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De viajeros y relaciones personales

fabian | 27 Octubre, 2011 14:36

Los relatos de viajeros son interesantes en muchos aspectos. cómo ven la ciudad, cómo ven los campos, por ejemplo. Así, se puede observar como la ciudad va cambiando según el año en que el viajero la visita. George Sand (1838) y Juan Cortada (1845) no nombran el paseo del Borne, por ejemplo, a pesar de ocupar una fonda cercana a ese lugar. En el relato de Pagenstecher (1865) sí aparece con el nombre de "Paseo de la Princesa", incluso con la estatua a Isabel II que posteriormente se derrocó. En este relato, el Borne, el Teatro y la Rambla aparecen como un continuo. Cortada tampoco citó la Rambla, pero sí el edificio de la Misericordia que entonces se hallaba en obras. El arrabal de Santa Catalina también aparece en este relato del científico alemán y, siendo un atento observador de las plantas de la isla, no nombra el almendro como cultivo extensivo en los campos de Mallorca, sino la vid.

Un aspecto interesante son las relaciones que establecen con los residentes en las islas. La escritora francesa traía una carta dirigida al director del banco que le transfería el dinero y sus relaciones se circunscriben al cónsul francés en Palma. Por contra, el periodista catalán Cortada, además de traer bastantes cartas de presentación, ya tiene amistades en la ciudad con quienes intercambiaba correspondencia. Muy pronto fue aceptado entre algunos terratenientes de Palma y fue aceptado en clubs o lugares exclusivos para socios.

grabado
Grabado del libro de Pagenstecher: "La isla de Mallorca. Reseña de un viaje"

Un caso singular es el de estos científicos alemanes, Pagenstecher y Bunsen, pues no cuentan con ninguna relación en la isla y las relaciones humanas que establecen surgen por azar, aunque en una ciudad pequeña como Palma, las noticias vuelan.

Se da el caso de que nada más llegar a la ciudad (habían desembarcado en Alcudia y realizado el trayecto Alcudia - Inca - Palma) dan un paseo y en la "pescadería cubierta" del muelle ven que se venden tres delfines. Pagenstecher es zoólogo y decide comprar uno ("en seguida tomé la resolucion de adornar nuestro museo con uno de ellos") y disecarlo. Necesita para ello unos productos por lo que van a una farmacia cercana y allí surge el azar:

Para preservar la piel de toda putrefaccion, necesitaba sal comun, sal de nitro y alumbre. Al efecto buscamos alguna botica. En la primera que encontramos tenian tan corta cantidad de alguna de esas materias, que ademas de no bastarnos se hubieran espuesto á quedar sin ninguna si nos la hubieran vendido. En la segunda eran mas ricos y nos dieron algunas libras. Entró un caballero que reconocimos ser un médico. Era D. Pedro Tr. hicimos conocimiento, y se declaró pronto á ayudarnos para encontrar mejor habitacion. Le seguimos y á él debimos el relacionarnos con personas tan complacientes como él mismo. En vano quisimos ántes mudar de trajes. D. Pedro deseaba servirnos con tanta impaciencia que no nos dió lugar. Con nuestros vestidos cubiertos de polvo, nuestras barbas de varios dias, nuestras manos oliendo á aceite de pescado, a pesar del jabon de la pescadora, nuestros bolsillos cargados con varias libras de sales, debimos seguirle. Nuestro doctor conocia mucho el nombre de Bunsen, sobre todo por su pila eléctrica, y ademas reverenciaba nuestro compañero de profesorado Ch. como una de las primeras autoridades quirúrgicas. Habia verificado sus estudios en Barcelona. Quiso llevarnos á casa de D. Basilio Canut, que nos dijo ser un joven entusiasta por la ciencia. En el camino nos habló de la importante casa C. y M., á la cual este joven pertenecia, la que debia sernos tan útil por las muchas atenciones que debimos á todos sus individuos. D. Basilio no estaba en ella, y D. Pedro tenia prisa de llevarnos á la de D. F. V. y E. porque esta era la hora propicia para hacernos conocer una casa que podia sernos tan útil como la anterior. Ese señor es un caballero octogenario, cuya casa está abierta para todos los extranjeros y que aprecia á los hombres de ciencia. Pronto empezamos á subir los escalones de una casa solariega, sita en la calle de San Francisco, allí encontramos á D. Paulino V. al cual nos presentó nuestro amable introductor. Este caballero, francés, casado en España, habia dejado su carrera de ingeniero para dedicarse á la agricultura y esplotaba un viñedo considerable á pocas leguas de Palma. Su inteligencia é instruccion hicieron de él para nosotros un escelente camarada. La suerte en aquella hora, nos llevaba de la mano.

grabado
Grabado del libro de Pagenstecher: "La isla de Mallorca. Reseña de un viaje"

Ese es el azar: un médico que conoce el nombre de uno de los viajeros, Bunsen, e inmediatamente se dispone a presentarles al grupo de "amantes de la ciencia" de la ciudad. Pagenstecher, el autor del relato, nombra a quienes va conociendo por sus iniciales. Pocos nombres son los que me llegan a ser conocidos.

Paulino V. es Paulino Vernière, compañero de Paul Bouvy, siendo ellos dos los traductores del libro debido a que Bouvy murió cuando lo tenía a medio traducir.

A la mañana siguiente las pescaderas manifestaron la misma complacencia en ayudarme á concluir la preparacion del delfín. Saqué el hermoso cérebro, cuya forma valió á ese animal su celebridad antigua y lo preparé para llevármelo. La piel se saló abundantemente con las sales compradas y se enrolló en un tonel. En casa del tonelero donde fui á comprarlo, encontré una singular herramienta con la cual trabajan estos. El delfín en su tiempo llegó á Heidelberg y formó una de las hermosas piezas de su coleccion. Desde entonces los niños de Palma decian al verme: «ese es el que compró el delfín.»

