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Valle de los cipreses, de Tomás Aguiló

fabian | 16 Novembre, 2011 18:01

Tardes de otoño que predisponen a la ensoñación y a la melancolía, las más propicias para la narración y la imaginación. ¿Quién no añora la voz querida que cuenta una historia extraña, llena de misterios?

La serenidad y hermosura de la tarde me habían convidado a dar un largo paseo por las afueras de la ciudad, y bien que no recuerde precisamente cuáles eran los diversos pensamientos que a solas iba rumiando, sé que encerraban algo de triste y sombrío análogo al estado de mi corazón. Siempre me ha parecido que al declinar las tardes de otoño conducen a la melancolía. Con el codo apoyado en la rodilla y la cabeza en la palma de la mano, descansaba un rato sentado en una piedra del camino, y en esta actitud meditaba. [...]

Quizás me hubiera distraído de mis tristezas una magnífica puesta de sol, pero no hubo aquella tarde nubes doradas por los últimos reflejos, ni ráfagas de carmín y violeta cambiando por momentos sus abrillantados matices. Una ligera neblina se había extendido por todo el cielo, y sobre esta cenicienta gasa destacábanse a lo lejos las desnudas ramas de los almendros, formando caprichosos dibujos, parecidos a los que aparecen puliendo una con otra dos tersas superficies de alabastro humedecido. La soledad y el silencio empezaron a serme desagradables, y los pensamientos mismos con quienes voluntariamente me había entretenido volviéronse como aquellos huéspedes que agasajados al principio acababan por convertirse en carga molesta e importuna. Traté de regresar antes que me sobrecogiera la noche; pero ¿quien podrá explicarme lo que entonces me aconteció? Cómo es posible que siéndome tan conocido el camino llegare a perderme en un extraño laberinto?

Así empieza el cuento titulado "Valle de los cipreses" que Tomás Aguiló Forteza (1812 - 1884) publicó junto con otros 16 cuentos en A la sombra de un ciprés. Una tarde otoñal y una ensoñación; en éste, un valle angosto rodeado de cipreses y una niña. Pilarcita, la llama el protagonista del cuento, el mismo nombre que la hija del escritor que murió a los tres años, y Pilarcita corre por ese valle de los cipreses perseguida por el anciano que cuenta la angustiosa historia.

De pronto vi que me precedía una niña como de tres años, que tiraba de un cochecito de cartón atado con un bramante, que correteaba a trechos y a trechos se paraba, que se entretenía en coger del suelo y arrojar al aire piedrecitas. Aquel talle, robusto al par que agraciado, aquellos bracitos que se movían con encantadora ligereza, aquel vestidito color de rosa, aquel sombrerito de paja... ¡Oh. Dios mío! ¡Dios mío! - Niña, niña, exclamé con un grito desalentado, sin ser dueño de contener los rápidos latidos de mi corazón, y ella volvió hacia mí su lindo rostro, clavó en mí sus ojos azules, y echó de nuevo a correr y brincar, a tirar piedrezuelas y flores. Una de éstas cogí y la besé: era una flor de amarillenta corola, flor sin lustre ni aroma de la que recuerdo haber visto espesas matas en un cementerio abandonado. "Aguárdame, niñita, aguárdame, iremos junto a tu madre. ¡Oh sola felicidad mía! ¡Y yo que soñé haberte perdido para siempre! ¡Y yo que pensaba que Dios había descargado sobre mí el más terrible de sus castigos! ¡Ay, cuántas lágrimas han vertido mis ojos! ¡Cuántas cayeron ocultas en torno de mi corazón! Aguárdame, hija mía, que he de darte un tierno y regalado beso. ¿No han sido tus caricias el más íntimo y suave goce que en este mundo he disfrutado? ¿Qué oro bastaría para comprarlas? ¿Qué glorias ni placeres para hacer con ellas un trueque? ¡Oh loca imaginación mía que se las figuraba ya tristemente fenecidas! Párate un momento, hija mía, un momento no más. La alegría de encontrarte me oprime el pecho como una fatiga inmensa. No corras tanto. Vamos, niña, no seas caprichosa: te compraré dulces, todos los dulces que quieras". Y así diciendo esforzábame en apretar el paso y no podía. Apréciame entonces aquel valle interminable, y anhelaba el momento de salir a una llanura despejada con la misma ansiedad que en noche borrascosa desea el marinero que despunten los primeros albores de la mañana.

Tarde otoñal, nubes en el cielo, luz que no ciega y que se apaga mansamente en el atardecer apacible. ¡Qué agradable es encontrarse con una bella historia poblada de misterios. El año que viene será el segundo centenario del nacimiento de este escritor que nació con la Pepa, la Constitución de 1812. ¿Se acordará alguien de él? Probablemente haya algún artículo, quizás alguna conferencia (de esas que tras leerse no se publican) ¿Y de su obra?, ya es de Dominio Público, ¿no nos llegará nada salvo lo que digitalice Google Books? Este año, 1811, segundo centenario de la muerte de Jovellanos, Gijón, su ciudad natal, ha digitalizado y puesto en Internet toda su obra, la cual permanecerá al alcance de quienes deseen conocerla. ¿Y en Mallorca, por qué no seguimos el ejemplo y vamos dejando año tras año la obra de nuestros escritores? (y también las conferencias que se den)

No sé si Tomás Aguiló Forteza es Hijo Ilustre de la ciudad donde nació, vivió y murió; sí que tiene una calle a él dedicada. En Internet sólo he encontrado una imagen pequeña de su figura. Quizás en el Ayuntamiento haya un cuadro con su retrato.

El cuento completo, no llega a tres páginas, puede encontrarse en Scribd.

 
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