unos pinos, ni siquiera sólo los de Mallorca, sino todos los pinos: los de Italia, de España, del Norte. Pero es la Isla Dorada la que le "ha dado un rincón" donde encuentra los pinos que su corazón ama, que le inspiran y le hacen ver (le hacen "soñar"), en su ser, su propio destino de inmortalidad, en una especie de mediánica y órfica reencarnación. La mar agitada de una tarde, en Sóller, con su "poniente magnífico y sangriento" le hacen lanzar al viento saturado de sal el grito alucinante de Revelación, el poema panteísta ("Y oí la voz del dios de las montañas", "Pan, el gran Pan de lo inmortal, no ha muerto") con expresiones bíblicas ("Y oí la voz", "Y clamé", "y escuché" etc.).[...]

Erminio Polidori: Rubén Darío en Mallorca (1968)

Centrarse únicamente en el Rubén Darío alcohólico de 1913 en Valldemossa, creo que es caricaturizar al personaje y dar de él una imagen parcial. El Rubén Darío de 1907 en El Terreno no coincide totalmente con el de Valldemossa y es en esta etapa de 1906 - 1907 cuando Rubén Darío se da a conocer a la sociedad mallorquina.

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