A mi vuelta, nuestro cuartucho estaba hecho una sala de estrado y Bunsen rodeado de una porcion de caballeros que venian á visitarnos. El primero era D. Paulino que habia traido á D. Antonio C. hermano de D. Basilio, que no habíamos encontrado el dia anterior. Este, educado en Montpeller, acababa de pasar una temporada en la escuela de minas de Paris; nos ofreció sus servicios. Estaba tambien el gefe de Sanidad militar D. Fernando W. oriundo de Alemania en las orillas del Moselle. Es conocido como autor de una topografía médica de las islas Baleares y particularmente de Mallorca. Posee buenos conocimientos científicos y fué muy bueno para nosotros; nos trajo como regalo de bienvenida un mirlo azul, que el ornitologista Mr. Homeyer buscó en vano cuando estuvo aquí, y un mochuelo recientemente muerto. Charles, nuestro camarero, nos dijo que inmediatos á nuestro aéreo laboratorio, podríamos observar un par de estos animales (mirlo azul) que posaban allí cada mañana. Los señores A. y D. Pedro T. nos ofrecieron hacer lo posible para procurarnos algun otro ejemplar. Las concreciones del delfín (quistes, ó bolsas quistosas, parecidas á las del cerdo que mantienen los triquinos ó trichinos) que traia conmigo y que enseñé á D. Fernando, llevaron la conversacion sobre los trichinos y el tenia, objetos importantes para una isla que anualmente produce 10.000 cerdos. Los triquinos no eran aquí conocidos, pero la estacion no me permitia hacer estudios sobre el particular. Los cerdos que contraen esta enfermedad, y que á su tiempo se manifiesta van á venderse en Barcelona entre los 14.000 que para allí se esportan; el señor gefe de Sanidad nos manifestó hablando sobre el particular, que si bien en la tropa se encontraban ciertas lombrices, el tenia no se observaba, efecto sin duda de su parca alimentacion, casi esclusivamente vejetal.

D. Fernando W. es Fernando Weyler, médico militar, autor de la "Descripcion topográfica físico médica de las islas Baleares", publicada en 1854; muy aficionado a la Botánica, al que Pablo Marés, de Montpellier, quien visitó la isla en 1855 y publicó "Reseña general del grupo de las islas Baleares y su vegetacion", honró dando su nombre a la especie Ranunculus Weyleri

El hecho está en que no habían pasado veinticuatro horas desde la llegada de los dos científicos alemanes a Palma cuando ya habían sido presentados a la sociedad científica de la ciudad. En seguida les organizan varios recorridos por la isla y les invitan a reuniones:

A la noche nos aguardaba otro placer en la habitacion del señor T., antigua autoridad municipal, que en casa V. y E. nos habia convidado á asistir á una reunion musical en la suya. A las ocho, despues de nuestra cena, fuimos allí llevados por D. P. V. Esa casa lo mismo que las de V. y E. y C. y M., aunque situada en una calle estrecha, tiene un aspecto solariego. En la construccion de esas casas se reconoce el afan de buscar el fresco. Por el portal, se entra en un patio circuido de altas paredes mas ó menos vetustas, el suelo está empedrado. Por una ancha escalera subimos y atravesando una gran antesala de techo alto y pintado, fuimos introducidos en el salon, el cual ya estaba lleno. En el sofá y en sillas, sentadas alrededor de un ancho brasero estaban las señoras mayores vestidas con lujo, y sobre los bordes de ese brasero apoyaban sus piés, rozando sus delicados trajes con la blanca ceniza que solo los preservaba del fuego. A un lado un grupo jugaba al ajedrez, los demas jóvenes de ambos sexos estaban reunidos alrededor del piano, en donde presidia y dirigia el maestro aquel ensayo; fuimos recibidos con amabilidad. Ensayaron varias piezas, algunos coros de la Norma y alguna otra ópera italiana, estudios de piano de Chopin y otros compositores, algun solo ó duo; cuando alguna señorita se perdia reian y miraban la mamá. No pudimos presenciar mas que un ensayo. No se podia dudar del dilettantismo de la reunion, las voces eran lindas y el gusto musical general. El grupo que rodeaba el instrumento presentaba una hermosa vista por las bonitas caras que lo componian. Esa reunion, llena de franqueza, de gracia y de poesía, recordaba esas pinturas de la escuela italiana ó española, que representan una reunion de cantantes, ostentando un donaire y abandono no conocido en nuestros conciertos.

Algunas de esas señoras que hablaban francés nos estuvieron dando conversacion; pero al dar las diez nos retiramos, encontrando en sus puestos los guardianes de noche. Ya pasó aquel tiempo en el que los D. Juanes por alta que fuera su posicion galanteaban las damas debajo sus balcones, hoy no hay necesidad de ello, pues las pueden galantear en las reuniones en donde saben que las encontrarán. Así pierden los serenos muchas propinas que en otros tiempos esto les proporcionaba; llevan el arma al hombro, y gritan: «alabado sea Dios, las diez han dado, sereno.» Los llaman serenos por ser este su grito habitual, bajo ese casi siempre despejado cielo. La luna campeaba hermosa en un cielo tachonado de estrellas. En una plaza, sobre un estrado se ostentaba rodeado de luces el retrato de la Reina, por ser aquel un dia de gala.

grabado
Grabado del libro de Pagenstecher: "La isla de Mallorca. Reseña de un viaje"

Palma ha perdido ese encanto de las ciudades pequeñas en las que todo el mundo se conoce y en las que había una hora para las visitas. Pagenstecher y Bunsen, que no conocían a nadie ni traían ninguna carta de presentación fueron bien recibidos en Palma.

 
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